El subastador, por Joan Samson

Por Jeff Riggenbach. (Publicado el 17 de diciembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4895.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]

 

Joan Samson fue una hija de la Depresión, nacida en 1937. Murió de cáncer en 1976, sin llegar a cumplir los 40. En 1975, el año anterior a su muerte, publicó su única novela, El subastador. Esto parece casi todo lo que se sabe públicamente acerca de Joan Samson, y les tengo que decir que es una auténtica pena, porque esa novela, El subastador, es una verdadera maravilla. Y sería estupendo poder decirles algo más acerca de esta autora antes de continuar con el resto de mi artículo alrededor de la propia novela.

La novela se ubica alrededor del pequeño pueblo de Harlowe, en el centro de New Hampshire, en algún momento a principios de la década de 1970. Los principales personales son un granjero, John Moore, que parece estar a finales de sus 40 y está empezando a parecer algo ajado por la dura vida soportada; su mujer, Mim (diminutivo de Miriam), tal vez diez años más joven, aún plena de energía y completamente dedicada a su marido, su hija de cuatro años Hildie y su estilo de vida rural, con todas sus austeridades y privaciones; y la madre de John, conicda alternativamente como “Mrs. Moore” y como “Ma” que ya no puede caminar o incluso estar de pie mucho tiempo sin la ayuda de un par de bastones y que pasa su vida en el salón viendo la televisión y cuidando de Hildie, mientras su hijo y nuera hacen el trabajo tanto de la casa como de la granja.

Un día los Moore reciben un visitante, Bob Gore, el jefe local de policía, o tal vez sea mejor llamarle toda la policía unipersonal local. A Gore no se le toma tan en serio como debiera por parte de sus vecinos en Harlowe y alrededoreer, al menos si debe confiarse en los comentarios de Mrs. Moore como opinión común en esos lugares. “Cualquier cosa que diga Gore”, dice Ma a su nuera en un momento dado, “puedes sacártela de la cabeza. Fue siempre una familia descabalada. A ninguno de ellos le preocupó nunca un rábano la verdad”. Por supuesto, también dice a su nuera, en otro momento distinto del mismo día, que “hablando de esto, Bobby tenía la misma inteligencia que los diecinueve niños de los Gore. Y si se hubiera ido de Harlowe, como el resto, hubiéramos tenido al viejo Toby [el anciano padre de Gore] seguramente en el paro”.

Pero dice al propio Gore en la cara que “no tienes más cerebro que el resto de los Gore”. Y ella tendría que saberlo. Ha conocido a Bob Gore y sus 18 hermanos desde que eran estudiantes en sus clases dominicales 30º 40 años antes. Tampoco su hijo John tiene una opinión demasiado buena de la destreza de Bob como policía. “Durante estos siete años”, dice John Moore, “ha estado soñando con tener un buen delito inesperado a resolver. Y ahora tiene uno estupendo (un estrangulamiento) sin mencionar el allanamiento y el asalto. Y el pobre viejo Bobby no ha encontrado a ningún sospechosos”.

El estrangulamiento al que se refiere Moore es, como advierte él mismo, el “único asesinato que ha tenido Harlowe en cien años”. Y cree que los cometió “alguien de fuera, sin duda. Lo mismo que lo otro [el allanamiento y el asalto], probablemente”.

Pero resulta que Gore les ha visitado este jueves por la tarde a principios de la primavera esperando convencerles de donar algo para una próxima subasta a beneficio de la policía para obtener dinero para contratar a un agente o dos para ayudar al jefe en sus tareas. John Moore se muestra escéptico. “Si todo el mundo en el pueblo fuera un agente, seguiría habiendo problemas”, gruñe. Pero Mim y él están de acuerdo en contribuir con los trastos que han acumulado en el enorme espacio debajo del pajar, cosas que todavía podrían ser útiles con una pequeña reparación, pero que ellos probablemente nunca harán.

Una semana después, un jueves por la tarde, Gore reaparece. Dice que la subasta fue un gran éxito y como “si uno es bueno, dos es mejor”, han decidido hacer otra el próximo fin de semana. ¿Podrían John y Mim tener bajo el pajar algo de lo que quisieran desprenderse? Sí; Gore lo carga se lo lleva y una semana después vuelve a por más. Resulta que la chispa, la energía detrás de este súbito entusiasmo por las subastas en beneficio de la policía es el nuevo residente en el pueblo, Perly Dunsmore, un subastador profesional de cincuentaytantos años que recientemente compró la vieja mansión Fawkes en la plaza del pueblo, la cas donde tuvo lugar el estrangulamiento, el estrangulamiento que puso la casa a la venta para un forastero como Perly Dunsmore.

Cada subasta sucesiva es considerada un gran éxito para la seguridad de Harlowe y sus alrededores. Bob no tarda mucho en tener cinco agentes armados y un par de coches patrulla para su departamento. Las subastas no tardan mucho es convertirse en acontecimientos regulares, igual que las visitas del jueves por la tarde para recoger donaciones. Y los Moore no tardan mucho en tener completamente vacío el espacio bajo su pajar donde solían almacenar los trastos que no cabían en el ático.

Una vez que han vaciado también su ático, explican a los agentes que no tienen nada más que dar. Porque los recogidas semanales del jueves por la tarde ahora las hacen los agentes armados, agentes que asimismo transmiten las noticias locales y chismorreos mientras esperan a que suban esta donación semanal a su camión. Así es como los Moore conocen lo que le pasó a Caleb Tuttle, por ejemplo: Caleb Tuttle, que dejó de dar al subastador antes que cualquier otro vecino, Caleb Tuttle, que, escuchan los Moore, “no había entregado [a Perly Dunsmore] nada más que una silla rota en un mes” y “les espera ahora con una escopeta” si Perly o cualquiera de los agentes que parecen haber sido seleccionados por Bob Gore aparecen en los terrenos de Tuttle. Fue una lástima que “le diera un ataque al corazón justo cuando iba al establo a ordeñar. Algo debe haberle asustado”.

Luego estaba Emily Carroll, cuyo esposo obtuvo un empleo de agente pero luego renunció y después rechazó contribuir a más subastas: la dirección del coche de Emily falló repentina y misteriosamente cuando estaba conduciendo en una carretera rural llena de curvas, dejándola paralítica. Y estaba Ted Oakes, propietario de unos invernaderos cerca de la plaza del pueblo, en los que criaba geranios. Dejó de donar a las subastas y luego, misteriosamente, un olmo muerto cayó sobre “sus dos invernaderos y los dejó bastante tocados”, le dijo uno de los agentes a John Moore una tarde de jueves. “Tuco surte, por si quiere saberlo. Toda la familia estaba en Concord en ese momento”. Para sorpresa de algunos de los habitantes del pueblo y granjeros cercanos como John Moore, Oakes vendió inmediatamente sus propiedades y se fue a Manchester. “Dunsmore le dio inmediatamente dinero en efectivo”, le dice el agente a Moore.

Estos cotilleos acerca de gente del pueblo que renunció a las subastas semanales sonaban  aún más terribles a causa de quienes los propagaban, Pues los agentes que ahora hacían las colectas para las subastas y por otro lado parecían emplear su tiempo haciendo recados y haciendo trabajos extraños que necesitaba Perly Dunsmore, son un grupo bastante problemático: la mayoría matones y gamberros locales. Cuando Bob Gore da los nombres de sus primeros cinco nuevos agentes al principio de la novela, John Moore frunce el ceño y comenta, “Un grupo duro”. Su madre es más expresiva acerca de uno de los cinco, el que acaba reemplazando a Bob Gore como jefe de policía. A este agente, Ma le describe como “el huevo más podrido de este pueblo que yo haya oído desde que soy lo suficientemente mayor”.

Así que la gente en Harlowe y alrededores, incluyendo a los Moore, permiten que les intimiden. Siguen donando para las subastas incluso después de haberse librado de todos los trastos viejos de los que realmente no les importaba desprenderse. Gradualmente, “donan” casi todas sus propiedades. Al final, se encuentran en su propia versión particular de una situación que afronta antes o después cualquier víctima del fraude de la protección. No pueden ver alternativas a su situación actual. Les parece que deben o bien irse de Harlowe en la oscuridad de la noche o quedarse y continuar donando a las subastas semanales a favor de la policía. Les parece que no hay otra forma de asegurarse de que no les ocurra un “accidente”, que no quieren acabar como Caleb Tuttle, Emily Carroll o Tad Oakes.

Al final, los Moore acaban durmiendo en el suelo sobre simples alfombras, al perder todos sus muebles, su tractor, sus herencias familiares (como descubre luego John), ahora expuestas en la elegante casa de Perly Dunsmore en la plaza del pueblo. Los Moore se quedan sin los medios para hacer funcionar su hogar ni su granja.

Señoras y señores, contemplen la aparición del estado en una comunidad que previamente solo tenía un gobierno.

No es que Harlowe fuera ningún tipo de paraíso libertario antes de que apareciera en escena Perly Dunsmore, pero Albert Jay Nock, cuyo estilo estoy siguiendo en esta explicación, no mantuvo que el gobierno fuera siempre libertario. Mantenía que debería serlo, pero lo principal era que, en contraste con el estado, el gobierno se originaba “por la compresión y acuerdo común de la sociedad” y servía para “implantar el deseo común de la sociedad”. Y eso me suena como una buena descripción de Harlowe y sus alrededores en la era pre-Dunsmore.

Por supuesto, la gente es esta área había crecido en una sociedad en la que se suponía y no se cuestionaba realmente que ciertas funciones que podían ser igualmente gestionadas por compañías privadas correspondían al gobierno, no a la empresa privada: por ejemplo, nivelar y reparar las carreteras locales y limpiarlas de nieve en invierno. La gente que vivía en Harlowe y alrededores había crecido en una sociedad en la que se suponía y realmente nunca se cuestionaba que esos servicios debían financiarse con impuestos, es decir, por apropiación forzosa de los activos de los residentes locales.

Pero el gobierno del pueblo mostrado en las páginas de El subastador probablemente solo sería aceptado por los libertarios minarquistas más melindrosos. Aparte de su modesto cobro de impuestos y su mantenimiento de infraestructura local (y por supuesto su mantenimiento de bastante inútil pero evidentemente inofensivo departamento de policía unipersonal de Bob Gore) el gobierno de Harlowe es extremadamente no intrusivo. Hace pocas intervenciones de todo tipo en las vidas de los individuos que disponen sus hogares en su territorio. Y le falta totalmente la característica que, según Nock, le cualificaría como un estado: no está establecido manifiestamente para lo que llama “la continua explotación económica de una clase por otra (…) la estratificación de la sociedad en una clase propietaria y explotadora y una clase dependiente no propietaria”.

Pero éste es manifiestamente el propósito del nuevo orden de cosas en Harlowe y alrededores, el orden introducido y mantenido por Perly Dunsmore y su cuerpo de fieles agentes. Perly y sus agentes han traído un genuino estado a Herlowe. Como la mayoría de los estados modernos, calma a sus víctimas en una aceptación devolviéndoles un porcentaje insignificante de lo que antes les robó, mostrándose así, a los ojos de sus víctimas, como una especie de benefactor. Pero, como la mayoría de los estadistas históricamente, los que gestionan el estado de Perly Dunsmore están muy dispuestos a exprimir a sus víctimas hasta agotarlas. Como apunta el politólogo y antrpólogo de Yale, James C. Scott, en su reciente libro The Art of Not Being Governed:

Dada una alternativa entre un patrón de subsistencia que sea relativamente desfavorable para el [ciudadano] pero que dé un mayor retorno en poder o [beneficio] del estado y otro patrón  que beneficie al [ciudadano] pero perjudique al estado, el gobernante siempre elegirá el primero. Así, el gobernante maximiza el producto accesible al estado, si es necesario a costa de la riqueza general del reino y sus súbditos.

En el caso de Harlowe, pronto queda claro que Dunsmore planea sangrar a la población existente hasta que huya para sobrevivir; luego planea apropiarse las casas y granjas que esa gente poseía y venderlas a nueva gente, a la que presumiblemente pueda sangrar posteriormente, explotarla en su beneficio. ¿Lo conseguirá? ¿O los residentes de Harlow y alrededores finalmente se alzarán contra el estado que ha crecido inadvertidamente en medio de ellos. Lean ustedes mismo El subastador, de Joan Samson, y lo descubrirán.

 

 

Jeff Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times y San Francisco Chronicle; para revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias, muchas disponibles en Mises Media.

Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition

Published Mon, Dec 20 2010 8:46 PM by euribe