Un asunto de grado: El metro de Nueva York

Por Frank Chodorov. (Publicado el 11 de enero de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/3948.

[Del capítulo 14 de The Rise and Fall of Society]

 

El Estado pequeño puede hacer a la sociedad todo lo que un Estado grande, pero en pequeña cantidad. La tiranía y el terrorismo de los señores comunistas modernos son del tipo que practicaba la antigua Esparta, y veinticinco siglos antes de que Mr. Roosevelt iniciara el New Deal, Pericles hizo algo que se parecía mucho. Esparta y Atenas eran pequeñas agrupaciones, comparadas con sus equivalentes modernas e igualmente con menos gente a pastorear; asimismo, como eran menos productivos, había menos en lo que pudieran poner sus manos los burócratas. Pero el modelo de intervención y confiscación era el mismo. Un Estado es un Estado, antes y ahora, independientemente del tamaño de su víctima y de la ideología empleada en su gestión. Siempre está en guerra con la sociedad.

La historia de nuestras propias subdivisiones políticas (estados y ciudades)  está bien provista de ejemplos de “corrupción”. Los titulares de nuestros periódicos y nuestros discursos de campaña son testigos habituales de la persistencia de prácticas predatorias en la gestión política, incluso en nuestras pequeñas comunidades. “Echad a los granujas” es el grito habitual de batalla en nuestros concursos por la preferencia política, indicando que la granujería es habitual. Pero cuando profundizamos en el fondo de la granujería, encontramos alguna ley intervencionista que se anunció con pomposas justificaciones morales. Es la propia ley la que estimula la avaricia del funcionario y su cómplice privado. El policía no se llevaría ni un plátano del carrito del vendedor si no hubiera una ley que regulara la venta ambulante y los planes para evadir impuestos, incluyendo el soborno, son la consecuencia inevitable de los impuestos. El intervencionismo son las acciones con las que se comercia en todos los establecimientos políticos y la “corrupción” es su corolario.

Como ejemplo ilustrativo, en una escala bastante grande, está el caso del sistema de metro de la ciudad de Nueva York. Originalmente este ferrocarril lo construyeron empresarios bajo una franquicia otorgada por los “padres de la ciudad”. Como condición para la licencia, la tarifa se fijó en cinco centavos. Durante un tiempo todo fue bien: la compañía daba un servicio adecuado y pagaba sus facturas, incluyendo los intereses de su deuda en bonos. A medida que la ciudad atraía a su órbita más comunidades de los alrededores, la compañía extendía su red, como estaba previsto, hasta que la tarifa dejó de cubrir los costes operacionales. La empresa pidió permiso para aumentar la tarifa. Los políticos amantes del pueblo rechazaron la solicitud y la “tarifa del níquel” se convirtió en un importante asunto de campaña. Desde el mismo principio existían quienes reclamaban la propiedad y operación pública, calificando a la franquicia como un “regalo”, pero se les acalló llamándoles socialistas, siendo los tenedores de bonos y la dirección los más ruidosos en esta denuncia. Pero cuando la compañía dejó de pagar los intereses devengados y los bonos perdieron consecuentemente valor, fueron los tenedores de bonos los que pidieron a la ciudad que los comprara: no tenía ninguna objeción al socialismo si había un beneficio. Al final, una administración de “reforma”, encabezada por un alcalde de creencias pronunciadamente socialistas, acordó la compra de los bonos a un precio muy por encima de las que marcaba el mercado abierto. Como es habitual, los contribuyentes pagaron la factura. Poco después el metro fue “tomado por los políticos”, lo que significó que la tarifa se aumentó a diez y luego a quince centavos y ahora los déficit son habituales. El sistema de metro es ahora un monopolio del municipio, gestionado por burócratas, cuyo primer interés es perpetuarse en sus trabajos, no el ferrocarril.

No hubo “corrupción” aparente en esta operación, pero se sabe que los especuladores se tomaron un gran interés en los bonos cuando los precios disminuyeron por debajo de la valoración física de la propiedad y que los vendieron a la ciudad con un bonito beneficio; incluso si ningún funcionario se vio envuelto en este negocio (lo que es suponer que los funcionarios están por encima de la humanidad), el hecho es que esta empresa de ferrocarril público obligó a los ciudadanos a financiar la adquisición y continúa obligándole a atender la pérdidas operacionales. Lo hizo un ente municipal, no nacional. De hecho, la ciudad de Nuevo York ha fijado un modelo para la nacionalización de los ferrocarriles en el país: un cuerpo regulatorio, con poder para fijar tarifas y obligar a operar sin rentabilidad, aprieta al negocio hasta la bancarrota, de forma que los propietarios están deseosos de vender su propiedad a lo contribuyentes y la burocracia aumenta su posición.

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Frank Chodorov fue un defensor del libre mercado, el individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista georgista The Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el influyente Human Events. Después fundó otra versión de The Freeman para la Foundation for Economic Education y dio clases en la Freedom School en Colorado.

Este artículo se ha extraído del capítulo 14 de The Rise and Fall of Society.

Published Wed, Jan 13 2010 2:32 PM by euribe