Replanteando la caridad

Por Stephen Mauzy. (Publicado el 28 de diciembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4929.

 

La caridad es un gran negocio. Los estadounidenses dieron más de 307.750 millones de dólares a sus causas favoritas en 2009. Es impresionante, considerando las condiciones económicas existentes ese año.

Las donaciones han tenido un momento importante este mes, con la firma de Mark Zuckerberg de la Giving Pledge, la campaña iniciada por Warren Buffett y Bill Gates para animar a los milmillonarios a dar partes importantes de sus fortunas. Diecisiete milmillonarios en Estados Unidos (Larry Ellison, Michael Bloomberg y Carl Icahn entre los más conocidos) han prometido donar al menos el 50% de su fortuna a la campaña.

Alentador, ciertamente, pero ¿deberíamos esperar que los nuevos ricos nos cautiven con la caridad como nos cautivan en los negocios? Sin duda los miembros de Giving Pledge son empresarios de éxito, pero ¿son sus habilidades automáticamente transferibles a la filantropía?

No necesariamente. Bill Gates y su Bill & Melinda Gates Foundation, la mayor de su tipo en el mundo, es alarmantemente estatista en sus objetivos, mientras que Gates es ridículamente reduccionista en su lógica, particularmente respecto de vacunas, control de la población y emisiones de CO2.

Respecto del último miembro de Giving Pledge, Mark Zuckerberg, el primer paso en su trayectoria caritativa (una donación de 100 millones de dólares a las escuelas públicas de Newark, NJ) atempera el entusiasmo. Zuckerberg, tan visionario y emprendedor al desarrollar Facebook, prueba, igual que Gates, ser lo opuesto en caridad. Es difícil entender una estrategia más eficaz para asegurar la decadencia educativa que legar dinero a un sistema escolar público anquilosado y atrincherado y a su principal sicario, el sindicato de profesores.

Mientras que la caridad disfruta de buenos tiempos, también está en prime time. AARP, con su campaña “Drive to End Hunger” [“Conduce para acabar con el hambre”], está poniendo unos 10 millones de dólares en patrocinar a la estrella de la NASCAR Jeff Gordon en 22 de la 36 carreras de la NASCAR en 2011, porque, de acuerdo con las estadísticas de la AARP, se estima que “51 millones de estadounidense pasan hambre cada noche y seis millones tienen más de 60 años”. Primero, pasar hambre no es morirse de hambre. Segundo, morirse de hambre no es siquiera una preocupación de tercer orden cuando la CDC informa de que el 26,7% de la población es obesa.

Uno tiene que preguntarse si todo este énfasis en la caridad no es mucho ruido y pocas nueces. ¿Ha llegado la caridad a un punto de inflexión? Una de las críticas más cerebrales de la caridad es que realmente no genera caridad. La verdadera caridad requiere anonimato y la transferencia de algo de valor económico. La mayoría de las acciones caritativas hacen las transferencias, pero no anónimamente; por tanto podemos argumentar razonablemente  que la caridad es solo adquisición de capital social. Lean la sección de “sociedad” de cualquier gran periódico metropolitano: esta invariablemente llena de historias de gente acaudalada de la alta sociedad codeándose con ropas de fiesta. Y cuando no se codean por los menos afortunados vestidos de punta en blanco, se codean vestidos con sus mejores Nikes y Under Armor para carreras de caridad “para la cura” (normalmente de enfermedades propias de la mujer).

Construirse un capital social está bien, siempre que se produzcan avances en la causa referida. ¿Pero qué pasa si el capital social empieza a pesar en la caridad como el plomo? Susan G. Komen for the Cure se ha infiltrado sin esfuerzo en la poderosa NFL con zapatillas rosas, cintas rosas de pelo, guantes rosas y sombreros rosas.

El enlace de Susan G. Komen con la NFL es un marketing inteligente, pero su enlace con Kentucky Fried Chicken, donde los cubos rosas llenos de pollo frito se venden bajo el lema “Cubos para la cura”, podría decirse que resulta, si no extravagante, sí perjudicial para la causa.

Independientemente de la opinión sobre lo apropiado de las estrategias de mercadotecnia de Susan G. Komen, éstas funcionan. Los ingresos totales fueron de 178 millones de dólares en 2008 (un gran salto desde los 99 millones de 2004). Su informe anual de 2009 indica que desde 1982 “gastó casi 1.500 millones de dólares en investigación de vanguardia y programas comunitarios”. Los casos y muertes con los años han disminuido, pero, cuando miramos los datos, menos de lo que podríamos pensar.

Por supuesto no puede echarse la culpa a Susan G. Komen porque los casos y muertes de cáncer de mama no sean tan bajos como nos gustaría. Pero podemos seguir cuestionando motivos: si la gente te da dinero para una causa, ¿te motiva eso apropiadamente para eliminarla? Con las grandes donaciones vienen las grandes compensaciones: salarios de medio millón de dólares para los empleados principales aparecen frecuentemente en la lista de las 50 organizaciones caritativas principales de EEUU del Christian Science Monitor, que incluyen unos pocos salarios de más de un millón de dólares. ¿Qué motivación hay para encontrar una cura?

Quizá no haya una. Quizá la motivación no dicha sea aumentar la visibilidad de la causa y de ahí el desagradable voyerismo. Las constantes reiteraciones de historias trágicas las proporcionan quienes se benefician más de la caridad: líderes políticos locales, funcionarios de caridad y las víctimas. Este asustar a la opinión pública abrumada por las estadísticas m recuerda las palabras de H.L. Mencken: “Todo el objetivo de la política práctica es mantener a la población en un continuo estado de alarma (y así ser llevada clamorosamente a la seguridad) amenazándole con una serie interminable de ogros, todos ellos imaginarios”. Cambien “política” por “caridad” y se ajusta.

¿Es la caridad de temporada que retoña a finales de noviembre y florece en navidades más eficiente que la variedad de 365 días? Probablemente lo sea menos. Si aumentamos la demanda, la oferta seguramente la seguirá. Paguen a la gente por estar en fila para recibir una donación y lo harán. Páguenles más y tendrán a más haciendo cola. En esta época del año la gente hace filas de varias manzanas esperando por comida, ropa, juguetes “gratis”. El tiempo es valioso y cuanto más se pierda esperando, más aumenta el coste de las actividades remunerativas que no se realizan.

Esto no quiere decir que la caridad no tenga beneficios (no tienen que ir más allá del Instituto Mises), pero las caridades que entra en la distribución bienes y servicios que rivalizan experimentan una deseconomía de escala y pierden el foco a medida que se expande su contorno.[1]

Las monumentales ambiciones caritativas redistributivas de los señores Gates, Zuckerberg y Buffett, de United Way, de la American Cancer Society y Susan G. Komen y similares es mejor que se dejen a los locales o aun mejor a los empresarios con ánimo de lucro. Nuestra salud y patrones de vida no tienen virtualmente nada que ver con la caridad y prácticamente todo con emprendedores resolviendo problemas. Si hubiéramos dependido solo de limosnas y buena voluntad para aumentar nuestros niveles de vida, seguiríamos viendo en cabañas de barro.

Y para quienes estén preocupados de que la civilización se derrumbe en una miseria intolerable si los monstruos de la caridad conformadores de políticas, muevecorazones y buscadores de rentas políticas desaparecen del paisaje, no se preocupen: como dijo Mises: “Ninguna comunidad civilizada ha permitido cruelmente que los incapacitados perezcan”.

 

 

Stephen Mauzy es analista financiero colegiado, escritor financiero y director de S.P. Mauzy & Associates.



[1] La mayoría de la caridad del LvMI no rivaliza. Por ejemplo, mi descarga y consumo de Man, Economy, and State no le impide a usted descargar y consumir Man, Economy, and State. Pero si alguien me da un tratamiento contra el cáncer, un pavo o una camiseta usted se ve excluido de usar ese tratamiento contra el cáncer, pavo o camiseta. Así que esos bienes rivalizan.

Published Tue, Dec 28 2010 8:43 PM by euribe
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