Rechazando ser contados

Por Vijay Boyapati. (Publicado el 17 de junio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4464.

 

Volvía a casa de un viaje de compras hace unas pocas semanas cuando encontré un “aviso de visita” de la Oficina del Censo de EEUU fijado en la puerta de entrada. Esperaba ese aviso desde hace tiempo porque, al contrario que mis amigos, lo hacía recibido el formulario del censo en el correo. Pocos días después, una funcionaria del censo llegó a mi puerta y yo estaba listo para presentarle educadamente mi rechazo a responder a sus preguntas, una respuesta al censo que había decidido cuando supe que se iba a realizar dicho censo.

Los libertario que se oponen coherentemente al uso de la agresión y reconocen la naturaleza agresiva propia del estado continuamente afrontan dilemas sobre si cumplir con los dictados del estado y cómo oponerse mejor a éstos si deciden hacerlo así. Todas las opciones disponibles implican costes y compromisos.

Podemos simplemente rechazar obedecer y afrontar las consecuencias financieras y legales de hacerlo. Thoureau (junto con otros seguidores de su filosofía, como Gandhi y Martin Luther King) era un defensor de ese incumplimiento pacífico, escribiendo:

Bajo un gobierno que encarcela injustamente a cualquiera, el verdadero lugar de un hombre justo es también una prisión. (…) la única casa en un Estado esclavista donde el hombre libre puede habitar con honor. Si alguien cree que su influencia ahí se perdería y que sus voces ya no afligirían el oído del Estado, que no serían como un enemigo dentro de sus muros, no saben cuanto más fuerte es la verdad que el error ni cuanto más elocuente y eficazmente puede combatir la injusticia que él ha experimentado un poco en su propia persona. Deposite todo su voto, no una tira de papel solamente, sino toda su influencia. Una minoría es impotente si se ajusta a la mayoría; entonces ni siquiera es minoría; pero es irresistible si se opone con todo su peso. Si no queda otra alternativa que encerrar a todos los hombres justos en la cárcel o dejar la guerra y la esclavitud, el Estado no vacilará en su elección. Si un millar de hombres no pagase los impuestos este año, la medida no sería ni violenta ni sangrienta, como lo sería, en cambio, pagarlos y proporcionarle al Estado la posibilidad de que cometa actos de violencia y de que derrame sangre inocente. Esta, en efecto, es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible[1]

Una segunda posibilidad es huir y buscar refugio en un país cuyas imposiciones parezcan menos gravosas. La huída ha sido por mucho tiempo una opción popular para quienes buscan eludir la brutalidad de la guerra, como los 30.000 o 40.000 estadounidenses estimados que se mudaron a Canadá durante la invasión y ocupación de Vietnam por EEUU o, más recientemente por quienes querían evitar ser enviados a Iraq.[2] Hay muchos costes por abandonar el país propio, incluyendo la pérdida del hogar y la separación de amigos y familiares, además de la requisa sancionatoria de activos.[3]

Finalmente, el libertario puede obedecer, reconociendo que aunque la sumisión puede ayudar al estado en sus distintas actividades agresivas, la carga de la culpa no recae en el mismo libertario sino en quines tácita o explícitamente aceptan la legitimidad del estado. Como indica Manuel Lora, los libertarios no debería ser llamados al martirio por la causa de la libertad:

Los problemas que afrontan los libertarios (algunos triviales y otros bastante serios) son riesgos morales creados por la existencia del estado. Dado que no legitimamos la acción de estado, no somos culpables de la agresión que causa. (…) Tampoco [el libertarismo] nos obliga a reducir drásticamente nuestras vidas ya limitadas. (…) La libertad y los ideales de libertad, paz e intercambio voluntario son sólo eso: ideales. No quiere decir que guíen nuestras acciones hacia cualquier fin que podamos elegir en la vida. No son necesariamente fines en sí mismos. No nos martiricemos. Alejémonos de altar del sacrificio libertario.[4]

Mi opinión está en un término medio entre las posiciones defendidas por Thoreau y Lora. Cuando sea posible, intento evitar obedecer lo que dicta el estado y relacionarme con las instituciones públicas. Por ejemplo, cuando los costes son comparables, prefiero una mensajería privada, como FedEx o UPS, a Correos.

Sin embargo, cuando el estado emplea castigos draconianos para alcanzar la sumisión, obedezco. Por ejemplo, pago mis impuestos porque no quiero sufrir el mismo destino que Irwin Schiff, un pacífico objetor fiscal que fue sentenciado a 13 años de cárcel por un “delito” completamente no violento.

En el caso del censo, había considerado las consecuencias del incumplimiento y me parecían tolerables, así que rechacé responder a cualquier pregunta. Y así abrí mi puerta para hablar con la funcionaria del censo que esperaba en mi porche.

Una visita de la Oficina del Censo

Abrí mi puerta y la funcionaria me informó de que trabajaba para la Oficina del Censo y necesitaba unos pocos minutos de mi tiempo para responder a algunas preguntas. Le pregunté cuáles eran las consecuencias de no responder y me replicó que era “ilegal” rechazarlo, pero que no tendría consecuencias. Estaba claro que no conocía las disposiciones relativas a no cumplir con el censo, que yo había leído cuando recibí el aviso de visita. De acuerdo con el Código de EEUU, quien rechace contestar al censo “será multado hasta un máximo de 100$”.[5]

La funcionaria intentó entonces convencerme de la importancia del censo y me aseguró que cualquier dato recogido permanecería privado. Le expliqué que mi rechazo no era un temor a que mi información personal fuera divulgada por la Oficina del Censo, sino porque rechazaba por principio cualquier acción del estado debido a la misma naturaleza agresiva del estado. Pareció confundida por mis razones, pero acabó anotando que había rechazado contestar.

Abandonó mi casa después de darme una advertencia bastante siniestra de que probablemente iba a recibir más “acoso” por parte de funcionarios del censo en un futuro cercano.

Tampoco la advertencia de acoso era ociosa. De acuerdo con el constitucionalista John Whitehead,

Informaciones públicas y privadas de enfrentamientos similares entre ciudadanos estadounidenses y funcionarios de censo sugieren que algunos de estos últimos están adoptando un modus operandi agresivo y acosador.[6]

Los informes de acoso incluyen funcionarios del censo leyendo correo privado y entrando por la fuerza en residencias privadas. Whitehead informa luego de que 1.800 funcionarios del censo encargados de recoger datos tenían antecedentes penales, un hecho sólo descubierto después de ser contratados.

Sabiendo esto, esperé, con alguna inquietud, una segunda visita de la Oficina del Censo.

Una segunda visita de la Oficina del Censo

Una semana después de la visita del censo, llegó a mi puerta una segunda funcionaria. Aunque no me sentí amenazado en ningún momento, fue mucho más insistente y molesta que su predecesora hostigándome un buen rato después de haberle dicho que no quería contestar a ninguna pregunta. La forma en que intentó convencerme de la importancia de cumplir con el censo y el razonamiento que usó son profundamente reveladores del pensamiento ideológicamente estatista que prevalece hoy.

Después de informar a la funcionaria de que había rechazado previamente contestar por principio cualquier pregunta (y por tanto rechazaría contestar a sus preguntas), me advirtió que la participación en el censo era “obligatoria”. Repliqué que conocía las consecuencias potenciales y seguía sin querer obedecer, así que cambió  de estrategia, intentando persuadirme con argumentos utilitaristas. La funcionaria me explicó que sin el censo el gobierno no sería capaz de asignar correctamente sus fondos a los distintos estados. Por supuesto, el gobierno no tiene fondos, salvo los de la población que se apropia violentamente y le expliqué que esa redistribución violenta de la propiedad privada era completamente inmoral.

Como la primera funcionaria, la segunda estaba confundida acerca de la naturaleza agresiva del estado. Le expliqué que, como observó Ludwg von Mises, toda acción del gobierno recurre en último término al uso o amenaza de agresión. Mises escribió

Es importante recordar que la interferencia del gobierno siempre significa o una acción violenta o la amenaza de dicha acción. El gobierno recurre en último término al empleo de hombres armados, de policías, gendarmes, soldados, guardias de prisiones y verdugos. La característica esencial del gobierno es la aplicación por la fuerza de sus decretos golpeando, matando y encarcelando.[7]

La funcionaria estaba aparentemente confusa por el fundamento de mi rechazo por principios y me dijo que aunque otros departamentos públicos podrían emplear la agresión, la realización del censo no la requiere. Continuó, en un vano intento de aplacarme, diciendo que todos los datos recogidos eran estrictamente confidenciales y que ni siquiera se compartirían con otros departamentos públicos. Destacó que nunca en la historia de la nación los datos del censo se habían compartido con otros departamentos.

En realidad era una mentira descarada. En 1943 la Oficina del Censo difundió datos que se usaron para identificar a los estadounidenses de origen japonés, que fueron confinados en campos de concentración por el resto de la Segunda Guerra Mundial, un hecho ocultado por la oficina durante más de 50 años.[8] Más recientemente, la Oficina del Censo entregó estadísticas tabuladas especialmente al Departamento de Seguridad Interior para ayudar a identificar a los estadounidenses de origen árabe.

En un intento final desesperado de convencerme de la importancia del censo, la funcionaria me preguntó si usaba la calzada que hay delante de mi cas y añadió triunfalmente que sin el censo (y la consiguiente redistribución de la propiedad arrebatada) no habría escuelas públicas y los niños de Estados Unidos serían analfabetos. La funcionaria estaba confundiendo gobierno y sociedad, como explicó el gran economista francés del siglo XIX Frederic Bastiat, pensando que si el estado no provee algunos servicios, no podrían existir en absoluto. Bastiat escribió:

El socialismo, como las ideas antiguas de las que deriva, confunde la distinción entre gobierno y sociedad. En consecuencia, cada vez que protestamos por algo que hace el gobierno, los socialistas concluyen que protestamos porque se haga eso. Estamos en desacuerdo con la educación del estado. Entonces los socialistas dicen que nos oponemos a cualquier educación. Protestamos por una religión de estado. Entonces los socialistas dicen que no queremos ninguna religión. Protestamos por una igualdad establecida por el estado. Entonces dicen que estamos contra la igualdad. Y así sucesivamente. Es como si los socialistas nos acusaran de que no queremos que la gente coma porque no queremos que el estado cultive cereales.[9]

Expliqué a la funcionaria que, aunque use la carretera, no aprobé la forma injustificada en que se financió su construcción y añadí que las carreteras las puede proveer el mercado pacíficamente. Como explica Walter Block, las carreteras privadas no sólo serían más eficientes y tendrían menos accidentes de automóvil, sino que asimismo serían preferibles moralmente a un sistema estatal de carreteras.[10]

Seguí explicando que el sistema de escuelas públicas en Estados Unidos era la causa, en lugar de la solución, del azote de analfabetismo que existe en el país. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Alfabetización de adultos, más de 40 millones de estadounidenses leen con el mínimo nivel de aprovechamiento.[11] Y mientras que la financiación de la educación pública se ha doblado en términos reales en los últimos 15 años,[12] no ha habido ningún aumento apreciable en el aprovechamiento lector de estudiante estadounidense medio de octavo grado, que permanece en un nivel abismalmente bajo.[13]

También intenté explicarle que, contrariamente a la mentira común creída de que el sistema de escuelas públicas se instituyó para educar a la juventud estadounidense, los primeros defensores de la escuela pública admitían abiertamente que su verdadero propósito era inculcar por la fuerza a los niños una devoción por el estado. Como escribió en 1901 Edward Ross, un sociólogo progresista, en su tratado Social Control: A Survey of the Foundations of Order,

Recoger pequeños restos moldeables de masa humana de hogares privados y darles forma en la mesa de amasar social. (…) Y así ocurre que el papel del maestro de escuela en la economía social está sólo empezando.[14]

John Swett, a menudo considerado como el padre del sistema californiano de escuelas públicas, escribió:

Pasen hoy los ojos sobre el mapa de nuestro país y muéstrenme grupo de estados en la que los hombres derramaran su sangre en la batalla más libremente por la defensa de la Unión y les mostraré que esos estados también han gastado más dinero en escuela públicas (…). El logro supremo [del sistema de escuelas públicas] es que han educado a un ejército de medio millón de hombres que se han presentado voluntarios para sostener con la bayoneta la bandera nacional.[15]

No sólo los primeros defensores de la escuela pública eran claros acerca de su deseo de moldear a los niños para que fueran complacientes ante un orden social estatista, también eran claros acerca de su deseo de realizar su programa por la fuerza. Un artículo del Massachusetts Teacher, que apareció en 1851, concluía:

Con los mayores, poco puede hacerse, pero con sus hijos, el gran remedio es la educación. La nueva generación debe ser enseñada como se enseña a nuestros hijos. Decimos debe ser, porque en muchos casos esto sólo puede hacerse por la coerción. (…) Nada puede funcionar eficazmente, sino una legislación estricta, implantada integralmente mediante una policía eficiente: debe recogerse a los niños y llevarlos a la escuela, y quienes se resistan o impidan este plan, ya sean padres o sacerdotes, deben ser considerados responsables y castigados.[16]

Está claro que hay profundos errores en el dicho de que la escuela pública se instituyó benévolamente para mejorar la alfabetización de los niños de Estados Unidos.

Reconociendo que sus argumentos utilitaristas habían fracasado en persuadirme sobre el beneficio de las carreteras o escuelas financiadas públicamente, la funcionaria del censo me entretuvo un rato más para “al menos” decirle cuánta gente vivía en mi casa. Cuando rechacé de plano hacerlo, se quedó unos momentos en mi porche, mirándome fijamente, antes de anotar mi rechazo en su hoja censal y marcharse de mi casa.

Conclusión

A menudo los libertarios afrontan la difícil alternativa de cómo debería manifestarse en la práctica su rechazo por principio a la agresión del estado. No hay una solución perfecta, pues todas las posibles alternativas implican costes y compromisos. Mi propia postura ha sido evitar cumplir e interactuar con el estado cuando creo que mi coste y el de mi familia son tolerables.

El censo es un ejemplo de programa público que rechazo cumplir, sabiendo que puedo ser multado por hacerlo. Aunque el censo no sea la actividad más bárbara o intrusiva de las realizadas por el estado, es crucial para el comportamiento más dañino del estado y su característica definitoria, la apropiación masiva y redistribución de la propiedad privada.

La misma realización del censo consume asimismo una cantidad considerable de ingresos fiscales. La Oficina del Censo gasta miles de millones de dólares, empleando 3,8 millones de trabajadores para realizar el censo de 2010, trabajadores que se detraen del sector productivo privado y se dedican al fin de curiosear en las vidas de millones de familias estadounidenses, muchas de las cuales querrían que se les dejara en paz.[17]

Mi objetivo al rechazar participar en el censo era doble: retirar explícitamente mi consentimiento (o, como lo llamaba Ayn Rand, “la sanción de la víctima”[18]) y usar mi experiencia como punto de partida para explicar a otros la naturaleza agresiva del estado, incluyendo a los funcionarios del censo. Porque es simplemente el reconocimiento extendido de la ilegitimidad del estado lo que hará que éste se disuelva. Como pedía Etienne la Boettie en su brillante ensayo Discours de la Servitude Volontaire,

Resuelve dejar de servir y serás inmediatamente libre. No te pido que pongas tu mano sobre el tirano para derribarlo, sino simplemente que dejes de apoyarle; entonces le verás caer, como un gran Coloso cuyo pedestal haya desaparecido, con todo su peso y romperse en mil pedazos.[19]

 

 

Vijay Boyapati fue ingeniero en Google. En 2007 empezó la Operación Vive Libre o Muere, una organización de base de apoyo a la campaña presidencial de 2008 de Ron Paul. Desde 2009 se ha dedicado a estudiar economía austriaca.



[1] Henry David Thoreau, Civil Disobedience (Forgotten Books, 2008), p. 22. En español, Desobediencia civil.

[2] Judy Keen, “In Canada Once More, US Troops Fleeing a War”, USA Today, 28 de mayo de 2010.

[3] Ver Lew Rockwell, “Renouncing American Citizenship”, Mises Daily, 28 de abril 2010.

[4] Manuel Lora, “Against Libertarian Martyrdom”, LewRockwell.com, 14 de febrero de 2008.

[6] John Whitehead, “Troubling Reports of Census Taker Abuses on the Uptick”, Huffington Post, 24 de mayo de 2010.

[7] Ludwig von Mises, Economic Freedom and Interventionism (Indianapolis: Liberty Fund, 2006), p. 15.

[8] Teresa Watanabe, “In 1943 Census Released Japanese American's Data”, LA Times, 31 de marzo de 2007.

[9] Frederic Bastiat, La Ley.

[10] Walter Block, The Privatization of Roads and Highways (Auburn: The Ludwig von Mises Institute, 2009).

[11] Irwin Kirsch et al., Adult Literacy in America (National Center for Education Statistics, 2002).

[12] “Digest of Education Statistics” (National Center for Education Statistics), tabla 27.

[13] “Learner Outcomes” (National Center for Education Statistics), tabla A-9-2.

[14] Edward Ross, Social Control: A Survey of the Foundations of Order (Transaction Publishers, 2009 [Macmillan, 1901]), p. 166.

[15] John Swett, Public Education in California: Its Origin and Development (American Book Company, 1911), pp. 143–146.

[16] W.M.D. Swan (ed.), Massachusetts Teacher 4, nº 10 (1851).

[17]2010 Census by the Numbers: Door-to-Door Followup”, US Census Bureau News, 30 de abril de 2010.

[18] Ayn Rand, Atlas Shrugged, Dutton 1992, p.461. Publicado en español como La rebelión de Atlas.

[19] Etienne de la Boettie, Discours de la Servitude Volontaire (c. 1552).

Published Fri, Jun 18 2010 4:26 PM by euribe