Mi réplica a Krugman sobre la teoría austriaca del ciclo económico

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 24 de enero de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4993.

 

Como ya saben muchos lectores, la pasada semana Paul Krugman enlazó con uno de mis artículos explicando la importancia de la teoría del capital en cualquier explicación del ciclo económico. Aunque Krugman gentilmente describía mi cuento acerca de los isleños que comían sushi como “la mejor exposición que he visto hasta ahora de la opinión austriaca que está ahora mismo arrasando en el GOP”, naturalmente ridiculizaba la postura como un “gran salto atrás” y un repudio de 75 años de progreso económico desde la obra de John Maynard Keynes. Para apoyar su rechazo, Krugman listaba varios problemas que veía en la explicación austriaca.

En el presente artículo primero resumiré las posturas austriacas (en la tradición de Ludwig von Mises) sobre la teoría del capital, interés y ciclo económico. Con ello como telón de fondo, luego contestaré a las objeciones concretas de Krugman.

Los austriacos sobre el capital

En contraste con los modelos macro de la corriente principal, que o no poseen capital en absoluto o como máximo lo muestran como una existencia homogénea del tamaño “K”, la teoría austriaca trata explícitamente a la estructura de capital de la economía como un surtido complejo de distintas herramientas, equipamiento, maquinaria, inventarios y otros bienes en proceso. Mucha de la perspectiva austriaca depende de esta rica visión de la estructura del capital en la economía y los economistas de la corriente principal excluyen muchas de las ideas austriacas cuando hacen la “cómoda” suposición de que la economía tiene un bien. (A Krugman el agradará saber que sí, puedo explicar todo esto en un modelo formal, y uno que aceptó el referido Paul Samuelson de mala gana).

Krugman y otros keynesianos destacan la primacía de la demanda: siguen apuntando que, por ejemplo, el propietario de una tienda de electrónica no tendrá el incentivo para contratar a más trabajadores y comprar más inventario si no espera que lo consumidores aparezcan con dinero para gastar en nuevos televisores o portátiles.

Pero los austriacos apuntan que la demanda por sí misma difícilmente puede ser todo lo que cuente: Independientemente de cuántos papeles verdes tengan los consumidores o cuánto crédito pueda obtener del banco la tienda, será físicamente imposible que la tienda de electrónica llene sus estanterías con nuevos televisores y portátiles salvo que los fabricantes de esas cosas ya las hayan fabricado. Y a su vez, los fabricantes no pueden crear mágicamente televisores y portátiles simplemente porque la demanda de sus productos repunte: dependen de que otros sectores de la economía hayan realizado antes también esta preparación, consiguiendo los metales necesarios, contratando la cantidad apropiada de camiones necesarios para llevar los bienes desde la fábrica y así sucesivamente.

Estas observaciones pueden sorprender a algunos por lo triviales, indignas de la consideración de los economistas serios. Pero eso es olo porque normalmente una economía de mercado resuelve “espontáneamente” este tremendo problema de coordinación a través de los precios y las correspondientes señales de pérdidas y ganancias. Si alguien tuviera que planificar centralizadamente toda una economía desde la nada, habría todo tipo de cuellos de botella y derroches, como ha demostrado la experiencia real del socialismo.

Sin la guía de los precios de mercado, no observaremos una economía funcionando correctamente en la que los recursos naturales se mueven a lo largo de cadena de producción (de la minería al procesado a la fabricación a la venta al por mayor a la venta al por menor) tan claramente descritos en los libros de texto de macroeconomía. En su lugar, veríamos un embrollo caótico en el que no se encadenan los distintos procesos entremezclados. Habría demasiados martillos y pocos clavos, demasiados alimentos perecederos o pocos vagones frigoríficos para transportarlos, etc.

Los austriacos sobre el interés

En lo que se refiere a explicar la función de coordinación de los precios de mercado, los austriacos asignan un papel muy importante a los tipos de interés, pues estos dirigen con el tiempo la distribución de recursos. Hablando en general, un tipo de interés alto significa que los consumidores son relativamente impacientes y penalizar a fuertemente a los empresarios cuando comprometen recursos en proyectos a largo plazo. Por el contrario, un tipo de interés bajo es la luz verde del mercado a los empresarios que les indica que los consumidores están dispuestos a esperar más por el producto acabado y por tanto es aceptable comprometer recursos en proyectos que producirán bienes y servicios valiosos en una fecha mucho más tardía.

En la concepción austriaca, es el tipo de interés el que permite que las decisiones financieras familiares interactúen con la estructura física del capital, de forma que los productores transformen los recursos en las formas e que mejor satisfagan las preferencias de los consumidores. Consideremos un ejemplo sencillo que yo uso para los estudiantes: Supongamos que la economía esté en un equilibrio inicial en el que las familias ahorran un 5% de sus ingresos. Luego las familias deciden que quieren tener más para su jubilación, porque no quieren que su nivel de vida baje cuando dejen de trabajar. Así que todas las familias de la comunidad empiezan a ahorrar el 10% de sus ingresos.

En la visión austriaca, el tipo de interés es el mecanismo primario a través del cual la economía se ajusta al cambio de preferencias. (No es que la gente pase de comprar perritos calientes a hamburguesas: es que cambian de comprar “consumo actual” a comprar “consumo futuro”). El aumento de los ahorros familiares empuja a la baja los tipos de interés y a los tipos más bajos las empresas pueden empezar proyectos a largo plazo. Desde el punto de vista del empresario individual, el tipo de interés afecta más a la rentabilidad de los proyectos más largos que a la de los más cortos (como demuestra un sencillo cálculo del “valor presente descontado”). Así que un tipo de interés más bajo no solo estimula la “inversión” sino que realmente induce más a la inversión en bienes duraderos, a largo plazo, frente a la inversión en bienes no duraderos, a corto plazo.

¿Cómo es posible que la comunidad como un todo pueda tener más ingresos en, digamos, 30 años? Evidentemente las familias piensan que es financieramente posible porque sus saldos bancarios aumentan exponencialmente con los tipos de ahorro más altos. Pero hablando tecnológicamente, esto es posible porque cambia la composición de la producción física. Las familias han recortado salir a cenar, comprar iPods y otras cosas con el fin de doblar su nivel de ahorro. Esto significa que restaurantes, tiendas Apple y otras empresas dedicadas al consumo tendrán que despedir a trabajadores y disminuir sus operaciones. Pero esto significa que se liberan mano de obra y otros recursos para expandir la producción en los sectores que fabrican perforadoras, tractores y nuevas fábricas.

En 30 años la economía será físicamente capaz de una producción mucho mayor (incluyendo la producción de bienes de consumo), porque para entonces los trabajadores estarán usando una mayor acumulación de capital o bienes de inversión realizada durante las tres décadas previas. Así todos pueden tener un nivel de vida más alto, a través del ahorro.

Los austriacos sobre el ciclo económico

Ahora que ya he dado un resumen de la visión austriaca del capital y el interés, tenemos la recompensa: su explicación del ciclo económico. Cuando los tipos de interés se empujan por debajo de sus niveles de mercado (por ejemplo, mediante una política expansionista del banco central), esto pone en marcha el mismo proceso que se produciría si hubiera un aumento real de los ahorros. En otras palabras, al tipo de interés inferior los empresarios encuentran rentable empezar proyectos a largo plazo: los sectores de bienes de capital de la economía empiezan a contratar trabajadores y a aumentar la producción.

Sin embargo esta expansión de los sectores de bienes de capital no se ve compensada por una disminución en los sectores de bienes de consumo en la forma que se habría producido si las familias hubieran empezado realmente a ahorrar más. En su lugar, las familias tratan también de consumir más a causa de los tipos de interés más bajos.

Se pone en marcha un auge insostenible, un periodo de prosperidad ilusoria. Como todos los sectores se expanden hay un sentimiento general de euforia: parece que todos los negocios están teniendo un “gran año” y la tasa de desempleo cae por debajo de su nivel “natural”.

Por desgracia, en algún momento la realidad muestra su feo rostro. El banco central no ha creado más recursos simplemente comprando activos y rebajando tipos de interés. Es físicamente imposible que la economía continúe produciendo los mayores volúmenes de bienes de consumo al tiempo que los bienes de capital. Alguno tiene que acabar rindiéndose. El cálculo llegará más pronto que tarde si el aumento de los precios de los activos o incluso de los bienes de consumo hace que el banco central varíe el rumbo y aumente el precio de los tipos de interés. Pero incluso si el banco central mantiene los tipos permanentemente bajos, las realidades físicas acabarán manifestándose y la economía sufrirá un declive.

Durante la fase de declive, los empresarios reevaluarán la situación. Si el gobierno y el banco central no interfieren, los precios darán las señales adecuadas acerca de qué empresas debería salvarse y cuáles desaparecer. Los trabajadores que estén en líneas insostenibles serán despedidos. Les llevará un tiempo buscar entre las oportunidades que se creen y encontrar un nicho que sea apropiado para sus capacidades y sea sostenible en la nueva economía.

Durante este periodo de reevaluación y búsqueda, la tasa de desempleo medida será inusualmente alta. No es que los trabajadores estén “ociosos” o que su productividad haya bajado a cero repentinamente, sino que es lo que necesitaban para recolocarse y eso necesita tiempo en una economía compleja moderna. Este retraso puede deberse a la simple búsqueda, cuando los trabajadores tienen que mirar a su alrededor para encontrar el mejor puesto que ya exista “ahí fuera” o puede deberse al hecho de que tengan que esperar a que otros trabajadores “preparen las cosas” antes de puedan recuperarse los trabajadores desempleados. (Es lo que pasaba en mi cuento del sushi).

Dejo el resumen en este punto con el fin de ocuparme de las objeciones de Krugman. El lector interesado puede ver más exposiciones técnicas (aunque aún así accesibles) en esta colección de ensayos, mientras que los interesados en una exposición gráfica (utilizando conceptos de la corriente principal como la FPP) deberían consultar las fantásticas presentaciones en PowerPoint de Roger Garrison.

Respondiendo a Krugman

La razón de este largo resumen es que sigo teniendo la sensación de que Krugman realmente no entiende la postura austriaca. Por ejemplo, pregunta: “¿Por qué hay una evidencia abrumadora de que cuando el banco central decide ralentizar la economía, la economía realmente se ralentiza?” Pero como la teoría austriaca dice que el declive se produce cuando el banco central desiste y permite que los tipos de interés suban hacia su nivel “correcto”, esto difícilmente es un problema. De hecho, si los bancos centrales no pudieran ralentizar la economía, como economista austriaco, estaría preocupado por mi teoría.

Krugman también plantea cuestiones relativas a las tasas de inflación (de precios) y la conexión entre el PIB nominal y real. Pero creo que está combinando la teoría austriaca con una teoría del ciclo económico puramente “real”. Los austriacos entienden que las influencias monetarias pueden tener efectos reales. Lo repito: es la misma esencia de la teoría de Mises-Hayek.

Aunque la mayoría de las objeciones de Krugman se deben a su falta de familiaridad con la teoría austriaca real, pienso que una fuente de confusión deriva del ejemplo concreto que utilicé en mi artículo. Primero veamos el contexto citando a Krugman:

Entonces, ¿qué es lo esencial de este cuento austriaco? Básicamente, dice que lo que llamamos un auge económico es realmente algo como el desastroso Gran Salto Adelante chino, que llevó a un aumento temporal en el consumo pero solo a costa de la degradación de la capacidad productiva subyacente del país. Y el desempleo que le sigue es un resultado de esa degradación: simplemente no hay nada útil que puedan hacer los trabajadores desempleados.

Me gusta este cuento y probablemente haya otros casos aparte de la China de 1958-1961 al que pueda aplicarse. ¿Pero qué razón no hace pensar que tenga algo que ver con los ciclos económicos que vemos realmente en las economías de mercado?

Primero, debería decir que me agrada que Krugman al menos conceda que (su comprensión de) la explicación de la teoría austriaca es tanto teóricamente posible como que se produce de verdad en el mundo real: ¡viniendo del tipo que se refirió a ella en 1998 como equivalente a la “teoría del flogisto para el fuego” es un avance!

Sin embargo Krugman sigue sin entender correctamente la visión austriaca del “consumo de capital” que se produce durante el auge insostenible. Como dije antes, en este asunto concreto, la culpa recae en el “modelo del sushi” necesariamente simplista que usé en el artículo que leyó Krugman.

En ese artículo, con el fin de asegurarme de que el lector viera realmente por qué Krugman (y Tyler Cowen) estaban pasando algo básico, hacía que los habitantes de una villa aumentaran su consumo diario de sushi por igual mientras desarrollaban una nueva tecnología para ayudarles a aumentar su pesca. Así que durante su “auge” a un habitante poco avisado le habría parecido que estaban aumentando tanto el consumo como la inversión.

En mí fábula, esto era posible físicamente porque los villanos olvidaban en mantenimiento regular de sus barcos y redes. Este olvido no se haría aparente de la noche a la mañana, pero la economía de la villa acabaría desmoronándose. Repito que elegí este ejemplo para mostrar puntos básicos acerca de la estructura de capital como los excesos de consumo a corto plazo pueden ser físicamente posibles, pero aún deben “pagarse” en el largo plazo.

Por desgracia, mi fábula y la lecciones que obtenía de ella daban la impresión (ver la crítica de Tyler Cowen) de que los austriacos piensan que el “consumo de capital” durante el periodo de auge insostenible debe mostrarse en cosas como la reducción del gasto en mantenimiento de edificios o tal vez en que el propietario de una flota de camiones dejara de cambiar periódicamente los neumáticos.

En realidad es más apropiado decir que durante el periodo de auge los empresarios (dirigidos por señales falsas) invierten en proyectos que son individualmente racionales y “eficientes”, pero no se ajustan entre sí. En otras palabras, no es tanto que un granjero olvide plantar algunas semillas de grano para tener una cosecha futura. Más bien es que un granjero planee expandir su producción y por tanto planta mucho más que en el pasado, pero sin saber que los propietarios de silos y ferrocarriles (necesarios para llevar la cosecha al mercado) no están expandiendo sus propias operaciones al mismo ritmo.

En resumen, no es que los austriacos piensen que una inspección de una empresa individual revele una deficiencia tecnológica. Más bien es que todos los empresarios se “están adelantando a sí mismos”, tratando de desarrollarse demasiado rápido. No hay suficientes ahorros reales para permitir que se completen todos los nuevos procesos. Para entender este aspecto de la teoría austriaca, la analogía de Mises de un constructor (que dibuja unos planos pensando que tiene más ladrillos de los que realmente tiene) sigue siendo la mejor.

Krugman quiere saber dónde está la evidencia

Esto lleva a la principal queja de Krugman:

¡Ah! ¿Y qué evidencia hay de que la capacidad económica se ve dañada durante los auges? La inversión aumenta, no disminuye, durante los auges; sí, ya sé que los austriacos se refugian en palabrería cósmica acerca de la complejidad de la producción y de cómo la inversión medida puede no mostrar lo que está ocurriendo realmente, etc., pero ¿dónde está la evidencia positiva de lo que están afirmando?

Puedo entender a Krugman, pero no hay una estadística sencilla a la que podamos apuntar. Los austriacos tienen razón al decir que “la inversión medida puede no mostrar lo que está ocurriendo realmente” y tienen razón al decir que la producción es mucho más compleja de lo que muestran los modelos de Krugman. Eso no es “palabrería cósmica”, sino una declaración de hechos básicos.

Pero para responder a la pregunta, los austriacos ciertamente pueden aportar evidencias positivas de su visión. Por ejemplo, los austriacos argumentan que durante los años de auge inmobiliario, los estadounidenses no ahorraron lo suficiente de sus salarios e ingresos porque se les llevó a pensar erróneamente que eran mucho más ricos de lo que eran. Cuando se impuso la realidad, se rompió la ilusión y las valoraciones de los activos de capital cayeron abruptamente. Al darse cuenta de que habían tomado decisiones horribles durante el auge, los estadounidenses aumentaron bruscamente sus ahorros. Los datos se ajustan bastante bien a esta explicación:


El gráfico anterior muestra que la tasa de ahorro (en azul) se desplomó durante los años álgidos del la burbuja inmobiliaria, mientras que el S&P 500 (en rojo) se disparaba al alza. Luego a finales de 2007, el mercado bursátil empezó a declinar, mientras que la tasa de ahorro aumentó muy rápidamente. El mercado bursátil se dio la vuelta a principios de 2009, por supuesto, pero bajo la perspectiva austriaca eso se debe a las intervenciones masivas de la Fed, encabezadas por la primera ronda de “flexibilización cuantitativa” (que se anunció en ese momento), que empezaron a hinchar artificialmente de nuevo los precios de los activos.

También podemos obtener un apoyo empírico a la afirmación austriaca de que el auge inmobiliario produjo una cantidad insostenible de recursos reales (incluyendo el trabajo) hacia ese sector, que acabó desmoronándose y causó un repunte en el desempleo. El siguiente gráfico compara el empleo total en la construcción (línea azul) con la tasa de viviendas vacías (línea roja), lo que es un buen indicador de una burbuja especulativa: la gente no estaba comprando viviendas para vivir allí o para alquilarlas, sino para “saltar” cuando el precio suba. Adviertan la conexión entre la burbuja especulativa de la vivienda y los trabajadores absorbidos (y luego expulsados) de la construccion:


En lo que se refiere a aplicar la teoría genérica austriaca al reciente ciclo de auge y declive, tenemos que pensar globalmente. Durante el auge, mucha de la corriente ascendente de bienes de consumo que disfrutaron los estadounidenses estaba producida físicamente en China y otros países extranjeros. Por ponerlos en términos que aprecie Krugman, podríamos decir que el aumento en importaciones del periodo de auge (que se “resta” del PIB) era consistente con una línea “sana” de aumentos del PIB, no porque contrapese las exportaciones, sino más bien porque los estadounidenses y su gobierno seguían gastando cada vez más cada año (aumentando así C, I y G) más que compensando el creciente desequilibrio comercial.

No hay nada malo en un déficit comercial (o más apropiadamente, un déficit por cuenta corriente) por sí mismo: he explicado en otro lugar cómo una economía creciente muy sana y sostenible podría tener una corriente continua de dichos déficits mientras el resto del mundo se dedique a invertir en un país que disponga de políticas atractivas.

Pero en lo que se refiere al auge inmobiliario real bajo George W. Bush, la acumulación de SUV, televisiones de plasma y consolas de videojuegos de los estadounidenses era claramente insostenible. No es porque (como en mi historia del sushi) los estadounidenses olvidaran hacer el mantenimiento normal. Más bien es porque no era posible que los estadounidenses hubieran mantenido la “producción total” (que se refleja muy imperfectamente en nuestras cifras oficiales de PIB) a la altura vertiginosa del final del periodo de auge, porque habría requerido que los fabricantes extranjeros continuaran enviándonos bienes a cambio de derechos de propiedad sobre una creciente colección de McMansiones en las que nadie podría permitirse vivir.

Para asegurarnos de que esta historia intuitiva se ajusta a los hechos, podemos hacer un gráfico que indexe los precios de las viviendas (en azul) frente al balance de cuenta corriente (en rojo). El gráfico inferior muestra bastante bien que a medida que se inflaba la burbuja inmobiliaria, la cuenta corriente se hacía cada vez más negativa. Luego la burbuja inmobiliaria y el déficit comercial empezar a desplomarse prácticamente a la vez, al recuperar el sentido común los consumidores estadounidenses (y los inversores extranjeros).


Por supuesto, los modelos e interpretación de Krugman pueden incorporar también la evidencia anterior. Así que comprensiblemente puede decir que no hay razón para aceptar la opinión austriaca por encima de la suya.

Pero puedo apuntar al menos dos episodios en los que el la explicación del “reajuste sectorial” de los austriacos tiene claramente un más poder explicativo que la explicación de la “demanda insuficiente” de Krugman. En concreto, a finales de 2008, Krugman argumentaba que el declive inmobiliario tenía poco que ver con la recesión, porque las últimas cifras de la BLS demostraban que el desempleo a nivel estatal mostraba poca relación con las caídas en los precios de la vivienda en los estados.

Sin embargo, apunté que mirar los cambios año a año en el desempleo a finales de 2008 no era exactamente la mejor prueba. Si mirábamos los cambios desde el momento en que explota la burbuja inmobiliaria, entonces cinco de los seis estados con mayores caídas inmobiliarias estaban igualmente entre los seis estados con los mayores aumentos en el desempleo.

En otra ocasión (el pasado verano) Krugman de nuevo pensó que había dado a la explicación del reajuste un golpe aplastante cuando apuntó que la fabricación había perdido más empleos que la construcción. Apunté que esto tampoco era una prueba válida, porque para empezar la fabricación tenía más trabajadores. Cuando mirábamos los porcentajes de pérdida, entonces se veía que la construcción realmente cayó más bruscamente que la fabricación. Además (y tal y como predice la teoría austriaca) la caída del empleo en la fabricación de bienes duraderos fue peor que en los bienes no duraderos, mientras que la caída en el sector de la venta al por menor fue más ligera que en los otros tres.

Estos eran episodios importantes. Cuando Krugman pensaba que las cifras estaban de su lado, le encantaba poner en entredicho la explicación del reajuste sectorial: pensaba que su propio modelo era perfectamente capaz de explicar la situación como si el declive en la vivienda realmente no tuviera mucho que ver con la agitación en los mercados laborales. Y, como el propio Krugman ha argumentado, si hubiera usado pruebas válidas, entonces los resultados habrían realmente cuestionado la explicación austriaca.

Así que ahora que vemos que los cambios en el empleo realmente se ajustan a la explicación austriaca, deberíamos tener mucha más confianza en que explica al menos una parte importante de la historia. Repito que yo no tenía intención de encontrar datos que se ajustaran a la explicación misesiana y acabé incluyendo ciertos gráficos para hacer trampas. Más bien Krugman pensó que había encontrado una refutación de la teoría, pero resultó que había realizado un mal experimento.

Como fue Krugman quien estableció estos dos retos, es significativo que la teoría austriaca los superara holgadamente. Además es significativo que la propia teoría de Krugman no pueda explicar los cambios sectoriales reales en los mercados laborales. Recuerden que Krugman no se vio en absoluto alterado por los datos cuando pensó (erróneamente) que la burbuja inmobiliaria tenía poco que ver con el problema del desempleo.

Esto es muy importante porque fue Krugman quien notoriamente reclamó (en 2002) y luego defendió (con cautela, en 2006) la creación de una burbuja inmobiliaria.

No realizo un ataque ad hominem o un “te pillé” apuntando esto: es muy significativo que el modelo de Krugman prescribiera una burbuja inmobiliaria como solución al crash de las punto-com, incluso aunque (como hemos visto) el modelo de Krugman sea evidentemente inferior al de la explicación austriaca en lo que se refiere a evaluar la caída de la burbuja inmobiliaria.

Conclusión

No puedo proclamar que la teoría austriaca del ciclo económico contemple todas las características pertinentes de las recesiones modernas. Lo que proclamo es que de una teoría (incluyendo cualquier de los modelos keynesianos de Paul Krugman) que olvide la distorsión de la estructura de capital durante los periodos de auge no podemos esperar en modo alguno que prescribe adecuadamente soluciones políticas tras la crisis.

 

 

Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará Anatomía de la Fed en la Mises Academy este invierno. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action Study Guide, The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal y su nuevo libro Lessons for the Young Economist.

Published Tue, Jan 25 2011 8:23 PM by euribe

Comments

# Charles Plosser, ¿nuestro hombre en la Fed?

Friday, February 18, 2011 10:50 AM by Mises Daily en español

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 17 de febrero de 2011) Traducido del inglés. El artículo