La armonía de los intereses “bien entendidos”

Por Ludwig von Mises (Publicado el 22 de septiembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4678.

[Este artículo está extraído del capítulo 24 de La acción humana]

 

Desde tiempo inmemorial, los hombres han charlado acerca de las maravillosas condiciones de las que disfrutaban sus ancestros en el “estado natural” original. De viajo mitos, fábulas y poemas, la imagen de esta felicidad primitiva pasó a muchas filosofías populares en los siglos XVII y XVIII. En su lenguaje, el término natural significaba que era bueno y beneficioso para los asuntos humanos, mientras que el término civilización tenía la connotación del oprobio. La caída del hombre se veía en el desvío de las condiciones primitivas de edades en las que no había sino pequeñas diferencias entre el hombre y otros animales. En esos tiempos, afirmaban estos románticos elogiadores del pasado, no había conflictos entre los hombres. La paz no se turbaba en el Jardín del Edén.

Aún así, la naturaleza no genera paz ni buena voluntad. La marca característica del “estado de naturaleza” es en conflicto irreconciliable. Cada especie es rival de todas las demás. Los medios de subsistencia son escasos y no garantizan la supervivencia de todos. Los conflictos no pueden desaparecer nunca. Si una banda de hombres, unida con el objeto de derrotar a las bandas rivales, tiene éxito en aniquilar a sus enemigos, aparecen nuevos antagonismos entre lo vencedores acerca de la distribución del botín. El origen de los conflictos es siempre el hecho de que la parte de cada hombre limita las partes de todos los demás. Es un dilema que no permite ninguna solución pacífica.

Lo que hace posibles las relaciones amistosas entre seres humanos es la mayor productividad de la división del trabajo. Ésta elimina el conflicto natural de intereses. Porque donde haya división del trabajo, ya no se discute la distribución de una oferta que no puede aumentar. Gracias a la mayor productividad del trabajo realizado mediante la división de tareas, la oferta de bienes se multiplica. Un interés común preeminente, la preservación y posterior intensificación de la cooperación social, se convierte en primordial y borra todas las colisiones esenciales.

La competencia cataláctica sustituye a la competencia biológica. Produce armonía en los intereses de todos los miembros de la sociedad. La misma condición por la que aparecen los conflictos irreconciliables de la competencia biológica (es decir, el hecho de que la gente en general busca las mismas cosas) se transforma en un factor para la armonía de los intereses. Como mucha gente, o incluso toda, quiere pan, ropa, zapatos y coches, la producción a gran escala de estos bienes se hace posible y reduce los costes de producción hasta el punto de que son accesibles a bajos precios.

El hecho de que mi congénere quiere conseguir zapatos igual que yo no me hace más difícil conseguirlos, sino más fácil. Lo que aumenta el precio de los zapatos es el hecho de que la naturaleza no ofrece un gran suministro de piel y otros materiales necesarios y que uno debe someterse a la desutilidad del trabajo para transformar ese material en bruto en zapatos. La competencia cataláctica de quienes, como yo, quieren tener zapatos hace que éstos sean más baratos, no más caros.

Éste es el significado del teorema de la armonía de los intereses bien entendidos de todos los miembros de la sociedad del mercado.[1]

Cuando los economistas clásicos hicieron esta afirmación, trataban de destacar dos puntos:

  1. que todos están interesados en la preservación de la división social del trabajo, el sistema que multiplica la productividad del trabajo humano
  2. que en la sociedad de mercado las demandas de los consumidores dirigen en definitiva todas las actividades de producción

El hecho de que no todos los deseos humanos puedan ser satisfechos no se debe a instituciones sociales inapropiadas o al sistema de la economía de mercado. Es una condición natural de la vida humana. La creencia de que la naturaleza otorga al hombre riquezas inagotables y de que la miseria en una consecuencia del fracaso del hombre en organizar una buena sociedad es completamente falsa.

El “estado de naturaleza” que reformadores y utópicos pintan como paradisíaco, era en realidad un estado de extrema pobreza y aflicción.

“La pobreza”, dice Bentham, “no es obra de las leyes, es la condición primitiva de la raza humana”.[2]

Incluso quienes están en la base de la pirámide social están mucho mejor de lo que hubieran estado en ausencia de cooperación social. También se benefician de la operativa de la economía de mercado y participan de las ventajas de la sociedad civilizada.

Los reformistas del siglo XIX no acabaron con la amada fábula del paraíso terrenal original. Frederick Engels los incorporó en la explicación marxista de la evolución social. Sin embargo, ya no establecieron la dicha de la edad dorada como modelo para una reconstrucción social y económica. Contraponían la supuesta depravación del capitalismo con la felicidad ideal de la que disfrutaría el hombre en el Elíseo socialista del futuro. El modelo socialista de producción aboliría las cadenas por medio de las cuales el capitalismo controla el desarrollo de las fuerzas productivas y aumentaría la productividad del trabajo y la riqueza más allá de lo imaginable. La preservación de la libre empresa y la propiedad privada de los medios de producción beneficia exclusivamente a la pequeña minoría de parásitos explotadores y daña a la inmensa mayoría de trabajadores. Por tanto dentro del marco de la sociedad de mercado prevalece un conflicto irreconciliable entre los intereses del “capital” y los del “trabajo”. Esta lucha de clases sólo puede desaparecer cuando el manifiestamente injusto modelo de producción capitalista sea sustituido por un sistema justo de organización social (ya sea el socialismo o el intervencionismo).

Es la filosofía social casi universalmente aceptada de nuestra época. No la creó Marx, aunque deba su popularidad principalmente a los escritos de Marx y los marxistas. Hay la apoyan, no sólo los marxistas, sino igualmente aquellos partidos que declaran enfáticamente su antimarxismo y defienden de boquilla la libre empresa. Es la filosofía social oficial del catolicismo romano, así como del anglicanismo, está apoyada por mucho eminentes defensores de distintas denominaciones protestantes y de la Iglesia Oriental Ortodoxa. Es parte esencial de las enseñanzas del fascismo italiano y el nazismo alemán y de todas las variedades de doctrinas intervencionistas. Fue la ideología de la Sozialpolitik de los Hohenzollern en Alemania y de los realistas franceses que buscaban la restauración de la casa de Borbón-Orleáns, del New Deal del Presidente Roosevelt y de los nacionalistas de Asia y Latinoamérica. Los antagonismos entre estos partidos y facciones se refieren a asuntos accidentales, como el dogma religioso, las instituciones constitucionales, la política exterior y, en primer lugar, a las características propias de sistema social de iría a sustituir al capitalismo. Pero todos están de acuerdo en la tesis fundamental de que la misma existencia del sistema capitalista daña los intereses vitales de la inmensa mayoría de los trabajadores, artesanos y pequeños granjeros y todos piden, en nombre de la justicia social, la abolición del capitalismo.[3]

Todos los autores y políticos socialistas e intervencionistas basan su análisis y crítica de la economía de mercado en dos errores fundamentales. Primero, no consiguen reconocer el carácter especulativo de todos los esfuerzos por conseguir una satisfacción de los deseos futuros, es decir, de toda acción humana. Suponen ingenuamente que no puede existir duda alguna acerca de las medidas a aplicar para aprovisionar de la mejor manera posible a los consumidores. En una sociedad socialista no habría necesidad de que especulara el jefe de producción (o de un consejo central de gestión de la producción). “Simplemente” tendría que recurrir a esas medidas que sean beneficiosas para sus pupilos.

Los defensores de una economía planificada nunca han concebido que la tarea sea proveer deseos futuros distintos de los actuales y emplear los distintos factores de producción disponibles de la forma más eficaz para la mejor satisfacción posible de esos inciertos deseos futuros. No han concebido que el problema sea asignar factores de producción escasos a las distintas ramas de la producción de tal forma que ningún deseo considerado más urgente quede insatisfecho a causa de que los factores de producción requeridos para ello se emplearan, es decir, se derrocharan, en la satisfacción de deseos considerados como menos urgentes.

Este problema económico no debe confundirse con el problema tecnológico. El conocimiento tecnológico puede simplemente decirnos qué puede conseguirse en el estado actual del conocimiento científico. No responde a la pregunta de qué debería producirse y en qué cantidades y cuál de la multitud de procesos tecnológicos disponibles debería elegirse. Engañados por su fracaso en apreciar este asunto esencial, los defensores de una sociedad planificada creen que el jefe de producción nunca errará en sus decisiones.

En la economía de mercado, los empresarios y capitalistas no pueden evitar cometer serios errores porque no conocen ni lo que quieren los consumidores ni lo que hace su competencia. El director general de un estado socialista sería infalible porque sólo el tendría el poder de determinar qué debería producirse y cómo y porque ninguna acción de otra gente se cruzaría en sus planes.[4]

El segundo error fundamental implícito en la crítica socialista de la economía de mercado deriva de su defectuosa teoría del salario. No se dan cuenta de que los salarios son el precio pagado por lo que logra el perceptor del salario, es decir, por la contribución de sus esfuerzos al proceso del bien afectado o, como dice la gente, por el valor que sus servicios añaden al valor de los materiales. No importa si son salarios por tiempo trabajado o a destajo, el empresario siempre compra el rendimiento y servicio del trabajador, no su tiempo.

Por tanto, no es cierto que en una economía de mercado no intervenida el trabajador no tenga interés personal en la ejecución de su tarea. Los socialistas se equivocan al afirmar que a quienes se les paga una cierta cantidad por hora, día, semana, mes o año no se ven impulsados por sus propios intereses cuando trabajan eficientemente. No son los ideales elevados y el sentido del deber los que disuaden a un trabajador pagado de acuerdo con el tiempo trabajado de descuidarse y holgazanear en la tienda, sino argumentos muy sustanciosos. Quien trabaja más y mejor recibe mayor paga y quien quiera ganar más deberá aumentar la cantidad y mejorar la calidad de su rendimiento.

Los empresarios duros no son tan ingenuos como para dejar que les engañen los empelados haraganes: no son tan negligentes como esos gobiernos que pagan salarios a montones de vagos burócratas. Tampoco los empleados son tan estúpidos como para no saber que la pereza y la ineficiencia están duramente penalizados en el mercado laboral.

A partir de la débil base de sus errores sobre la naturaleza cataláctica de los salarios, los autores socialistas han aportado fábulas fantásticas acerca del aumento de la productividad del trabajo que puede esperarse con la puesta en marcha de sus planes. Bajo el capitalismo, dicen, el celo del trabajador se ve seriamente dificultado porque conoce el hecho de que no recibe los frutos de su trabajo y que trabajando duro sólo enriquece a su empresario, esa explotador parásito y ocioso. Pero bajo el socialismo todo trabajador sabrá que trabaja por el beneficio de la sociedad, de la que forma parte. Su conocimiento le proveerá el más poderoso incentivo para hacerlo lo mejor que pueda. Así que se producirá un enorme aumento en la productividad del trabajo y por tanto en la riqueza.

Sin embargo, la identificación de los intereses de cada trabajador y los de la sociedad socialista es una mera ficción legalista y formalista que no tiene nada que ver con el estado real de las cosas. Mientras que los sacrificios que un trabajador individual realiza al intensificar su esfuerzo sólo recaen en él, sólo una fracción infinitesimal de lo que produce este esfuerzo adicional le beneficia y mejora su propia calidad de vida. Mientras que el trabajador individual disfruta completamente de los placeres que puede apropiarse cayendo en la tentación del descuido y la pereza, el trastorno resultante en el dividendo social recorta su propia parte sólo infinitesimalmente.

 Bajo un modelo producción socialista así, se eliminan todos los incentivos personales que ofrece el egoísmo bajo el capitalismo y se premia el vagancia y la negligencia. Mientras que en una sociedad capitalista el egoísmo incita a todos a la mayor diligencia, en una sociedad socialista se produce inercia y laxitud. Lo socialitas pueden seguir parloteando acerca del cambio milagroso en la naturaleza humana que produciría el socialismo y acerca de la sustitución del mediocre egoísmo por el noble altruismo. Pero no deben darse el gusto de fábulas acerca de los maravillosos efectos que el egoísmo de cada individuo producirá bajo el socialismo.[5]

Ningún hombre juicio puede dejar de concluir ante la evidencia de estas consideraciones que en la economía de mercado la productividad del trabajo es incomparablemente mayor de lo que sería bajo el socialismo. Sin embargo, este reconocimiento no resuelve la cuestión entre los defensores del capitalismo y los del socialismo desde un punto de vista praxeológico, es decir, científico.

Un defensor de buena fe del socialismo, libre de intolerancia, prejuicios y malicia aún podría responder: “Puede ser verdad que P, el ingreso neto total generado en una sociedad de mercado, sea mayor que p, el ingreso neto total generado en una sociedad socialista. Pero si el sistema socialista asigna a cada uno de sus miembros una porción igual de p (es decir p / z = d) todos aquéllos cuyos ingresos en la sociedad de mercado sean menores que d se verían favorecidos por la sustitución del capitalismo por el socialismo. Puede ocurrir que este grupo incluya a la mayoría de los hombres. En todo caso, resulta evidente que la doctrina de la armonía entre los intereses bien entendidos de todos los miembros de la sociedad de mercado es insostenible. Hay una clase de hombres cuyos intereses se ven dañados por la misma existencia de la economía de mercado y que estarían mejor bajo el socialismo”.

Los liberales discuten las conclusiones de este razonamiento. Creen que p quedará tan por debajo de P que d será menor que el ingreso incluso de quienes ganen los salarios más bajos en la sociedad de mercado. No puede haber dudas de que la objeción planteada por los liberales está justificada. Sin embargo, esta refutación de las afirmaciones socialistas no se basa en consideraciones praxeológicas y por tanto le falta el poder argumentativo apodíctico e incontestable propio de una explicación praxeológica. Se basa en un juicio de relevancia, la determinación cuantitativa de la diferencia entre las dos magnitudes P y p. En el campo de la acción humana ese conocimiento cuantitativo se obtiene por la comprensión, respecto de la cual no puede llevarse a un acuerdo completo entre hombres. La praxeología, la economía y la cataláctica no valen para resolver esas disensiones referidas a asuntos cuantitativos.

Los defensores del socialismo podrían incluso ir más allá y decir: “Puede que cada individuo estuviera peor bajo el socialismo que el más pobre bajo el capitalismo. Aún así, rechazamos la economía de mercado a pesar de que proporcione a todos más bienes que el socialismo. Desaprobamos el capitalismo por razones éticas como sistema injusto e inmoral. Preferimos el socialismo por razones generalmente calificadas como no económicas y soportamos el hecho de que afecte al bienestar material de todos”.[6]

No puede negarse que esta altiva indiferencia en relación con el bienestar material es un privilegio reservado a intelectuales en su torre de marfil, alejados de la realidad, y anacoretas ascéticos. Lo que hacía popular al socialismo entre la inmensa mayoría de sus defensores era, por el contrario, la ilusión de que les proporcionaría más bienes que el capitalismo. Pero sea como sea, es evidente que este tipo de argumentación prosocialista no puede ser atacada por el razonamiento liberal referido a la productividad del trabajo.

Si no pudieran ponerse objeciones a los planes socialistas distintas de que el socialismo rebajaría el nivel de vida de todos o al menos de la inmensa mayoría, sería imposible que la praxeología se pronunciara de forma definitiva. Los hombres tendrían que decidirse entre capitalismo y socialismo basándose en juicios de valor y en juicios de relevancia. Tendrían que elegir entre los dos sistemas como eligen entre muchas otras cosas. No podría descubrirse ningún estándar objetivo que hiciera posible resolver la disputa de una forma que no admita ninguna contradicción y deba ser aceptada por cualquier persona cuerda. La libertad de elección y discreción de cada hombre no se vería eliminada por la necesidad inexorable.

Sin embargo, la realidad de las cosas es completamente distinta. El hombre no está en una posición en la que tenga que elegir entre estos dos sistemas. La cooperación humana bajo el sistema de la división social del trabajo es posible sólo en la economía de mercado. El socialismo no es un sistema realizable de organización económica de la sociedad porque no dispone de ningún método de cálculo económico. (…)

El establecimiento de esta verdad no supone un desprecio de la conclusión y el poder de convicción del argumento antisocialista derivado de la disminución de la productividad esperable en el socialismo. El peso de esta objeción a los planes socialistas es tan abrumador que ninguna persona juiciosa dudaría en elegir el capitalismo. Aún así, seguiría siendo una elección entre sistemas alternativos de la organización económica de la sociedad, dando preferencia a un sistema frente a otro.

Sin embargo, eso no es una alternativa. El socialismo no puede implantarse porque está más allá del poder humano establecerlo como sistema social. La elección es entre capitalismo y caos.

Un hombre que escoja entre beber un vaso de leche y un vaso con una solución de cianuro no elige entre dos bebidas: elige entre la vida y la muerte. Una sociedad que elige entre capitalismo y socialismo no elige entre dos sistemas, elige entre la cooperación social y la desintegración de la sociedad.

El socialismo no es una alternativa al capitalismo, es una alternativa a cualquier sistema bajo el que los hombres puedan vivir como seres humanos. Enfatizar este punto es tarea de la economía como es tarea de la biología y la química enseñar que el cianuro no es un alimento sino un veneno mortal.

 

 

Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.

Este artículo está extraído del capítulo 24 de La acción humana.



[1] Por intereses “bien entendidos”, también podríamos decir correctamente intereses “a largo plazo”.

[2] Cf. Bentham, “Principles of the Civil Code”, en Works, I, 309.

[3] La doctrina oficial de la Iglesia Romana se resume en la encíclica Quadragesimo anno, del Papa Pío XI (1931). La doctrina anglicana la presenta el Arzobispo de Canterbury, William Temple, en el libro Christianity and the Social Order (Penguin Special, 1942). Representativo de las ideas del protestantismo continental europeo es el libro de Emil Brunner, Justice and the Social Order, traducido po M. Hottinger (Nueva York, 1945). Un documento altamente significativo es la sección sobre “The Church and Disorder of Society”, del borrador de informe en el que el Concilio Mundial de Iglesias en septiembre de 1948 recomendaba una acción apropiada a las aproximadamente ciento cincuenta denominaciones cuyos delegados eran miembros del Concilio. Sobre la ideas de Nicolas Berdyaev, el más eminente apologista de la ortodoxia rusa, ver su libro The Origin of Russian Communism (Londres, 1937), especialmente pp. 217-218 y 225. A menudo se afirma que una diferencia esencial entre los marxistas y otros partidos socialistas e intervencionistas se encuentra en el hecho de que los marxistas defienden la lucha de clases, mientras que estos partidos la consideran una consecuencia deplorable del conflicto irreconciliable de intereses de clase inherente al capitalismo y quieren evitarlo mediante la realización de las reformas que recomiendan. Sin embargo, los marxistas no alaban y promueven la lucha de clases por sí misma. A sus ojos, la lucha de clases es buena sólo porque es el dispositivo mediante el que las “fuerzas productivas”, esas fuerzas misteriosas que dirigen el curso de la evolución humana, están condenadas a traer la sociedad “sin clases” en que no habría no clases y conflictos de clase.

[4] La exposición exhaustiva de este engaño la ofrece la prueba de la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo. Ver la parte quinta de este libro, más abajo.

[5] La doctrina refutada en el texto encuentra su expositor más brillante en John Stuart Mill (Principles of Political Economy [Edición popular, Londres, 1867], pp. 126 y ss.).Sin embargo, Mill recurrió a esta doctrina simplemente para refutar una objeción lanzada contra el socialismo, que es que, al eliminar el incentivo promovido por el egoísmo, afectaría a la productividad del trabajo. No era tan ciego como para afirmar que la productividad del trabajo se multiplicaría bajo el socialismo. Para un análisis y refutación del razonamiento de Mill, cf. Mises, Socialism, pp. 173-181. [Publicado en España como El socialismo (Madrid: Unión Editorial, 6ª ed., 2009).

[6] A este modo de razonar recurren muchos eminentes defensores del socialismo cristiano. Los marxistas solían recomendar el socialismo basándose en que multiplicaría la productividad y traería a todos una riqueza material sin precedentes. Últimamente han cambiado su táctica. Declaran que el trabajador ruso es más feliz que el estadounidense a pesar del hecho de que su nivel de vida es mucho menor; el saber que vive en un sistema social justo le compensa con mucho todas sus dificultades materiales.

Published Thu, Sep 23 2010 6:55 PM by euribe