El hombre olvidado

Por William Graham Sumner (Publicado el 23 de febrero de 2007)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2485.

[Originalmente titulado “Del caso de cierto hombre en el que nunca se ha pensado”, este ensayo se publicó originalmente en 1883, como parte del libro What the Social Classes Owe to Each Other]

El tipo y fórmula de la mayoría de los planes filantrópicos o humanitarismo es este: A y B ponen sus cabezas juntas para decidir qué debe hacer C  por D. El vicio radical de todos estos planes, desde un punto de vista sociológico es que C no es una voz autorizada en la materia y su posición, carácter e intereses, así como loa efectos finales en la sociedad a través de los intereses de C, son completamente olvidados. Yo llamo a C el Hombre Olvidado.

Por una vez, fijémonos en él y consideremos su caso, pues la característica de todos los doctores sociales es que fijan su atención en algún hombre o grupo de hombres cuyo caso apele a las simpatías y la imaginación y su plan de remedios se dirija al problema concreto; no entienden que todas las partes de la sociedad van juntas y que las fuerzas que se ponen en acción accionar y reaccionan en todo el organismo, hasta que se produce un equilibrio mediante el reajuste de todos los intereses y derechos.

Por tanto ignoran completamente la fuente de la que deben tomar toda la energía que emplean en sus remedios e ignoran todos los efectos en otros miembros de la sociedad distintos de los que tienen a la vista. Siempre están bajo el ámbito de la superstición del gobierno y, olvidando que un gobierno no produce nada en absoluto pierden de vista el primer hecho que debe recordarse en toda discusión social: que el estado no puede obtener un centavo de ningún hombre sin tomarlo de otro y éste ha de ser un hombre que lo ha producido y ahorrado. Este último es el Hombre Olvidado.

Los amigos de la humanidad empiezan con ciertos sentimientos benevolentes hacia “los pobres”, “los débiles”, “los trabajadores” y otros a los que hacen mascotas. Generalizan estas clases y la hacen impersonales y así convierten a las clases en mascotas sociales. Se dirigen a otras clases y apelan a la simpatía y la generosidad y a todos los demás sentimientos nobles del corazón humano. La acción en la línea propuesta consiste en una transferencia de capital de los que están mejor a los que están peor.

Sin embargo el capital, como hemos visto, es la fuerza por la que se mantiene y desarrolla la civilización. La misma porción de capital no puede usarse de dos formas. Por tanto cualquier pizca de capital que se entregue a un miembro holgazán e ineficiente de la sociedad, que no genera ningún retorno, se quita de un uso reproductivo; pero si se pusiera en un uso reproductivo, se otorgaría en forma de salarios a trabajadores eficientes y productivos. De ahí que quien realmente sufre por ese tipo de benevolencia que consiste en el gasto de capital para proteger a los que no son buenos para nada es el trabajador aplicado. Sin embargo nunca se piensa en él en este aspecto. Se supone que está servido y no hay que contar con él. Esa idea solo muestra que pocas nociones de economía política se han popularizado aún.

Hay un prejuicio casi invencible que dice que un hombre que da un dólar a un pedigüeño es generoso y tiene corazón, pero que un hombre que rechaza al mendigo y pone el dólar en el banco es tacaño y mezquino. El primero está poniendo capital sonde es muy probable que sea desperdiciado y donde habrá una especie de semilla para una larga sucesión de dólares futuros, que deben desperdiciarse para prevenir una mayor tensión en las simpatías que habría ocasionado rechazarlo en el primer momento. Sin embargo si el dólar se hubiera transformado en capital y entregado a un trabajador que, al ganarlo, lo habría reproducido, debe considerarse como mérito del último.

Cuando un millonario da un dólar a un mendigo la ganancia del utilidad de éste es enorme y la pérdida de utilidad del millonario es insignificante. Generalmente la discusión se termina aquí. Pero si el millonario hace un capital con el dólar, debe ir al mercado laboral, en forma de demanda de servicios productivos. Por tanto haya otra parte interesada: la persona que ofrece los servicios productivos.

Siempre hay dos partes. La segunda es siempre el Hombre Olvidado y quien quiera entender realmente la materia en cuestión debe ir y buscar al Hombre Olvidado. Descubrirá que es digno de confianza, trabajador, independiente y autosuficiente. No es técnicamente “pobre” o “débil”: se ocupa de sus propios asuntos y no se queja. En consecuencia los filántropos nunca piensan en él y lo pisotean.

Oímos acerca de muchos planes para “mejorar las condiciones de los trabajadores”. En Estados Unidos, cuanto más abajo vamos en el nivel de trabajo, mayor es la ventaja que el trabajador tiene respecto de las clases superiores. Un peón o excavador, con un día de trabajo, corresponde a más días de trabajo de un que un trabajador no cualificado en Europa corresponde en su trabajo. Para lo mismo, en grado menor, con el carpintero, el agrimensor, el contable y el doctor. Por eso Estados Unidos  es un gran país para el obrero no cualificado. Todas las condiciones económicas favorecen a esa clase. Hay un gran continente a someter y hay disponible terreno fértil para trabajar, sin prácticamente necesidad de capital. De ahí que la gente que tiene brazos fuertes sea lo que más se necesite y, si no fuera por consideraciones sociales, la educación superior no valdría la pena. Al ser este el caso, el trabajador no necesita ninguna mejora en su condición, salvo ser liberado de los parásitos que viven de él.

Todos los planes de ayudar a “las clases trabajadoras” tienen un aspecto condescendiente. Son impertinentes y fuera de lugar en este democracia libre. De hecho, no existe ningún estado de cosas o relación que haga apropiados proyectos de este tipo. Esos proyectos desmoralizan a ambas partes, adulando la vanidad de unos y socavando el amor propio de otros.

Para nuestro propósito actual, es más importante advertir que si levantamos a cualquier hombre debemos tener un punto de apoyo o de reacción. En la sociedad eso significa que levantar a un hombre implica rebajar a otro. Los planes para mejorar la condición de las clases trabajadoras interfieren con la competencia de trabajadores entre sí. Los beneficiarios se seleccionan por favoritismo y son propensos a serlos quienes se recomiendan a sí mismos ante los amigos de la humanidad con un lenguaje o conducta que no denote independencia y energía. Quienes sufren una depresión correspondiente por la interferencia son los independientes y autosuficientes, quienes de nuevo son olvidados y ninguneados; y los amigos de la humanidad de nuevo parecen, en su celo por ayudar a alguien, estar pisoteando a aquellos que tratan de ayudarse a sí mismos.

Los sindicatos adoptan distintas fórmulas para aumentar los salarios y quienes dedican tiempo a la filantropía quieren conocerlas y esperan que tengan éxito. Fijan sus mentes completamente en los trabajadores que están activos y no se ocupan de cualquier otro trabajador como parte interesada. Se supone que la laucha es entre los trabajadores y sus empresarios y se cree que uno puede otorgar su simpatía en esa disputa a los trabajadores sin sentir ninguna responsabilidad por nada más.

Sin embargo pronto se advierte que el empresario añade al sindicato y el riesgo de huelga a los demás riesgos de su negocio y se adapta filosóficamente. Si vamos más lejos vemos que se lo toma filosóficamente porque hace tiempo que ha trasladado la pérdida al público. Luego parece que la riqueza pública ha disminuido y que el peligro de un guerra comercial, igual que el de una revolución es una reducción constante del bienestar de todos. Sin embargo hasta ahora solo hemos visto cosas que podrían rebajar los salarios, nada que pueda aumentarlos. El empleado está preocupado, pero eso no aumenta los salarios. El público pierde, pero la pérdida va a cubrir el riesgo extra y eso no aumenta los salarios.

Un sindicato aumenta los salarios restringiendo el número de aprendices  que pueden entrar en el negocio. Esta estrategia actúa directamente sobre la oferta de trabajadores y eso produce un efecto en los salarios. Sin embargo si el número de aprendices se limita, se mantienen fuere a algunos que quieren estar dentro. Por tanto quienes están dentro forman un monopolio y se constituyen ellos mismos en una clase privilegiada con bases exactamente análogas a las de las antiguas aristocracias privilegiadas. Pero sea lo que sea lo ganado con este acuerdo para quienes estén en él, ganan a costa de una mayor pérdida de quienes se mantienen fuera. Por tanto no es sobre los amos ni sobre el público sobre los que los sindicatos ejercen la presión con la que aumentan los salarios: es sobre otras personas de la clase trabajadora que quieren estar en activo, pero, al no poder hacerlo, se sumen en la clase trabajadora no cualificada. Sin embargo estas personas pasan completamente desapercibidas en todas las discusiones sobre los sindicatos. Son los Hombres Olvidados. Pero como éstos quieren estar en activo y ganarse así la vida, es justo suponer que están preparados para ello, tendrían éxito en hacerlo, y serían un bien para sí mismos y para la sociedad, lo que equivale a decir que, de todas las personas interesadas o concernidas, son las que más merecen nuestra simpatía y atención.

Los casos ya mencionados no afectan a ninguna legislación. Sin embargo la sociedad mantiene policía, sheriffs y diversas instituciones cuyo objeto es proteger a la gente de sí misma, es decir, de sus propios vicios. Casi todo el esfuerzo legislativo por prevenir el vicio es realmente protector del vicio, porque toda esa legislación salva el hombre vicioso de la sanción de su vicio. Los remedios de la naturaleza contra el vicio son terribles. Elimina a las víctimas sin piedad. Un borracho en el arroyo está justo donde tendría que estar, de acuerdo con la justeza y tendencias de las cosas. La naturaleza ha establecido en él el proceso de declinar y disolución por el que elimina las cosas que han sobrevivido a su utilidad. El juego y otros vicios menos mencionables llevan consigo sus propias sanciones.

Ahora, nunca podemos aniquilar una sanción. Solo podemos desviarla de la cabeza de un hombre que ha incurrido en ella a las cabezas de otros que no hayan incurrido en ella. Gran parte de la “reforma social” consiste precisamente en esta operación. La consecuencia es que quienes han caído bajo, al ser liberados de la fiera disciplina de la naturaleza, van a peor, y que hay una carga constantemente más pesada que deben soportar otros.

¿Quiénes son los otros? Cuando vemos a un borracho en el arroyo tenemos lástima. Si un policía le recoge, decimos que la sociedad ha intervenido para salvarle de perecer.

“Sociedad” es una bonita palabra y los libra del problema de pensar.

El trabajador industrioso y sobrio, que es multado con un porcentaje de su salario diario para pagar al policía, es quien soporta la sanción. Pero es el Hombre Olvidado. Pasa por ahí sin que se le note, porque se ha portado bien, ha cumplido con sus contratos y no ha pedido nada.

La mentira de toda legislación prohibitiva, suntuaria y moral es la misma. A y B deciden ser abstemio, lo que a menudo es una decisión inteligente y a veces necesaria. Si A y B actúan bajo consideraciones que les parecen buenas, eso basta. Pero A y B juntan sus cerebros para hacer que se apruebe una ley que forzará a C a ser abstemio a favor de D, que corre el peligro de beber demasiado. No hay presión para A y B. Hacen lo que quieren hacer y les gusta. Raramente hay ninguna presión sobre D. No le gusta y no la cumple. Toda la presión recae en C.

Así que surge la pregunta: ¿Quién es C? Es el hombre que quiere bebidas alcohólicas para cualquier fin honrado, que usaría su libertad sin abusar de ella, que no ocasionaría ninguna cuestión social y no crea problemas a nadie en absoluto. Es de nuevo el Hombre Olvidado y tan pronto sea sacado de su oscuridad veremos que es justamente lo que todos nosotros tendríamos que ser.

 

 

William Graham Sumner fue uno de los padres fundadores de la sociología estadounidense. Aunque se formó para ser clérigo episcopaliano, Sumner fue a enseñar a la Universidad de Yale, donde escribió sus obras más influyentes. Sus intereses incluían la política monetaria y arancelaria y críticas al socialismo, las clases sociales y el imperialismo.

Published Sun, Dec 19 2010 8:24 PM by euribe