El timo del estímulo

Por Antony P. Mueller. (Publicado el 12 de marzo de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4158.

 

La reciente mejora de la economía global, con cifras de crecimiento económico particularmente altas en Estados Unidos, es sólo un engaño más de una larga serie de engaños que han afligido a estrategas políticos e inversores. Aunque las estadísticas oficiales registran un aumento en el producto interior bruto, el potencial de producción a largo plazo de muchas economías en el mundo realmente se está contrayendo.

La actual expansión económica la producen las masivas políticas de estímulo. Este tipo de expansión económica no constituye un crecimiento económico genuino.

Es bastante común que estrategas políticos, analistas económicos y comentaristas de todo tipo no distingan entre el crecimiento económico, que aumenta la capacidad productiva de una economía, y la mera expansión de la demanda. Y hay una enorme diferencia entre el tipo de crecimiento económico que viene como consecuencia de las victorias en la batalla contra la escasez y el que es meramente resultado de la expansión que genera el aumento en el gasto.

La teoría austriaca del ciclo económico destaca el problema de la mala asignación intertemporal debido a los estímulos fiscales y monetarios. De acuerdo con la teoría económica austriaca, los paquetes de estímulo producen el inicio de proyectos que están condenados a fracasar porque su finalización se quedara paralizada por la falta de financiación sostenible. A corto plazo, las políticas de estímulo generarán un aumento de producto interior bruto de la nación, aunque lo que importa para el crecimiento económico a largo plazo no es la demanda inducida por el crédito sino la capacidad de producción de la nación.

Hay un acuerdo general en la profesión económica en que la muy aclamada teoría keynesiana del multiplicador del gasto tiene efectos reales y monetarios muy diferentes dependiendo del estado de la economía. Sin embargo se entiende menos el impacto negativo de las políticas de estímulo en la productividad. Cuando la economía se expande debido a un estímulo fiscal o monetario, la capacidad productiva de la economía realmente disminuirá porque dicha expansión artificial principalmente animará las malas inversiones, es decir, la realización de proyectos de negocio que no son viables a largo plazo.

Realmente es fácil caer en la trampa del falso crecimiento económico: mientras la utilización de capacidad está por debajo del nivel normal, las expansiones de demanda animadas por los impulsos monetario y fiscal aumentan la actividad económica. Pero cuanto más se aproxime la economía a su capacidad total, más débil ser hará el efecto en la producción de bienes reales y más fuertes los efectos en los precios. Al final, se llega al punto en que la expansión monetaria sólo tiene efectos inflacionistas en precios y su impacto en la producción real llega a ser nulo.

Cuando las distorsiones en la economía son aun pequeñas y sólo haría falta una pequeña recesión para corregir las malas asignaciones, un modesto estímulo monetario o fiscal a menudo resulta suficiente para hacer que continúe el auge: esto genera otra fuente de engaño. Los banqueros centrales y ministros de economía disfrutan de parabienes por esta pequeña hazaña de haber evitado lo que de otra forma sólo habría sido un bache suave y corto. Pero al dejar que se produzcan las recesiones suaves, estos estrategas políticos acumulan una serie de distorsiones económicas sobre otras hasta que la gran caída se hace inevitable.

Cuando finalmente afrontan la amenaza de una depresión severa, las mismas autoridades caen en el pánico. Actuando con miedo, tienden a negar la experiencia y despreciar la prudencia y la racionalidad. Ante una caída económica importante, las autoridades monetarias recurren a inundar la economía con dinero aún más fácil. Además, el gasto en déficit acumula más deuda sobre la anterior.

Este modelo, que puede observarse en muchas partes del mundo, también ha caracterizado a la política económica de EEUU. Al evitar el pequeño bache que podría haberse producido después del crash de la bolsa de 1987, la política monetaria de EEUU se hizo altamente expansiva. Ha continuado así desde entonces. En el camino, a una burbuja le seguía la siguiente y consecuentemente un rescate ha llevado al siguiente.

Después de la caída económica de 2000, la política monetaria laxa del banco central de EEUU puso las bases para la burbuja inmobiliaria. Cuando explotó la burbuja, el gobierno implantó una serie de paquetes de estímulo y la autoridades monetarias fijaron el tipo de interés prácticamente a cero. Ahora mismo se preparan nuevos paquetes y las reticencias de la Reserva Federal por iniciar su estrategia de salida son demasiado evidentes.

Como demostró el colapso de los mercados inmobiliarios en Estados Unidos, el auge del crédito ha producido malas asignaciones a escala masiva. El coste de muchas viviendas que se construyeron cuando los préstamos parecían sencillos de financiar resultaron inasequibles. Proyectos que parecían financieramente manejables durante el tiempo de dinero fácil tuvieron que abandonarse cuando se reveló la realidad de la escasez. Los inversores y consumidores se vieron forzados a retirarse. Se perdió capital, aunque las cargas permanecían y la caída se sintió en toda la economía.

Como si la historia económica se repitiera, con cada ciclo peor, los políticos en todo el mundo repiten los viejos errores una y otra vez. Han abrazado, casi al unísono, la creencia bastante burda de que los tipos de interés bajos y el gasto público crearán riqueza.

En la década de 1970, ante la primera crisis del petróleo, muchos gobiernos y economistas tenía grandes expectativas en las políticas de estímulo en Europa y Estados Unidos. Pero la consecuencia fue una estanflación global. Japón practicó una expansión fiscal y monetaria a gran escala desde que su economía entró en recesión a principios de la década de 1990 y el resultado ha sido la estanflación desde entonces.

A pesar de los colosales esfuerzos por sostener el auge en Japón, Europa y Estados Unidos, no han desaparecido las fragilidades sistémicas de los mercados financieros globales y las quiebras de empresas y el desempleo aumentan. Sin embargo, lo que se ha conseguido es la formación de niveles insostenibles de deuda y de exceso de reservas en el sector bancario, lo que podría explotar en cualquier momento con un aumento repentino de la inflación.

Fabricar un falso crecimiento económico es muy atractivo para los políticos porque pueden producir ese “crecimiento” fácilmente con un consumo derrochador en guerra, bienestar y todo tipo de programas públicos populares. Cada paquete de estímulo incita al principio a un júbilo irracional pero deja detrás un vertedero de proyectos fallidos y expectativas frustradas.

Aunque el gasto monetario es ilimitado y no hay escasez de ceros a añadir a la etiqueta del precio, la producción permanece limitada por la escasez de los factores de producción.

Los falsos auges y sus consiguientes caídas están directamente ligados a los ciclos financieros, que a su vez relejan las variaciones en la creación de dinero. La moneda fiduciario se encuentra en el corazón de este proceso. La expansión económica basada en el crédito y sus consiguientes malas inversiones crean falsas ilusiones económicas. La verdadera tragedia de un régimen de moneda fiduciaria es que el falso crecimiento económico por medio de estímulos monetarios y fiscales sólo puede mantenerse hasta que el colapso de la hiperinflación lleva a su fin el auge artificial o la cantidad de deuda acumulada haga inevitable la quiebra del estado.

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Antony Mueller es un economista de origen alemán que vive en Aracaju, al nordeste de Brasil, donde enseña en la Universidad Federal de Sergipe (UFS). Es investigador adjunto del Instituto Mises en EEUU y director académico del Instituto Ludwig von Mises Brasil. Vea su sitio web y su blog.

Published Mon, Mar 15 2010 12:08 AM by euribe