Ilusiones de la época de Keynes

Por Doug French. (Publicado el 25 de enero de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4059.

 

Hace un año, George Melloan escribió en el Wall Street Journal, “Todos somos keynesianos de nuevo”. Recordarán el pasado enero: el cambio estaba en marcha. Teníamos un nuevo presidente estrella del rock y éste iba a sacarnos del lío en el que nos había metido Wall Street. “Ahora es el momento de arrancar la creación de empleo, volver a prestar e invertir en sectores como la energía, la atención sanitaria y la educación que harán crecer nuestra economía, aunque tengamos que tomar decisiones difíciles para hacer bajar nuestro déficit”, dijo al Congreso el Presidente Obama. El nuevo presidente tiene una visión global que es “keynesiana en todo salvo en el nombre”, escribió la pasada primavera Carl Horowitz.

Entre tanto el tipo que maneja la Reserva Federal es un experto en la Gran Depresión. Ben Bernanke no iba a cometer los mismos errores que los políticos durante la década de 1930. Después de todo, él mismo apuntó en 2002 cuando era sólo un gobernador de la Fed

“el gobierno de EEUU tiene una tecnología, llamada imprenta (o, ahora, su equivalente electrónico), que le permite fabricar tantos dólares como desee con un coste casi nulo. Al aumentar el número de dólares en circulación o incluso amenazando de forma creíble con hacerlo, el gobierno de EEUU puede asimismo reducir el valor del dólar en términos de bienes y servicios, lo que equivale a aumentar los precios en dólares de dichos bienes y servicios. Concluimos que, bajo un sistema de papel moneda, un gobierno concreto puede siempre generar más gasto y por tanto una inflación positiva”.

Y el nuevo tipo en el Tesoro, bueno, había dirigido la Fed de Nueva York, trabajó para Kissinger Associates, el Consejo de Relaciones Exteriores y el Fondo Monetario Internacional, así que Washington se imaginaba que sabía como arreglar la economía. El Secretario del Tesoro está tan en contacto con el mercado que su mujer y él trataron de vender su casa de 1,6 millones de dólares en 2009 por más de lo que pagaron en 2004. No han tenido éxito y se han visto obligados a alquilarla.

Los otros asesores principales del presidente (Larry Summers y Christina Romer) han sido descritos como neokeynesianos y “han dejado claro en sus acciones que consideran que el sector privado, dejado a su libre albedrío, es incapaz de invertir lo suficiente en educación, sanidad, infraestructuras, energía  y otras áreas del bienestar nacional”, escribía Horowitz. “advertían de que en ausencia de un sector público muy expandido, la actual caída en los negocios sería aún más profunda y dolorosa”.

Washington continúa confiando en que el gasto gubernamental corrija la caída de la inversión privada. Y la prensa financiera se lo ha tragado, como evidencia Time votando al presidente de la Fed como “Hombre del año”. Lo que se piensa es que la economía iría mucho peor si no fuera por las acciones de Bernanke y la Reserva Federal. “No sólo ha remodelado la política monetaria de EEUU”, alaba entusiasmado Michael Grunwald, de Time, “ha liderado un esfuerzo por salvar la economía mundial”.

“La Grandísima Depresión que podía haber ocurrido fácilmente en 2009 pero no lo hizo es el tributo que el mundo debe a la economía”, escribía Arvind Subramanian en el Financial Times.

Martin Wolfe escribía al final del año pasado, “No podemos en tiempos como éstos, ni siquiera dar por sentada la salvación de la propia civilización. Nunca había sentido más vigorosamente la fuerza del brindis de John Maynard Keynes ‘a los economistas, que son los garantes, no de la civilización, sino de la posibilidad de civilización’”.

Así que “la principal razón por la que Ben Shalom Bernanke es la Persona del Año 2009 para Time es que es el participante más importante que guía a la economía más importante del mundo”, explica Grunwald.

“Su liderazgo creativo ha ayudado a asegurar que 2009 fuera un periodo de débil recuperación en lugar de una catastrófica depresión y sigue ejerciendo un poder indiscutible sobre nuestro dinero, nuestros trabajos, nuestros ahorros y nuestro futuro nacional. Las decisiones que ha tomado y las que aún tiene que tomar, formarán el camino a nuestra prosperidad, la dirección de nuestra política y nuestras relaciones con el mundo”.

Así que, ¿qué tipo de mundo keynesiano están creando para nosotros Bernanke y los oros sabios de Washington?

Los keynesianos consideran una depresión como una falta de demanda agregada, en oposición a los austriacos que saben que una depresión es la necesaria depuración de las malas inversiones creadas por el boom previo de las acciones del gobierno. Los políticos, siguiendo el manual keynesiano, aplican políticas para estimular la demanda agregada y compensar la caída en la inversión privad. Desde el punto de vista de la política fiscal, los keynesianos defienden mayor gasto gubernamental. En el plano monetario, insisten en rebajar tipos de interés hasta el cero, si es necesario.

El mundo ha experimentado recientemente  intentos de resucitar de una burbuja económica. El Banco de Japón recortó los tipos de interés seis veces entre 1986 y 1987 y todo ese nuevo dinero hizo que la economía japonesa entrara en una burbuja. Como escriben Bill Bonner y Addison Wiggin en Financial Reckoning Day Fallout,

“el problema con todo el dinero es que es tan veleidoso y poco fiable como una mala amiga. En un momento te sigue la corriente. Al siguiente instante se convierte en tonta y burbujeante. Y luego te hace el vacío.”

El prolongado periodo de bajos tipos de interés creó una de las mayores burbujas nacionales del mundo. En un breve momento de 1990, la bolsa de Japón era mayor que la de EEUU. El Nikkei-225 llegó a un máximo de 38.916 en diciembre de 1989 con un porcentaje de aumento de precios de alrededor de 80 veces. En lo más alto de la burbuja, el valor capitalizado de la Bolsa de Tokio fue del 42% de todo el mercado bursátil del mundo y el patrimonio inmobiliario japonés suponía la mitad del valor de todos los terrenos en la tierra, aunque sólo representara el 3% del área total. En 1989, todo el patrimonio inmobiliario de Japón se valoraba en 24 billones de dólares, lo que era el cuádruple del valor de todo el patrimonio inmobiliario de Estados Unidos, a pesar de que Japón tenía la mitad de la población y el 60% del PIB estadounidense.

“Las burbujas de activos de Japón eran idénticas a otras burbujas en el sentido de que estaban esencialmente infladas por el crédito”, escribe el regulador bancario asiático Andrew Sheng en su libro From Asian to Global Financial Crisis.

“Los bancos prestaron a promotores altamente apalancados para comprar propiedades inmobiliarias contra valores inflados de colateral, que así impulsaron aún más la burbuja. Los precios de los activos no tenían ninguna relación realista con sus retornos de capital, particularmente porque los costes de financiación eran excepcionalmente bajos. En el momento en que el crédito se detuvo, la burbuja empezó a desinflarse y las principales víctimas fueron los propios bancos”.

Después de que explotara la burbuja en Japón, el gobierno siguió una línea keynesiana implacable de bombeo fiscal y una política fiscal laxa cuyo resultado fue un Japón que pasó de tener la posición fiscal más sana de cualquier país de la OCDE en 1990 a déficits anuales del 6% al 7% del PIB y una deuda pública que ahora es del 227% del PIB. “Los japoneses trataron de curar a un alcohólico con heroína”, escribe Bonner. “Ahora son adictos a ella”.

La política monetaria de Japón fue rebajar agresivamente los tipos hasta un 0,5% entre 1991 y 1995 y ha seguido desde entonces prácticamente una política de interés cero.

Entre 1992 y 1995, el gobierno japonés probó seis planes de estímulo por un total de 65,5 billones de yenes e incluso rebajaron los tipos impositivos en 1994. Intentaron bajar los impuestos de nuevo en 1998, pero nunca se recortó el gasto gubernamental. También en 1998 se inició otro paquete de estímulos de 16,7 billones de yenes, del que casi la mitad se dedicó a proyectos de obras públicas. Más tarde, ese mismo año, se anunció otro paquete de estímulo para un total de 23,9 billones de yenes. Al año siguiente se probó con un estímulo de 18 billones de yenes y en octubre de 2000 se anunció otro estímulo de 11 billones. Como apunta el economista Ben Powell, “En total durante la década de 1990, Japón probó 10 paquetes de estímulo por un total de más de 100 billones de yenes y todos fracasaron en intentar curar la recesión”, con un crecimiento nominal del PIB de Japón por debajo de cero en la mayoría de los cinco años después de 1997.

Después de cinco años en una selva económica, el Banco de Japón cambió, durante la primavera de 2001, a una política de alivio cuantitativo (dirigiéndose al crecimiento de la oferta monetaria en lugar de a los tipos de interés nominal) con el fin de producir un rebote en el crecimiento de la demanda.

El movimiento del Banco de Japón al alivio cuantitativo y el gran aumento de la liquidez que le siguió, detuvieron la caída en el precio de los terrenos en 2003. El Banco de Japón mantuvo los tipos de interés al cero hasta principios d e2007, cuando aumentó su tipo de descuento de nuevo al 0,5% en dos pasos a mita de año. Pero el BdJ volvió rápidamente a su política de tipos de interés cero.

En agosto de 2008, el gobierno japonés anunció un estímulo de 11,5 billones de yenes. El paquete, que incluía 1,8 billones de yenes en nuevos gastos y casi 10 billones en préstamos del gobierno y avales crediticios, fue la respuesta a la noticia de que la economía japonesa había sufrido en julio su mayor contracción en siete años y la inflación había llegado al 2% por primera vez en una década.

Los informes de Newswire decían que las nuevas medidas incluirían asistencia al sector agrícola, apoyo a los trabajadores a tiempo parcial para encontrar mejores empleos y descuentos en carreteras de peaje. El gasto adicional iba también a dirigirse a sanidad, vivienda, educación y tecnología medioambiental.

Este pasado abril, el gobierno de Japón anunció otro programa de estímulo por 10 billones de yenes. Esto se hizo después de que la economía de Japón se contrajera en una cifra récord de un 15,2% anual en el primer trimestre de 2009. Esta caída seguía a una del 14,4% en el último trimestre de 2008.

El mes pasado, Reuters informaba que el Banco de Japón reforzaba su compromiso de mantener tipos de interés muy bajos y podría ofrecer incluso mayores alivios. “El banco dijo que no toleraría una inflación cero o una caída de precios”. El banco dejó su política de tipos al 0,1% y los analistas prevén que éstos permanezcan bajos posiblemente hasta 2012.

De acuerdo con Reuters, al gobierno japonés “le inquieta el riesgo de que la economía vuelva a la recesión y está animando a los bancos a actuar”. ¿Volver la economía a la recesión? ¿Están de broma? El PIB de Japón a finales de este año no será más alto del que tenía en 1992: 17 años perdidos.

“Después de 17 años de rescates y programas de estímulo, que los japoneses deberían ser buenos en eso”, escriben Bonner y Wiggin. “Pero es un poco como si alguien fuera bueno en suicidarse: si fuera tan bueno, tendrías que pensar que ya debería estar muerto”.

Pero los keynesianos están habituados a graduar en una curva. El premio Nobel y columnista del New York Times Paul Krugman, por ejemplo, comenta los paquetes de estímulos fiscales de Japón diciendo que han “evitado probablemente que una economía débil se precipitara en una depresión real”.

Pero la bola de cristal del premio Nobel parece nublarse. Declaró al periódico The Guardian:

“Lo que sí sabemos es que las recesiones normalmente terminan siempre porque las autoridades monetarias recortan mucho los tipos de interés y eso hace que las cosas sigan marchando. Y lo que sabemos en Japón es que han acabado rebajando sus tipos de interés hasta el cero y eso no ha sido suficiente. Y, hasta ahora, aunque hicimos las rebajas más rápido que ellos y llegamos hasta el cero, no es suficiente. Hemos llegado al límite inferior igual que ellos. Luego todo lo que venga después en más o menos una especulación”.

Al presionarle, Krugman dijo que creía que se estaban produciendo dos procesos económicos en el mundo: el de Japón, donde los bancos centrales no pueden rebajar más los tipos de interés para promover el crecimiento económico, y el de Argentina “donde todo se desbarata por los problemas de balance”.

Krugman decía que veía

“La 'niponización' de la economía mundial con un puñado de 'argentinizaciones' actuando en la crisis aguda. Pero incluso después de que pasen éstas, tenemos niponización de la economía mundial. Y eso es realmente importante”.

Claro que es realmente importante. Lo que Krugman el Keynesiano está diciendo es que todo el mundo va a sufrir una falta de demanda agregada, salpicada por la crisis financiera ocasional. Pero como apunta Ben Powell, el problema de Japón no es una falta de demanda agregada “sino una estructura de producción que no atiende las necesidades concretas de los consumidores”.

Los keynesianos del gobierno quieren estimular la economía derramando dinero de contribuyentes e inflado sobre sus proyectos favoritos. En lo que gastarían el dinero de los estímulos es algo diferente de, por ejemplo, en lo que lo gastaría Tiger Woods. Y puede que ustedes hayan notado que es en la energía, la sanidad, la educación, las infraestructuras y las tecnologías medioambientales donde los keynesianos quieren que se gaste el dinero de los estímulos, sean keynesianos estadounidenses o de la variedad japonesa.

“No es posible que ayude a ninguna economía producir cosas que nadie quiere y apoyar malas inversiones”, escribe Powell.

“Esta política es equivalente al viejo bálsamo de Fierabrás keynesiano para la depresión de pagar a la gente para cavar hoyos y luego taparlos. Ninguna política reavivará la economía, porque nadie puede forzar a los negocios a realinear sus estructuras de producción para coincidir con las demandas de los consumidores”.

¿Y por qué esos bajos tipos de interés no hacen que las cosas marchen? “Con bancos pesimistas, la reacción no llega a inducir otra expansión del crédito bancario”, escribió el Profesor Jeffrey Herbener en el Asian Wall Street Journal. “Los keynesianos han considerado erróneamente la impotencia del Banco de Japón por reanudar la expansión del crédito en la década de 1990 como una trampa de liquidez. Pero el problema no es que los tipos de interés sean tan bajos que todos esperen que suban y por tanto acumulen efectivo. Los bancos rechazan prestar a causa del exceso de mala deuda. Cualquier inyección de efectivo se mantiene como reserva para aquélla. Los negocios rechazan pedir prestado por su carga deudora, creada para expandir la capacidad durante el boom, y su exceso de capacidad resultado de sus malas inversiones”.

Murray Rothbard explicó en America's Great Depression que en una crisis económica lo mejor que el gobierno puede hacer es “disminuir drásticamente su papel relativo en la economía, recortando sus propios gastos e impuestos, particularmente los impuestos que interfieren en el ahorro y la inversión”, disminuyendo así enormemente el tiempo necesario para volver a una economía próspera.

En lugar de que el gobierno aumente su tamaño y alcance, apoyar los negocios fallidos, rebajar los tipos de interés a cero, imprimir moneda e intentar dictar qué sectores de la economía prosperan y cuáles se quedan en la cuneta, “la política gubernamental apropiada en una depresión es un laissez-faire estricto, incluyendo rigurosos recortes presupuestarios y acompañada tal vez por alentar positivamente la contracción del crédito”.

Sin embargo el declarado keynesiano Paul McCulley, del gigante de los fondos de bonos PIMCO, dice que “lo que se necesita es una política reflacionista exhaustiva” en Japón. “El problema de Japón es la deflación, no la inflación como está a la vista”, de acuerdo con el jefe de PIMCO. Entre tanto, Ambrose Evans-Pritchard, del Telegraph, teme que los las autoridades japonesas sigan el consejo de McCulley y con la economía japonesa ahora a punto de estallar, “los inicios de una monetización de deuda por parte de un aterrorizado banco central acabaría quedando fuera de control, quizá llegando a una hiperinflación a mediados de la década”.

Igual que las malas inversiones de Japón en la década de 1980 deberían haberse liquidado, lo mismo debería haber hecho Estados Unidos en las últimas dos décadas. Como explica Herbener,

“cuando el gobierno intentar evitar la liquidación con rescates, socialización, gastos fiscales, reflación y políticas similares, como en Japón en la década de 1990 y Estados Unidos en la de 1930, la depresión persiste. Si Japón [o ahora Estados Unidos] espera restaurar la prosperidad a largo plazo, la expansión del crédito y la inflación monetaria del banco central, aunque esté justificada sobre bases monetaristas o keynesianas, debe ser rechazada”.

No hay manera de evitar el colapso final de un boom ocasionado por la expansión del crédito, escribió Ludwig von Mises. “La única alternativa es si la crisis debería llegar antes como consecuencia del abandono voluntario de una mayor expansión del crédito, o después como una catástrofe final y total del sistema monetario afectado”.

Los keynesianos de Washington dicen “sí, podemos” estimular la economía. Pero la prosperidad no se puede imprimir. Los decretos del gobierno no nos pondrán mágicamente en mejor situación. Su vanidad fatal sólo nos lleva al desastre.

------------------------------------------------- 

Douglas French es presidente del Mises Institute y autor de Early Speculative Bubbles & Increases in the Money Supply. Es doctor en economía de la Universidad de Nevada- Las Vegas, dirigido por Murray Rothbard, con el Profesor Hans-Hermann Hoppe en su comité de tesis.

Published Thu, Jan 28 2010 3:44 PM by euribe

Comments

# Krugman no consigue “pillar” a Japón

Saturday, March 6, 2010 6:38 PM by Mises Daily en español

Por William L. Anderson. (Publicado el 5 de marzo de 2010) Traducido del inglés. El artículo