Los estados planificadores de la década de 1940

Por Christopher Westley. (Publicado el 11 de enero de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4002.

 

La década de 1940 parecía el peor de los tiempos.

Puede que no sepan esto, basándose en documentales, o al menos en los documentales preferidos por canales de historia por cable o de emisión pública, que muestran la guerra mundial de esa década como un difícil pero glorioso triunfo de Estados Unidos contra la tiranía. Entonces se detuvo a los déspotas, se liberaron países y unos Estados Unidos en unidad y su “mejor generación” se definieron ante un mundo agradecido como una fuerza de paz mediante la fuerza. La libertad triunfó en los cuarenta. Por si no lo saben, a medida que avanzó la década, se fundaron las Naciones Unidades, se realizó el Plan Marshall y se identificó una nueva amenaza para la libertad en lo que llamaría la Guerra Fría.

Esa es la explicación dominante de los textos de educación cívica de la década de 1940 y no hace falta decir que hay una explicación contraria que ofrece distintas conclusiones. Desde esta perspectiva, el ideal liberal del siglo XIX, que se centraba en el individuo, fue reemplazado por la Era Progresista del siglo XX, que hermanaba ciencia con gobierno y proclamaba que con esa combinación la paz y la prosperidad que tanto faltaron a las generaciones previas ahora serían abundantes. Es como si John Stuart Mill abandonará la escena para ser reemplazado por Irving Fisher. Todo lo que hacía falta era confianza, impuestos y (sobre todo) obediencia a los intelectuales y planificadores que poblaban los estados-nación emergentes que se estaban consolidando.

En los Estados Unidos los progresistas trajeron la absurda guerra con España, el sistema de parques nacionales, las leyes antitrust, el impuesto de la renta, la Reserva Federal, la Primera Guerra Mundial y las reparaciones de posguerra, la eugenesia, las burbujas crediticias de en 1920 seguidas por el crash de Wall Street y luego las políticas económicas de Hoover y Roosevelt que prolongaron la recuperación, apuntaladas por las aprobaciones keynesianas que comienzan en 1936. Esa desenfrenada centralización y socialismo a menudo llevaron a la guerra, aunque sólo fuera para distraer la atención de las fracasadas políticas domésticas. En este caso, hizo inevitable una segunda guerra mundial y la muerte de 60 millones de personas.

Si la guerra es la salud del estado, la Segunda Guerra Mundial le ofreció esteroides. En la porción de la década de 1940 posterior a la guerra, los estados-nación reafirmaron su relevancia para evitar ver disminuido su tamaño e influencia inicialmente justificados por dicha guerra. En los Estados Unidos (no se equivoquen) este tamaño e influencia no faltaban. Eso cabía esperar después de 12 años de New Deal, por no decir nada de “newdealers” como Harry Hopkins, confidente de FDR (famoso por el “impuestos-impuestos, gasto-gasto, elección-elección”), que argumentaba a principio de la década de 1940 que para derrotar a los nazis, los Estados Unidos tenían que ser como ellos.

Harry S. Truman intentó defender los avances del estado promoviendo (1) su programa de Fair Deal, (2) la sindicalización de los trabajadores, al vetar la Ley Taft-Hartley (un veto que acabó superando el Congreso) y (3) varios planes de redistribución de riqueza como la G.I. Bill y la Ley de Vivienda de 1949 (con un abrumador apoyo del Congreso). Entre tanto, muchas medidas de tiempo de guerra que constituían importantes restricciones en el mercado se hicieron permanentes.

Pero en otros sentidos, la década de 1940 fue el mejor de los tiempos para los defensores de la libertad política y económica. Una razón esencial fue la llegada a los Estados Unidos de Ludwig von Mises en 1940.

Mises había sido testigo de tendencias similares y de sus consecuencias en Europa en décadas previas. Podría haber considerado esta década un tiempo de déjà vu. Mises llegó a Nuev York después de una terrible experiencia de huida de los nazis. Tenía 59 años, una edad a la que muchos hombres, en nuestra era de inflación y transferencia intergeneracional de riqueza, empiezan a buscar su jubilación. Sus activos en Europa estaban congelados y con su esposa Margit viajaron principalmente con lo que pudieron meter en su equipaje.

Algunos grandes hombres (portadores de la llama como Henry Hazlitt y Leonard Read), con financiación privada y una visión común de la sociedad libre, le dieron la bienvenida y le ayudaron a establecerse en la Universidad de Nueva York y la Fundación para la Educación Económica. Mises, por su parte, continuó su obra, especialmente ampliando su Nationalökonomie (publicada en 1940) en el libro en lengua inglesa que resultó tan influyente cuando se acabó publicando en 1949. Lo conocemos hoy como La acción humana.

La publicación de una obra como ésta constituiría por sí misma un logro vital importante para cualquier intelectual. Sin embargo, en medio de este proyecto, Mises también publicó tres importantes trabajos cortos ocupándose de asuntos más concretos, todos explicando los elementos destructivos de la ortodoxia estatista reinante. De éstos, Planned Chaos se publicó en 1947.

En parte comentario de la Guerra Fría, en parte manual de economía, Planned Chaos es un sencillo y aún muy actual libro basado en la premisa de que la expansión socialista se basaba en el fracaso de las expansiones previas. Al reemplazar las fuerzas del mercado y la interacción de los individuos libres, los planificadores obligan a un resultado concreto a la sociedad. Piense en términos de establecer un salario mínimo o de políticas destinadas a animar a la sindicalización.

Mises explica aquí que esas intervenciones siempre llevan a un estado de cosas peor al que había antes de la intervención. Frente a estas situaciones, los planificadores tienen dos alternativas. Pueden derogar la intervención y permitir que la relaciones previas se restablezcan por sí mismas, lo que ocurriría cuando (por ejemplo) los trabajadores desempleados por culpa de la legislación del salario mínimo sean capaces de nuevo de vender su trabajo una vez que se anule esa intervención en el mercado laboral, o, frente a problemas no previstos que genere su intervención en el mercado, pueden responder con nuevos niveles de burocracia y obligaciones destinadas a mitigarlos. Por desgracia, los planificadores a menudo optan por la segunda alternativa, poniendo en marcha un ciclo que, llevado a su límite lógico, ocasiona la completa socialización de la sociedad, la necesidad de un estado policial y el rechazo del imperio de la ley.

En su extremo, este proceso explica que se llegue a la guerra, pues esas sociedades desperdician recursos y promueven la escasez, obligándoles a acceder a los recursos, no mediante comercio, sino mediante conquista. Mises aplica este proceso para explicar la expansión de poder (primero interna, luego externa) de la Rusia soviética, la Alemania nazi y la Italia fascista.

El mensaje de Mises es importante en cualquier sociedad con un estado arrogante y especialmente hoy, cuando muchos intelectuales, anunciando la vuelta de la “economía de la depresión” (y su importancia en ella) vuelven a condenar al capitalismo por problemas sociales como si el estado nunca hubiese intervenido en, por ejemplo, la vivienda, las finanzas o los mercados laborales. Para ellos Mises tiene este mensaje: Mayores intervenciones prolongarán y empeorarán los problemas existentes. La única solución genuina a largo plazo es obligar al estado a disminuir y permitir a las características esenciales de la libre empresa reafirmarse en el mercado, especialmente en el ámbito de los precios de mercado y la propiedad privada. No hay un camino intermedio. Planificar otra cosa es planificar para el caos.

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Christpher Westley es investigador adjunto en el Instituto Mises. Enseña en la Escuela de Comercio y Administración de Empresas en la Universidad Estatal de Jacksonville

Published Wed, Jan 13 2010 3:51 PM by euribe