Abolir la edad mínima de consumo de alcohol

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 9 de julio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4559.

                 

De alguna manera, y nadie parece imaginar cómo, este país se la arregló para sobrevivir y prosperar antes de 1984 sin una edad mínima nacional de consumo de alcohol. Antes, la cuestión de la bebida se dejaba a los estados.

En el siglo XIX, e incluso antes (prepárense para imaginar horribles pesadillas anarquistas) no había leyes de consumo de alcohol en ningún lugar, por lo que se sabe. La regulación de la bebida y la edad se dejaba a la sociedad, o lo que es lo mismo a familias, iglesias y comunidades con distintas sensibilidades, que regulaban esas cosas con distintos grados de intensidad. Probablemente algunos niños bebían tontamente (y todos sabemos que esto ahora no pasa, je, je) pero muchos otros aprendieron a beber responsablemente desde una edad temprana, incluso bebiendo bourbon para desayunar.

En realidad, sólo porque estamos acostumbrados a ello aceptamos el completo absurdo de una ley nacional que prohíbe la venta de cerveza, vino y licor a quien tenga menos de 21 años. Es una restricción desconocida en el mundo desarrollado. La mayoría de los países establece los 18 años como límite y países como Alemania y Austria permiten a los jóvenes de 16 años comprar vino y cerveza. En la tierra de los valientes, la policía irrumpe en fiestas de adolescentes, cierra bares, intimida a restaurantes, multa a tiendas y acosa de diversas formas a la gente para que viva sanamente. Leemos las noticias y pensamos: estos chicos están locos, no deberían hacerlo.

Y aún así, la gente joven encuentra formas de evitar estas restricciones absurdas que casi nunca se cuestionan, tomando con su bebida un desdén por la ley y un espíritu creativo de criminalidad, junto con una disposición a beber sin control cuando tiene éxito en burlar la ley.

En los campus de las universidades, el negocio de tarjetas de identificación falsas florece como nunca. Parece casi cierto que casi todos los estudiantes creen necesitar una. ¿Lo saben los bares y restaurantes? Por supuesto que sí. Tienen todo el interés en hacer que estas falsas identificaciones parezcan tan reales como sea posible para obtener algún grado de inmunidad legal si se descubre a alguien. Todo es una gigantesca falsedad, un ejercicio masivo de abierta, pero no reconocida, hipocresía, y todos lo sabemos.

Si lo pensamos, es la misma definición de que un estado se ha vuelto loco el hecho de que un sociedad tenga una ley de este tipo en toda la nación que les diga a los ciudadanos que no pueden beber sin tener 21 años, incluso aunque la mayoría de los que pueden hacerlo vulneran alegremente la ley. En Virginia, en el periodo colonial, donde la esperanza de vida era de 25 años, esta ley hubiera ofrecido sólo 4 años de beber en el último quinto de tu vida (pero qué manera de irse).

Sin embargo, si pensamos en la historia de este país en el siglo XX, podríamos decir que la edad de 21 años es realmente bastante liberal, por mi extraño que suene. Después de todo, fue en este país, la “tierra de los libres”, donde el gobierno federal añadió como parte de su Constitución una prohibición total del licor, el vino y la cerveza de costa a costa (1920 a 1933). En todo caso, la década de los 20 rugió con el crimen organizado, los bares clandestinos, la corrupción de la policía, la criminalidad rampante y el abuso del alcohol.

Para mí, lo misterioso no es el fracaso de la Prohibición, sino la pura locura de intentar hacer esto. Parece completamente extraño que en un país que habitualmente proclama su devoción por la libertad se haya intentado una cosa así. Pero ahí está la Enmienda XVIII, aprobada en 1917, en la misma época en que el gobierno iba a librar al mundo del despotismo y estabilizar el ciclo económico mediante una política monetaria científica:

Queda prohibida por la presente la fabricación, venta o transporte de licores embriagantes dentro de los Estados Unidos y de todos los territorios sometidos a su jurisdicción, así como su importación a los mismos o su exportación de ellos, con el propósito de usarlos como bebidas.

Sí, ocurrió de verdad, aquí, en los buenos y viejos EEUU y debo agradecer a Mark Thornton documentar la política y la economía de todo este triste asunto en su libro The Economics of Prohibition. En raro caso de marcha atrás y admisión del error, la misma constitución volvió a ser enmendada: “El decimoctavo artículo de enmienda a la Constitución de los Estados Unidos es derogado por la presente”.

Pero la costumbre de la prohibición ya había arraigado. Para el estado, era dos pasos adelante y uno atrás. Para el resto de la población, lo que era previamente una parte muy normal de la vida (beber líquidos potencialmente intoxicadores, algo propio de la vida normal desde el paleolítico) se convirtió en un espíritu especial de moda y desafío. El padre de nuestro país pudo haber sido el mayor destilador de whisky a finales del siglo XVIII, pero después de la Prohibición, tomar alcohol se asoció a la decadencia y el mal comportamiento en general. Hoy un fabricante de bebidas alcohólicas no sería elegido para el ayuntamiento y mucho menos como Presidente de EEUU.

Ahora, no hace muchos años que las leyes solían ser algo más razonables, con una edad mínima de consumo de 18 años. Pero eso se ha cambiado por una ley universal para la edad de 21 y  mucha gente recuerda qué pasó: durante dos años, una persona podía pedir una cerveza con una hamburguesa y, un día después, hacer lo mismo era un delito.

Buscando explicaciones acerca de estas leyes estúpidas, hay un argumento predominante: la conducción. No queremos adolescentes borrachos en las carreteras. Estas leyes han salvado miles, millones de vidas y querer cambiarlas equivale a desear la muerte a una generación. Bien, una respuesta libertaría podría ser: entonces librémonos de las carreteras públicas y dejemos que sus propietarios gestionen si pueden beber sus conductores y hasta qué grado. Es una postura justificada pero poco práctica. El mayor problema es que concede demasiado.

Cuanto más se examina estos estudios, más sospechosos parecen. Resulta que la mayoría de las bajadas en borracheras entre estudiantes de instituto, de acuerdo con un informe de tendencias en el uso de drogas,  se produjeron antes del cambio legal y, de acuerdo con los investigadores Jeffrey A. Miron y Elina Tetelbaum, los cambios en tendencias están muy condicionados por la elección de datos de un único estado. Por tanto, los datos sobre conductores ebrios, sean cuales sean las tendencias, no pueden atribuirse estadísticamente a la ley nacional de edad mínima de consumo de alcohol.

En todo caso, el alcohol entre “menores” sigue siendo muchísimo, incluso con la ley, haciendo aún más difícil trazar la relación entre causa y efecto. Respecto de por qué se sigue bebiendo tanto entre los estudiantes de instituto, el National Institute on Drug Abuse ofrece la educada siguiente razón: “los campus ofrecían algún aislamiento a lso efectos de los cambios en las leyes de edad mínima de consumo de alcohol que tuvieron lugar durante ese intervalo”. Pueden decirlo otra vez. Los seres humanos son notables: cuando quieren hacer algo, ninguna tiranía, no siquiera la carcelaria, les puede detener.

Aun así es imposible silenciar los gritos de los defensores de la prohibición, que atribuyen al alcohol cualquier accidente automovilístico con adolescentes. Encuentro todo esto fascinante de leer porque tiene mucho en común con la literatura de la Prohibición de las décadas de 1910 y 1920. Su propaganda acusaba al alcohol de la destrucción de la familia, la persistencia de la pobreza, la alta tasa de delitos, el problema del analfabetismo y la ubicuidad del pecado en general. Está claro que sus argumentos eran ampliamente aceptados aunque todo fuera una mezcla falaz de causa y efecto. No era que el alcohol causaba todas esas cosas terribles: era que la gente que tenía esos terribles comportamientos solía ser asimismo bebedora. Abolir la bebida no arreglaría los problemas del corazón humano.

Los mismo pasa con la bebida entre los jóvenes. Cuando más de dos tercios de la gente de menos de 21 años dice que ha consumido alcohol el año pasado, debería ser evidente que la ley no es más que una gigantesca excusa para imposiciones arbitrarias de un estado policial sobre la libertad humana y una forma de familiarizar a los jóvenes con la hipocresía y el incumplimiento de la ley. Es como el viejo chiste al estilo soviético: hacen como que nos regulan y hacemos como que somos regulados.

¿Aún así, debería ser ilegal que los jóvenes beban y conduzcan? Murray Rothbard resume el punto de vista libertario en For A New Liberty:

Sólo debería ser ilegal la comisión abierta de un delito y la forma de combatir delitos cometidos bajo la influencia del alcohol ha de ser más diligente respecto de los propios delitos, no prohibir el alcohol. Y esto tendría el efecto más beneficioso de reducir los delitos no cometidos bajo la influencia del alcohol.

Acabamos de celebrar el Día de la Independencia, en que todo presentador de radio y televisión da píos discursos acerca de las glorias de la libertad estadounidense y todos los sacrificios realizados para preservarla.

¿Nos lo creemos de verdad? Los fundadores nunca hubieran imaginado algo como una ley nacional regulando la edad de consumo de cerveza, vino, oporto y otras bebidas alcohólicas. Si adoptamos seriamente su visión de una sociedad libre, en lugar de parlotear sobre ella, empecemos por algo que es absolutamente práctico y tendría efectos inmediatos sobre toda una generación: abolir la ley de edad mínima de consumo de alcohol.

¿Dice que es impensable? Digo que usted realmente no cree en la libertad humana.

 

 

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

Published Mon, Jul 12 2010 4:32 PM by euribe
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