Obama suena como un eco

Por C.J. Maloney. (Publicado el 20 de mayo de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3450.

 

No se cómo fueron definidos los Estados Unidos en los pensamientos de nuestro conciudadano antes de que empezáramos a hablar quedo y a llevar una gran vara, pero, mientras escribo esto, la Estatua de la Libertad ya no permanece erguida en la mente del mundo sino que se ha aplastado, atada por sus torturas. Moralmente hablando, el Imperio Americano llega a la meta tosiendo y jadeando.

La ascensión de Barack Obama ha causado alegría en muchos corazones en todo el mundo. Al no ser un habitual aguafiestas, me cuesta pinchar una burbuja más, siendo ésta una esperanza de paz. El libro de Obama, La audacia de la esperanza, combinado con un ensayo muy pasado por alto que escribió para el número de julio/agosto de 2007 de Foreign Affairs, quedan lejos de permitirnos saber si deberíamos mantener la esperanza.

Los movimientos de política exterior durante sus primeros cien días ya han hecho a algunos perder sus esperanzas de paz con el inicio de la Era de Obama. Pero no a mí. Toda mi experiencia estadounidense ha venido definida por la guerra o su amenaza. La paz me haría sentirme positivamente no estadounidense.

Así que para empezar nunca tuve ninguna esperanza.

El Presidente de los Estados Unidos de América y dondequiera que estén sus intereses

En sus escritos, Obama desciende a una política exterior fuertemente intervencionista, lo que es sorprendente pues su libro también incluye una crítica lúcida e imperturbable de lo que cincuenta años de intervencionismo estadounidense han hecho a Indonesia, un país en el estuvo parte de su infancia.

Durante lo más crudo de la Guerra Fría, Indonesia tenía una serie de facciones guerreando en busca del poder. Un hombre en particular, el General Suharto, se convirtió en el favorito de la CIA (lo que nos dice enseguida el vicioso matón que debe haber sido) y en 1965, con un útil empujón de los políticos estadounidenses, empezó su rápido ascenso hacia la cúspide. Importante en la lista de cosas para hacer de su ascensión, estaba la tradicional purga de enemigos y “de acuerdo con las estimaciones, se asesinó a entre 500.000 y 1.000.000 de personas”, con unas 750.000 más encarceladas o desterradas (2006, p. 273). Un punto para la libertad y la democracia.

Enganchado a la largueza socialista del banco Mundial y la Agencia de desarrollo Internacional de EEUU, Suharto presidía un país donde “la corrupción permeaba todos los niveles de gobierno” (p. 275). Obama dice que “bajo cualquier parámetro, el gobierno de Suharto fue severamente represivo” y sus múltiples crímenes se cometieron con “el conocimiento, si no la aprobación directa de las administraciones de EEUU” (p. 276).

Si no movemos hasta 2003 cuando la gente de ese país estaba tan agradecida por su intervención que “la mayoría de los indonesios tenían una opinión sobre Osama Bin Laden mejor que la de George W. Bush” (p. 278). Obama resume todo el triste episodio diciendo que “Indonesia ofrece un ejemplo práctico de la política exterior de EEUU en los últimos cincuenta años” (p. 279). Por supuesto que sí.

Por desgracia, Obama intenta continuarlo y promete “renovar el liderazgo estadounidense en el mundo (…) [y] fortalecer nuestra seguridad común invirtiendo en nuestra humanidad común” (2007). Donde George W, Bush afirmaba estar trayendo un “conservadurismo compasivo” al mundo, Obama está prometiendo casi lo mismo en el ámbito de la política exterior: quiere mostrar al mundo un “intervencionismo compasivo”. El imperio con una sonrisa.

Obama, sin pruebas que respalden la afirmación e incontables muertos y heridos la refutan, afirma que “hoy se nos pide de nuevo que ofrezcamos un liderazgo visionario” (2007) para “ayudar a reducir las esferas de inseguridad, pobreza y violencia en todo el mundo” (2006, p. 315). Quién lo pide exactamente, es algo que no revela, definitivamente no el pueblo iraquí o afgano, podemos decir.

Quizá se lo pida Dios. Dios pide a muchos políticos. El Senador John Kerry, en su A Call to Service, escribía que “nuestro compromiso con la justicia social, aquí y en todo el mundo es un mandato directo de Dios” (en serio, vean la página 24), así que, siendo un leal hombre de partido y todo eso, Kerry ha hecho que Dios haga una petición a Obama.

Obama pretende “demostrar al mundo que Estados Unidos sigue fiel a sus principios fundacionales. Lideraremos no sólo por nosotros mismos, sino también por el bien común” y el bien común es que “los ciudadanos en todas partes debería poder elegir a sus líderes” (2007). Salvo, por supuesto, si eligen a Hamás.

Obama, esforzándose por alcanzar un “bien común” nos pide que “redirijamos nuestra atención a Oriente Medio en conjunto” (2007), como si no estuviéramos constantemente redirigiendo nuestra atención “a Oriente Medio en conjunto” desde hace medio siglo. Lo bueno es que aunque Obama tampoco sabe nada de Oriente Medio, al menos explicará sus desastres en frases completas, con un estilo sencillo de entender.

Obama, en una de las pocas veces en que estoy de acuerdo con él, señala que “sólo los líderes iraquíes pueden traer la paz y la estabilidad reales a su país” (200). Y van a tener que hacerlo, porque a pesar de nuestros cincuenta años de mediación violenta, realmente nunca nos hemos preocupado por la región, hasta el punto de que el gobierno no puede ocupar todos los empleos recién disponibles que requieren conocimiento de los múltiples idiomas, dialectos, sectas e historia del pueblo iraquí.

El presidente es un auténtico creyente en la última moda estadounidense: nuestro violento engaño en que el deseo más profundo de todo extranjero es ser estadounidense y todo lo que les retiene son unos pocos matones en lo alto, fácilmente eliminables con un misil o dos. Nuestros intentos de rehacer el mundo están condenados al fracaso porque somos un pueblo con intereses locales, felizmente ignorante de que lo que hay al otro lado de los inmensos océanos que nos protegen. Obama lamenta que su conciudadano medio “no pueda encontrar Indonesia en un mapa” (2006, p. 272), no entendiendo que la mayoría de los estadounidenses son provincianos: son nuestros políticos los que salivan por el mundo.

Cree que mientras que “en el pasado, había una percepción de que Estados Unidos podía tal vez ignorar tranquilamente a las naciones (2006, p. 305), Pearl Harbor y el 11-S prueban que “el aislacionismo de ese tipo que prevalecía en la década de 1930 [está] ahora completamente desacreditado” (2006, p. 284), un hecho que Suiza podría encontrar sorprendente. Su afirmación de que “necesitamos profundizar en nuestro conocimiento de las circunstancias y creencias que apuntalan el extremismo” (2007) es alentador, aunque rechaza a la ligera cualquier política de no intervención.

Creyendo que incluso si adoptamos una política exterior no intervencionista “EEUU seguiría siendo un objetivo, dada su posición dominante en el orden internacional existente” (2006, p. 304), Obama continuará nuestra política de trabajar por una posición dominante, nuestro autoproclamado status de sheriff mundial “no cambiará, no debería hacerlo” (2006, p. 306).

Bien armado con su grito de guerra “hay razones morales convincentes (…) para un liderazgo estadounidense renovado” (2007), con Dios firmemente de su lado, el Presidente Obama luchará “por asegurar que las políticas de EEUU impulsan al sistema internacional en la dirección de una mayor equidad, justicia y prosperidad” (2006, p. 316), tal y como él las define.

Con una política exterior llena de autocomplacencia y buenas intenciones y la gran ayuda de un poder en buena parte sin control, el sheriff Obama va a vagar por el mundo sobre su caballo de alta moral… con la máquina de guerra más brutalmente efectiva cerca, perruna en su obediencia.

Y contemplen un caballo blanco…

Antes de leer su último libro y su ensayo en Foreign Affairs, sabía poco acerca de Obama más allá de su muy publicitada oposición a la Guerra de Iraq, así que el hecho de que sus palabras sobre política exterior le hagan aparecer como escritas por Dick Cheney me pilló completamente por sorpresa. ¿Cómo demonios consiguió Obama la etiqueta de candidato de la “paz”?

Si piensan que la retórica neocón hacia Irán y Corea del Norte es alarmante, quedan advertidos de que Obama puede asustar con lo mejor de ellas. Como Hillary Clinton, George Bush y Dick Cheney, también insiste en que “no debemos gobernar utilizando la fuerza militar” contra ellos, definiendo a “ellos” como “Irán y Corea del Norte”, al menos por el momento. En uno de sus momento de más ligereza, incluso condena “la agresión regional de Irán” (2007) y si eso no es el burro hablando de orejas, estoy perplejo.

La lista de “amenazas” que detalla para justificar toda esta excitación (terrorismo, pobreza, estados débiles, estados fallidos, estados gamberros, estados en desarrollo y el último favorito del público, el calentamiento global) es una “llamada a la acción” y bajo el régimen de Obama la acción no será puramente defensiva, así que si usted es un fan de la guerra preventiva, no hay necesidad de que lamente la ida de W.

En su artículo en Foreign Affairs, Obama dice que “no dudará en usar la fuerza, unilateralmente si es necesario, para proteger al pueblo estadounidense o a nuestros intereses vitales si somos atacados o amenazados inminentemente” (2007, el énfasis en mío). También deja claro este punto en el libro, advirtiendo que “tenemos el derecho a la acción militar unilateral para eliminar una amenaza inminente a nuestra seguridad” (2006, p. 308, el énfasis es suyo). Sin duda habrá mucho dinero en el presupuesto de Obama para encontrar esas esquivas armas de destrucción masiva.

No hace falta decir que en todo esto no se hace mención de necesitar una declaración de guerra del Congreso, porque, seamos francos, en el 2009 no es necesaria y con esta opinión sobre nuestra constitución como “no estática, sino más bien un documento vivo (…) [que] debe leerse en el contexto de un mundo siempre cambiante” (2006, p. 90), de todas formas no se va a preocupar por pedirla.

Obama es los suficientemente listo como para advertir los efectos insidiosos de toda esta guerra interminable, preocupándose de que “la técnicas de la Guerra Fría de secretismo, fisgoneo y desinformación usadas contra poblaciones extranjeras se conviertan en herramientas de la política interior” (2006, p. 287), aunque es lo suficientemente práctico como para votar a favor de la FISA para proteger esas mismas técnicas, sin duda releyendo, como debía, la Constitución en el contexto de un mundo siempre cambiante.

Obama murmura ante el lío que W y sus amigos crearon en Iraq, seguro en el conocimiento de que él nunca habría caído en esos falsos informes de inteligencia y (al contrario que Hillary Clinton) realmente los hubiera leído. Aún así mientras aprovecha la oportunidad con la muchedumbre antiguerra con su condena de la Guerra de Iraq, Obama sigue siendo un verdadero creyente de la ideología que desató dicha guerra. Véase: “la seguridad y el bienestar de todos y cada uno de los estadounidenses depende de la seguridad y el bienestar de todos los que viven más allá de nuestras fronteras” (2007).

Quien espere un cambio del engaño violento del neoconservadurismo sólo encontrará un eco en Barack Obama. Pero ahora el eco vuelve a nuestros oídos con sus promesas y excusas transformadas de la boca murmurante y las tartamudeantes inanidades de W a un discurso suave como la seda, con palabras engarzadas en perfecta armonía. Esto no nos beneficia, pues un gran orador puede alejar mucha culpabilidad y permitir incluso más espacio para la ignorancia desastrosa.

Piensen en lo que una puede hacer a una nación una lengua de terciopelo combinada con ideas peligrosamente absurdas. Pedro el Ermitaño, uno de los más grandes oradores de la historia, predicó la Guerra Santa y provocó la Cruzadas en 1096, una serie de guerras que diezmaron buena parte de Europa y Oriente Medio, que, casi un milenio después, ocuparán una buena parte del tiempo de Obama.

Obama se pregunta si “hombres y mujeres son capaces de aprender de la historia” (2006, p. 322). Realmente no importa si nosotros somos capaces, lo que importa es si él es capaz durante los próximos cuatro años. Tiene el pedigrí de la Ivy League. Nadie niega que Obama sea un hombre inteligente. Vamos a descubrir si además es prudente. Hasta ahora, las señales no son buenas.

Para toda la gente desde Yibuti (donde quiera que esté eso) a Kandahar (igualmente), que Dios les bendiga, buena suerte y yo les recomendaría que continuarán con la cabeza gacha. Con una política exterior y una postura ideológica casi indistinguible de la de su predecesor, esta recién iniciada Era Obama, cuando todo se haya dicho y hecho, puede hacer que miremos a la anterior Era W con nostalgia.

Fuentes

 Obama, Barack. The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream. Nueva York: Three Rivers Press, 2006. Publicada en España como La audacia de la esperanza: reflexiones sobre cómo restaurar el sueño americano (Barcelona: Península, 2008).

———. “Renewing American Leadership”. Foreign Affairs 86, nº 4 (2007): pp. 2–16.

 

 

C.J. Maloney vive y trabaja en Nueva York. Tiene un blog sobre Libertad y Poder en la web History News Network. Su primer libro (Like Moving Into Heaven: Arthurdale, West Virginia and the New Deal) se publicará en febrero de 2011 por John Wiley & Sons.

 

Published Fri, Sep 17 2010 4:13 PM by euribe