La significación de la Escuela Austriaca

Por Eugen von Böhm-Bawerk. (Publicado el 13 de septiembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4696.

[Extracto de un ensayo publicado originalmente en Annals of the American Academy of Political and Social Science, volumen 1 (1891)]

Como ocurre a menudo, los economistas austriacos encuentran que hay que mejorar y corregir la mayoría de un área que hasta se ha considerado tan llano y sencillo que la literatura de varias naciones (la inglesa, por ejemplo) apenas ha tenido nada que decir. Me refiero a la doctrina de los bienes económicos. Menger ha puesto una herramienta lógica en manos de la ciencia con su concepción, tan simple como sugestiva, de la subordinación de los bienes (Guterordnungen),[1] una concepción que será útil en toda investigación futura. El autor de este ensayo se ha dedicado especialmente a analizar la concepción que parece ser la más simple de todas, pero que es la más oscura y la peor usada: la concepción del uso de los bienes (Gebrauch der Guter).[2]

Las cuestiones de economía política práctica, por el contrario, sólo acaban de empezar a ser objeto de estudio por parte de los economistas austriacos.[3] Sin embargo esto no implica en modo alguno que no tengan facultades para las necesidades prácticas de la vida económica y mucho menos que no quieran conectar su teoría abstracta con la práctica. Al contrario. Pero debemos construir la casa antes de ordenarla y mientras tengamos las manos ocupadas sencillamente creando el marco de nuestra teoría, hay poca obligación de de dedicarnos a numerosas cuestiones de detalle práctico que absorberían un tiempo para su elaboración por escrito. Tenemos nuestras opiniones sobre ellas, las enseñamos en nuestras cátedras, pero nuestras actividades de escritura hasta ahora se han dedicado exclusivamente a problemas teóricos, pues éstos no sólo son los fundamentales, sino los que, por su continuo olvido en el otro bando (la escuela histórica), deben repararse.

Entonces, ¿cuál es en pocas palabras el sentido de esta larga historia? ¿Cuál es la significación para la ciencia en general de la llegada de una serie de hombres que enseñan esto y aquello en relación con bienes, valor, coste, capital y docenas de otros asuntos? ¿Es algo significativo? Al responder a esta pregunta siento el embarazo de pertenecer al grupo de hombres cuya actividad está bajo discusión. Por tanto, debo limitarme a la declaración de lo que los economistas austriacos, en conjunto, estamos tratando de hacer, otros deben juzgar si tenemos éxito o no.

Lo que estamos buscando es una especie de renacimiento de la teoría económica. La antigua teoría clásica, admirable para su tiempo, tenía el carácter de una serie de hallazgos fragmentarios que no se habían relacionado apropiadamente ni entre sí ni con los principios fundamentales de la ciencia humana. Nuestro conocimiento es el mejor de los casos una serie de retazos y debe siempre ser así. Pero en la teoría clásica esta caracterización era particular y destacadamente cierta.

Con un conocimiento genial, había descubierto una masa de regularidades en el torbellino de los fenómenos económicos y con no menos genialidad, aunque entorpecida por las dificultades que traen los inicios, comenzó la interpretación de estas regularidades. También tuvo éxito en general en seguir el hilo explicativo a una mayor o menos distancia de la superficie hacia lo profundo. Pero a partir de cierta profundidad siempre, sin excepción, perdía el hilo. Es verdad que los economistas clásicos sabían muy bien hasta qué punto podían seguirse sus explicaciones: hasta el cuidado de la humanidad para su propio bienestar, que, no afectada por la incursión de motivos altruistas, es la fuerza motivadora en definitiva de toda acción económica.

Pero debido a cierta circunstancia, la explicación a medio plazo (por medio de la cual la conducta real de los hombres en el establecimiento de precios de bienes, de salarios, rentas, etc., tendría que verse unido al motivo fundamental relacionado con la utilidad) siempre era errónea. Esa circunstancia era la siguiente. Un Crusoe sólo tiene que ocuparse de los bienes: en la vida económica moderna tenemos que ocuparnos de bienes y de seres humanos de los que obtenemos los bienes que usamos, por medio de intercambio, colaboración, etc. La economía de un Crusoe se explica cuando conseguimos demostrar qué relaciones existen entre nuestro bienestar y los productos materiales y qué actitud requiere que tomemos hacia esos productos materiales el cuidado de nuestro bienestar. Para explicar el orden económico moderno hay aparentemente la necesidad de dos procesos: primero, igual que en una economía Crusoe, debemos comprender la relación de nuestros intereses con los bienes externos; segundo, debemos buscar entender las leyes, de acuerdo con las cuales perseguimos nuestros intereses cuando se entremezclan con los de otros.

Nadie se ha engañado pensando que este segundo proceso no sea difícil y complicado, ni siquiera los economistas clásicos. Pero, por otro lado, infraestimaron fatalmente las dificultades del primer proceso. Creían que, respecto de la relación de los hombres con los bienes externos, no había nada que explicar o, hablando con propiedad, que determinar. Los hombres necesitan bienes para satisfacer sus querencias; los hombres las desean y les asignan, respecto de su utilidad, un valor de uso. Es todo lo que sabían o enseñaban los economistas clásicos de la relación de hombres con bienes. Aunque se discutió y explicó el valor de intercambio en largos capítulos, desde los tiempos de Adam Smith a los de MacVane,[4] se trataba el valor de uso habitualmente en un par de líneas y a menudo con la afirmación añadida de que el valor en uso no tenía nada que ver con el valor de intercambio.

Aquí se abre el gran abismo fatal de la teoría clásica: intenta mostrar cómo perseguimos nuestros intereses en relación con bienes en oposición a otros hombres sin entender completamente el mismo interés. Naturalmente, los intentos de explicación son incoherentes. Los dos procesos de explicación deben ajustarse entre sí como dos ruedas dentadas de una máquina. Pero como los economistas clásicos no tenían ni idea de cómo debería ser la forma y dentado de la primera rueda, por supuesto no podían dar a la segunda una constitución adecuada. Así que a partir de cierto punto todas sus explicaciones degeneraban en unos pocos lugares comunes generales y era erróneas en su generalización.

Es desde este punto desde el que debe empezar el renacimiento de la teoría y, gracias a los esfuerzos de Jevons y sus seguidores, así como a la Escuela Austriaca, ya ha empezado. En esa parte más general y elemental de la teoría económica, que debe acabar siguiendo toda explicación económica complicada, debemos evitar frases diletantes en favor de un investigación realmente científica. No debemos de cansarnos de estudiar el microcosmos y si queremos entender correctamente el macrocosmos de un orden económico desarrollado.

Éste es el punto de inflexión al que se ha llegado en un momento u otro en todas las ciencias. Hemos empezado a tener en cuenta universalmente los grandes y asombrosos fenómenos, dejando sin observar el mundo de los pequeños fenómenos diarios. Pero siempre llega el momento en que descubrimos atónitos que las complicaciones y misterios del macrocosmos ocurren de una forma aún más notable en los elementos más pequeños y aparentemente más simples, en que entendemos que debemos buscar la clave para entender los fenómenos grandes en el estudio del mundo de las pequeñas cosas.

Los físicos empezaron con los movimientos y leyes de los grandes cuerpos celestes y hoy no estudian nada con más dedicación que la teoría de la molécula y el átomo y en ninguna de las ciencias naturales esperamos desarrollos más importantes para la comprensión final de todo que de las minucias de la química. En el mundo orgánico, los organismos más altamente desarrollados y poderosos generaron en un tiempo el mayor interés. Hoy el interés se dedica a los microorganismos más simples. Estudiamos las estructuras de células y amebas y buscamos bacilos por todas partes. Estoy convencido de que no será distinto en la teoría económica.

La significación de la teoría de la utilidad final no reside en el hecho de que sea una teoría del valor más correcta que una docena de teorías anteriores, sino en el hecho de que marca la llegada de esa crisis característica en loa ciencia de los fenómenos económicos. Demuestra de una vez que en algo aparentemente simple, la relación del hombre con los bienes externos. Hay espacio para infinitas complicaciones; que bajo estas complicaciones subyacen leyes fijas, cuyo descubrimiento requiere toda la sagacidad del investigador; pero que en el descubrimiento de esas leyes se cumple la mayor parte de la investigación de la conducta de los hombres en la interacción económica entre sí. La vela encendida en el interior emite su luz fuera de la casa.

Por supuesto, para muchos que se llaman a sí mismos economistas políticos puede ser una sorpresa incómoda y desagradable descubrir que el campo al que han estado trabajando con gran esfuerzo intelectual hasta ahora se añade uno nuevo, un campo en modo alguno pequeño, cuyo cultivo es especialmente laborioso. Con lo cómodo que había sido hasta ahora concluir una explicación de los fenómenos del precio refiriéndose a la consigna de la “oferta y demanda” o el “coste”. Y ahora, de repente, tiemblan estos supuestos pilares y nos vemos forzados a construir unos cimientos mucho más profundos, a costa de una labor grande y tediosa.

Sea incómodo o no, no nos queda otra que hacer el trabajo que han evitado las generaciones anteriores. Los economistas clásicos tienen excusa por haberla evitado. En su momento, cuando todo era aún nuevo y estaba por descubrir, la investigación per saltum, la explotación científica, por decirlo así, podía ofrecer ricos resultados. Pero ahora es distinto. En primer lugar, estamos en otro tiempo, pues no tenemos en mérito de ser pioneros de la ciencia, por lo que no podríamos reclamar la ventaja de los pioneros: los requerimientos se han hecho más altos. Si no queremos permanecer por detrás de otras ciencias, también debemos introducir en la nuestra un orden y disciplina estrictos, que estamos aún lejos de tener.

No nos engañe una vana autosatisfacción. Los errores y omisiones pueden, por supuesto, esperarse en cualquier momento, en cualquier ciencia, pero nuestros “sistemas” siguen plagados de lugares comunes, errores superficiales, cuya aparición frecuente es una señal real del estado primitivo de una ciencia. El que nuestras explicaciones acaben en humo antes de llegar a coesencial; el que se evaporen en frases vacías en cuanto empiezan a ser difíciles; el que los problemas más importantes ni siquiera se hayan planteado; el que razonemos abiertamente en círculo; el que no sólo en el mismo sistema, sino incluso en el mismo capítulo, se sostengan teorías contradictorias sobre el mismo asunto; el que mediante una terminología desordenada y ambigua se nos lleve a errores y equívocos palpables; todos estos defectos ocurren tan frecuentemente en nuestra ciencia que casi parecen ser característicos de su estilo. Puedo entender fácilmente cómo los representantes de otras ciencias, que se han hecho susceptibles a una disciplina estricta, miran de arriba abajo con desdén muchas obras conocidas de economía política y niegan a éstas el carácter de ciencia real.

Este estado de cosas puede y debe cambiar. La escuela histórica, que durante los últimos cuarenta años ha marcado el tono en toda Alemania, por desgracia no ha hecho nada con este objetivo. Por el contrario, en su ciego error de razonamiento “abstracto” y mediante el barato escepticismo con el que a casi cualquier problema importante del sistema declara que los problemas planteados son “insolubles” y los esfuerzos por descubrir leyes científicas inútiles, ha hecho todo lo posible por desanimar y obstaculizar los escasos esfuerzos que se han dirigido hacia el fin deseable. No ignoro el hecho de que en otra dirección, en la provisión de grandes estanterías empíricas, han producido grandes beneficios, pero el imparcial tiempo futuro mostrará en cuánto han ayudado en este sentido y dañado en el otro con su celo partidario.

Pero lo que han olvidado tanto la escuela clásica como la histórica, lo está tratando de hacer la Escuela Austriaca. Tampoco está sola en este trabajo. En Inglaterra, desde los tiempos de Jevons, trabajos similares, a los que el gran pensador dio impulso, se han desarrollado por sus dignos asociados y seguidores e, incitados parcialmente por Jevons, parcialmente por la Escuela Austriaca, un sorprendente número de investigadores de todas las naciones se han ocupado recientemente de las nuevas ideas. La gran literatura holandesa se ha dedicado casi completamente a ellas, en Francia, Dinamarca y Suecia han conseguido aparecer. En la literatura italiana y estadounidense se propagan casi diariamente e incluso en Alemania, el baluarte de la escuela histórica, contra cuya resistencia debe lucharse casi pulgada a pulgada, la nueva tendencia ha tomado una posición fuerte e influyente.

¿Puede ser que la tendencia que posee tan gran poder de atracción no sea sino un error? ¿No deriva realmente de una necesidad de nuestra ciencia y provee una necesidad que ha sido reprimida por métodos de un bando, pero que debe acabar haciéndose sentir, la necesidad de profundidad científica real?

 

 

Eugen von Böhm-Bawerk, economista austriaco de la Universidad de Viena y ministro de economía austriaco, hizo posible la moderna teoría intertemporal de los tipos de interés en su obra Capital e Interés. Su segundo libro de esta serie de dos, La teoría positiva del capital, continuaba con el estudio de la acumulación e influencia del capital, proponiendo un periodo medio de producción. Esta obra sobre el capital contrastaba con la obra contemporánea de John Bates Clark sobre la productividad marginal del capital y estableció un gran debate en economía. Aunque la teoría de la productividad marginal resultó ser más exacta, Böhm-Bawerk cambió permanentemente la teoría económica al destacar la importancia de pensar claramente acerca de los tipos de interés y su naturaleza intertemporal. En el proceso, ayudó a descubrir errores en las bases económicas del socialismo tal y como lo proponían Rodbertus y Marx. Böhm-Bawerk recibió la influencia de Carl Menger; Ludwig von Mises y Joseph Schumpeter fueron alumnos suyos.

Extracto de un ensayo publicado originalmente en Annals of the American Academy of Political and Social Science, volumen 1 (1891).



[1] Menger, Grundsätze, pp. 8 y ss. [Ver asimismo su traducción española Principios de economía política].

[2] Böhm-Bawerk, Rechte und Verhaltnisse vom Standpunkt der volkwirtschaftlichen Guterichre (1881), pp. 57 y ss.; Positive Theorie, pp. 361 y ss. [Ver asimismo su traducción española Teoría positiva del capital].

[3] Por ejemplo, por Sax Die Verkehrsmittel in Volks und Staatswirtschaft (1878–1879); Philippovich, Die Bank von England (1885); Der badische Staatshaushalt (1889).

[4] Silas Marcus MacVane, Profesor McLean de Historia Antigua y Moderna en la Universidad de Harvard, 1887-1911.

Published Tue, Sep 14 2010 6:19 PM by euribe