Pesadilla bimetálica

Por Garet Garrett. (Publicado el 19 de febrero de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4112.

[Extraído del capítulo 4 de The Driver, 1922]

 

Podemos definir un engaño masivo, no podemos explicarlo realmente. Es una enfermedad de la imaginación, incurable mediante la razón, que aparentemente debe seguir su curso, Si no lleva a la gente a la autodestrucción en un terrible dilema entre dos símbolos de fe al menos deja paso a los hechos de la experiencia.

Una vez la paz del mundo se vio destrozada por esta pregunta estúpida: ¿Era lo masculino o lo femenino la causa primera del universo?

Sin embargo no había respuesta, pues el propio hombre había inventado la adivinanza, sin embargo lo que uno creyera sobre ello era más importante que la vida, la felicidad o la civilización.

Los defensores del principio masculino adoptaron el color blanco. Los seguidores del principio femenino tomaron como seña y símbolo el color rojo tirando a amarillo. Bajo estos dos pabellones tuvo lugar una guerra religiosa que afectó a toda la humanidad, dispersó, reprimió y destruyó razas enteras y cubrió Asia, África y Europa de trágicas ruinas. Entonces alguien ideó accidentalmente un tercer principio que reconcilió a esos dos y la sensatez humana volvió a la tierra. Ahora todo eso se ha olvidado.

Desde entonces la gente se ha vuelto loca acerca de una serie de cosas: Dios, los tulipanes, las brujas, las definiciones, la alquimia y las vanidades preceptivas. En 1894 se volvieron locos por el dinero, no acerca de su uso, posesión y distribución, sino sobre su color, si debía ser plata, es decir, blanco como el símbolo de los antiguos adoradores de la masculinidad, u oro, como era el símbolo de quienes en la oscuridad de la historia adoraban a la femineidad.

Y a medida que la gente discutía sobre esta cuestión de la plata o el oro aparecieron completos delirios. Cada bando esta deseando ver arruinado el crédito del gobierno, como estuvo a punto de pasar, por la reivindicación de un fetiche. No lo sabían. No tenían ni la más remota idea de por qué o cómo se habían vuelto locos porque eran incapaces de darse cuenta en absoluto de que estaban locos.

He repasado recientemente las páginas de los periódicos y revistas de esa época para verificar el recuerdo de que los acontecimientos cuando se produjeron se trataron sin ser conscientes de su significación. La inteligencia quedó en suspenso. La facultad de juzgar dormía como en un sueño, la imaginación se desbocaba, inventando miedos y fantasías. El que el gobierno estuviera al borde de la bancarrota o que el Tesoro de los Estados Unidos estuviera a punto de cerrar bajo una corrida de atesoradores de oro no se consideró una emergencia nacional que afectaba a todos por igual, sino como prueba de que una teoría era correcta y la otra errónea de forma que un bando veía el inminente desastre relamiéndose y se lamentaba de su retraso temporal, mientras que la otra recurría a sofismas y negaba cosas evidentes.

Tampoco nadie sabía en ese momento por qué la gente estaba loca. Los economistas escribían sobre ello como palucha entre dinero sólido (el oro) frente a dinero no sólido (la plata) y eso era todo. El dinero no es algo verdadero o falso. Es simplemente un símbolo de otras cosas que son útiles y disfrutables. Tanto el oro como la plata son sólidos para este fin. Su uso es de comodidad y las proporciones y cantidades en que deben circular como divisa en un asunto de aritmética racional. Aún así había millones de personas locas emocionalmente acerca de la cuestión de cuál debía predominar, un lado hablando del crimen de destronar a la plata y el otro de la infamia al oro.

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Al haberse detenido todos los demás negocios mientras este asunto estaba en impasse, se realizó una tregua con este contenido legal: el oro debería seguir siendo preeminente nominalmente, pero el Tesoro debería comprar cada mes una gran cantidad de plata en bruto, convertirla en dinero blanco, poner el dinero blanco en circulación y luego mantenerlo en un valor de igualdad con el oro. Bueno, la cantidad de metal precioso de un dólar de plata valía sólo la mitad de la de un dólar de oro. Aún así el Congreso decretó que los dólares de oro y plata deberían ser intercambiables y envió al Tesoro el mandato de que los mantuvieran al mismo valor. ¿Cómo? ¿Con qué magia? Bueno, con la magia de una frase. La frase era: “Es la política establecida en los Estados Unidos mantener los dos metales en paridad entre sí por ley”.

La ingenua confianza en el poder de las palabras para ordenar la realidad aparece en todos los engaños masivos.

Se rieron de los coxeyitas por pensar que la prosperidad podía crearse mediante frases escritas en forma de leyes. El Congreso pensó lo mismo. Supuso que el problema económico del país podía curarse haciendo que 50 centavos de plata valieran lo mismo que cien centavos de oro y que este milagro de la paridad podría lograrse por decreto.

Todos sabían qué hacer. La gente del oro corrió con dólares blancos al Tesoro y los intercambiaron por oro y o bien lo atesoraron o lo vendieron en Europa. De esta forma  los fondos en oro del gobierno se fueron vaciando continuamente y esto resultaba desastroso porque su crédito, el crédito de toda la nación en el mundo, se basaba en ese fondo en oro. Vendió más bonos para comprar más oro, pero no importaba lo rápido que el Tesoro obtenía más oro, la gente con dinero blanco acudía aún más rápidamente a redimirlo en dinero de color rojo tirando a amarillo y siempre el Tesoro estuvo obligado por ley a comprar cada mes un gran cantidad de plata en bruto y convertirla en dinero blanco, de forma que la oferta de dinero blanco a intercambiar por oro era inagotable.

Wall Street fue el baluarte de la gente del oro. Era a Wall Street a donde iba el gobierno a vender bonos para el oro que necesitaba para reponer sus fondos. El espectáculo del Secretario del Tesoro de pie con el gorro quitado, como un mendigo turco, ponía exultante a la gente del oro. “Los bonos de Carlisle no funcionarán” decía el New York Sun  en su titular de cabecera en una de esas ocasiones. Carlisle era el secretario del Tesoro de los Estados Unidos y rogaba a la gente del oro que compraran los bonos del gobierno con oro. Lo hacían siempre, pero en cuanto oro estaba en el Tesoro lo volvían a cambiar con dinero blanco.

Esto no podía continuar sin destrozar el sistema financiero del país. Eso significaría el desastre para todos, tanto la gente del oro como la de la plata, pero nadie sabía cómo parar. La gente de la plata decía que la solución era destronar el oro y dar preeminencia al metal blanco; los otros decían que la única vía era tirar el fetiche del dinero blanco al montón de cenizas más cercano y adorar únicamente al dinero de color rojo tirando a amarillo.

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Los engaños son estados de refugio. La mente, incapaz de entender la realidad o manejarla, encuentra alivio en las supersticiones, creencias y modos de actuar irracionales. Es más fácil creer que pensar.

La realidad de este periodo de nuestra historia económica, aparte de la locura, fue extremadamente desconcertante. Durante cinco a seis años antes de esto había habido un éxtasis de grandes beneficios. La forma prodigiosa en que se multiplicó la riqueza había engañado los sueños de los hombres. Nadie se acostaba por la noche sin ser más rico que cuando se levantó, ni sin la certidumbre de que sería aún más rico el día de mañana. La edad de oro había llegado. Querer era tener. El gobierno se había hecho tan rico por lo recaudado en artículos de lujo importados que el superávit del Tesoro se había convertido en un problema nacional. No podía gastarse adecuadamente, así que se derrochaba. Y aún así aumentaba. Esta vez sin duda el árbol de Mammon llegaría a los cielos y la felicidad humana duraría eternamente.

De repente se derrumbó. La especulación, la avaricia y la falta de honradez habían devorado invisiblemente su corazón. El tronco estaba hueco. Todo se volvió hueco. La gente estaba atónita, horrorizada y loca de consternación. No se echaban la culpa a sí mismos. Querían echar la culpa a los demás sin saber bien cómo. Los hechos desnudos eran difíciles de ver en su relación apropiada. La imaginación popular no había sido formada para comprenderlos. Todo el mundo abordaba nuevas fuerzas, resultantes de la aplicación del capital a la producción de máquinas a gran escala y había aparecido por primera vez en toda su magnitud esa contradicción monstruosa a la que llamamos sobreproducción. Fue un fenómeno mundial, pero más extraño aquí que en los países europeos porque este país estaba recién industrializado siguiendo el plan moderno y no sabía cómo manejar  las condiciones que había creado; no podía entenderlas en la práctica.

Luego era algo incomprensible en general para la gente y como aumentó enormemente el dolor de la pérdida, el disgusto y la decepción, la mente común realizó el estúpido acto de autosalvación de volverse loca. Es decir, la gente hizo una superstición de sus pecados económicos y echó la culpa de todos sus males a dos objetos: monedas de oro y plata. Así, lo que habría sido sólo una crisis económica, susceptible de arreglarse, se convirtió en un fiasco de la inteligencia.

Los europeos, todos gente del oro, que habían comprado enormes cantidades de acciones y bonos estadounidenses, decían: “¡Mira ahora! Esta gente se está volviendo loca. Pueden rechazar pagarnos en oro”. Con lo cual empezaron a vender a toda prisa  títulos estadounidenses.

“Después de todo”, suspiraba el London Times, “a pesar de sus grandes recursos Estados Unidos es un país pobre”.

En el pánico de 1893 se destruyó la confianza. La gente dejó de creer en lo suyo, en sí mismos, en los demás.

Importantes instituciones bancarias quebraron por razones escandalosas. Los ferrocarriles fueron de cabeza a la bancarrota, hasta que más de mil millones de dólares en bonos quedaron impagados y en muchos casos las revelaciones de especulación desde el interior fueron muy vergonzosas.

Se descubrió a senadores estadounidenses especulando con acciones de empresas afectadas por la legislación arancelaria, especialmente el “trust del azúcar”.

El nombre de Wall Street se volvió maldito, no porque la moralidad de Wall Street fuera menor que en cualquier otro sitio, sino porque las consecuencias de sus pecados eran manifiestas.

Toda la industria entró en crisis.

El azote del desempleo cayó sobre el territorio y el trabajo como tal, sin teoría propia acerca del dinero, sabiendo solamente lo que significa estar sin empleo, atacó a la desconcertada inteligencia del país con esta embarazosa pregunta: ¿Por qué hay hombres inútilmente ociosos en este entorno de oportunidades ilimitadas?

Los coxeyitas pensaban que era por deseo de dinero. Lo mismo pensó mucha gente. Propusieron que el gobierno pusiera dinero para grandes obras públicas, creando así trabajo para los parados, pero el Tesoro de Estados Unidos, que hacía muy poco tiempo tenía un superávit tan grande que el Congreso tuvo que inventar formas de gastarlo, estaba ahora en una situación desesperada. Los ingresos del gobierno no eran suficientes para pagar sus facturas diarias. Sin embargo, ni la maldición del desempleo ni la pobreza del tesoro de Estados Unidos se debían a una escasez de dinero: Los bancos desbordaban dinero, dinero ocioso, que estaban deseando prestar a un 0,5% o un 1%, sólo para sacarlo de sus arcas. Una vez un banco ofreció en préstamo una gran cantidad de dinero sin intereses. Pero nadie lo tomaría prestado. ¿Qué iban a hacer con él? No había beneficios en los negocios.

Así que había desempleo tanto de trabajo como de capital.

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Garet Garrett (1878–1954) fue un periodista y escritor estadounidense notable por sus críticas al New Deal y a la participación de EEUU en la Segunda Guerra Mundial.

Este artículo está extraído del capítulo 4 de The Driver (1922).

Published Sat, Feb 20 2010 2:59 PM by euribe
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