El grandioso fracaso de François du Noyer

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 24 de junio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4510.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

 

François du Noyer, sieur de Saint-Martin, tenía un sueño. Era una grandiosa visión del futuro. A su alrededor, a principios del siglo XVII, y en todas las naciones de occidente, el estado estaba creando compañías de monopolio. Entonces, razonaba du Noyer, ¿por qué no ir hasta el final? Si las compañías de monopolios para productos o áreas concretas eran buenas, ¿por qué no hacerlo mejor? ¿Por qué no una gran compañía, un monopolio gigante para prácticamente todo?

El rey Enrique IV escuchó con interés los planes de du Noyer. Después de todo, sólo eran conclusiones lógicas de doctrinas e ideas que estaban por todas partes. Pero no fue hasta 1613 que du Noyer desarrolló su plan en detalle y lo presentó ante el consejo de estado. Iba a ser una enorme compañía que lo abarcaría prácticamente todo y se llamaría la Compañía Real Francesa del Santo Sepulcro de Jerusalén. La compañía, que estaría por supuesto, presidida por el propio du Noyer, iba a tener o un monopolio privilegiado o el derecho a regular a todas las demás empresas, en prácticamente todo el comercio.

Así, la Compañía Real iba a fabricar telas y regular las demás manufacturas y preparaciones de todos los tipos de tela; controlar todos los aspectos de la fabricación del vino y todos los mercaderes y hoteles que compraran vino tendrían que invertir ciertas sumas en la Compañía, con unos rendimientos fijos bajos; mantener cuatro ferias privilegiadas al año en París; tener un monopolio de todos los coches públicos; controlar todas las minas de Francia; obtener gratis varios territorios de la Corona no ocupados y canteras abandonadas; excavar canales, erigir molinos; tener un monopolio en la venta de naipes; fabricar munición; pedir prestado y prestar dinero y numerosas otras actividades. Además, du Noyer haría que la Compañía Real obtuviera poderes extraordinarios de la Corona:

  • Tendría el derecho a detener a mendigos y vagabundos y llevarlos a las colonias francesas, que seguramente ejercería.
  • Todos los criminales condenados serían sentenciados a trabajos forzados para la compañía en las colonias.
  • Todas las quiebras que se las hubieran arreglado para salvar algún dinero del desastre se verían obligadas a invertir esa cantidad en la compañía.
  • Toda la gente exiliada de Francia podría volver al país prestando servicios o pagando dinero a la compañía.
  • Todos los que realizaran negocios más allá de su categoría o privilegios se verían forzados a unirse a la compañía.
  • Todos los documentos de negocios desde entonces tendrían que usar papel timbrado vendido por la compañía.

Al consejo de estado le impresionó la visión de du Noyer y ordenó una investigación del proyecto. Al año siguiente, 1614, el plan de la Compañía real fue aprobado por los estados generales de Francia y varios generales, almirantes y otros funcionarios de alto rango se unieron a los elogios. Du Noyer alcanzó la cumbre de su influencia al otorgársele el puesto del viejo Laffemas de controlador general del comercio. Parecía que la grandilocuente Compañía Real iba a ser realmente adoptada. Du Noyer elaboró sobre su plan un documento que presentó al rey en 1615.

El rey, o más bien la regente, María de Médicis, estaba impresionada y en 1616 refundó la antigua Comisión de Comercio, antes encabezada por Laffemas, con instrucciones de estudiar con detalle el proyecto de du Noyer. La comisión se reunió y al año siguiente aprobó el plan de la Compañía Real y urgió a todas las personas que realizaran comercio a invertir su dinero exclusivamente en ella. En resumen, la Compañía Real  sería la compañía monopolística que acabaría con todas las compañías. Du Noyer, encantado, a ver entretanto que su querido plan cerca de su realización, publicó un largo documento sobre el mismo, instando a su gran compañía para Francia. Como el propio rey, la Compañía Real sería única y universal y su capital provendría tanto de fuentes privadas como reales.

El proyecto de la Compañía Real  parecía seguir adelante, otorgando el consejo de estado su aprobación en 1618 y de nuevo en 1620, cuando el propio rey Luis XIII le dio su cálido apoyo. A principios de 1621, los pregoneros públicos en París anunciaron la buena nueva de que la Compañía Real se ha había formado y estaba abierta a recibir fondos para invertir.

Sin embargo, el problema era el dinero. Nadie parecía querer dar efectivo real o incluso señales a la nueva empresa. Por muy grandilocuente y privilegiada que pareciera ser. El rey pidió a todas las ciudades de Francia que se unieran, pero las ciudades siguieron resistiéndose, alegando que no tenían fondos. Desesperadamente. El controlador general del comercio du Noyer redujo la Compañía real para concentrarse sólo en el comercio con las Indias y otras áreas de ultramar. Finalmente, du Noyer estrechó el ámbito del capital de su querida compañía a sólo Paris y la Bretaña. Pero ni siquiera los bretones resultaron estar interesados.

La llegada al poder como primer ministro del Cardenal Richelieu en 1624 dejó en suspenso el plan de du Noyer. Pero cuatro años más tarde, el proyecto tuvo su episodio final. El rey pidió a la Comisión de Comercio que actuara y en la primavera de 1629 volvió a aprobar el plan, esta vez añadiendo a sus poderes grandiosos originales el derecho a firmar tratados con otros países y a establecer islas coloniales para comercio libre de impuestos.

Después de cerca de tres décadas de planificar y cabildear, du Noyer ahora sólo necesitaba la simple firma del Rey Luis para llevar a efecto su hipertrofiada visión. Pero por alguna razón la firma real nunca se produjo. Nadie sabe bien por qué. Quizá el poderoso Richelieu no quería que se aprobara un plan de un rival. O quizá el rey estaba hartándose del envejecido monomaníaco y su incansable entusiasmo. En todo caso, las repetidas súplicas e importunidades sólo cayeron en el saco roto. Al fin la Compañía Real estaba muerta sin haber nacido y la pérdida del viejo du Noyer fue ganancia para el pueblo francés.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.

Published Thu, Jun 24 2010 10:23 PM by euribe