¿Favorecer la libre empresa significa favorecer a los “negocios”?

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 25 de enero de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4998.

 

La retórica política estadounidense parece operar siguiendo un ciclo regular, como un reloj, por eso parece últimamente que estamos reviviendo los años de Clinton.

La historia va así. Una administración demócrata con ideas izquierdistas gana las elecciones, impulsa con fuerza una serie de reformas tontas como una medicina protosocializada, que genera una reacción y por tanto una revisión entre los gobernantes, que entonces viran a la derecha y se hacen “centristas” alabando la gran contribución que hace el sector empresarial a la vida estadounidense.

La mayoría de estos grandiosos cambios (Obama está ahora mismo en medio de uno) son ilusorias y sin sentido, como cambiar el color a un coche que circula en una dirección para hacer creer a la gente que es un coche distinto yendo en una dirección distinta.

Pero lo que más me interesa ahora es la retórica y la forma en que la usa la izquierda. Ésta imagina que se mete en problemas al ser vista como demasiado progubernamental y no suficientemente a favor de los “negocios” en el sentido en que entiende este término. Y así se produce el cambio cuando descubre expresiones como “sector privado” e incluso palabras como “capitalismo”.

Todo es superficial y estos cambios sugieren que la izquierda acepta una caricatura del capitalismo: la creencia de que es el sistema que favorece a los mayores y más establecidos propietarios de capital en la sociedad. Así que cuando las cosas empiezan a ir mal con una agenda socialista, buscan a los líderes corporativos en nombre de convertirse en amistosos con la libre empresa.

Vean el patético intento de Obama de contactar con los negocios. La administración afirma que está revisando las regulaciones para encontrar aquéllas en las que los costes superan a los beneficios. Bueno, podríamos hacer aquí algunos progresos convirtiendo a los Departamentos de Energía, Educación y Trabajo en recintos deportivos, pero no es eso lo que la administración tiene en mente. En su lugar, vayan a Regulations.gov y comenten, si pueden entenderlo. Yo tropecé con una queja que parece habitual (un tinglado gigante acerca de actualizaciones en la energía local) pero no cabe duda de que este sitio es más una espita de seguridad que un orden de trabajo.

Obama tiene además una cosa nueva que estableció en la Casa Blanca llamada el Consejo sobre Trabajo y Competitividad, y esto se supone que representa su nuevo centrismo. ¿Y quién lo va a encabezar? No el propietario de la tienda de muebles de cocina de la esquina en mi barrio sino Jeff Immelt, el presidente de General Electric, entre todas las personas posibles. Y esto se supone que indica un nuevo giro a la administración.

Los asesores de Obama imaginan que su imagen se ha visto manchado por la impresión de que está demasiado a favor del gran gobierno (Ummm, ¿de dónde ha salido eso?) y por tanto es el momento de hacer el Clinton y triangular siendo pro-negocios y de aquí este nuevo consejo y nuevo nombramiento.

Sí, es una mentira a muchísimos niveles. Aquí el primer gran error es el hábito mental de tienen muchos de que pensar que gran gobierno y grandes empresas son cosas opuestas. Toda la historia de Estados Unidos desde el inicio hasta el presente sugiere precisamente lo contrario. De Alexander Hamilton a Goldman Sachs, una revisión cuidadosa de la historia demuestra que no ha habido ninguna gran expansión del gobierno que no haya apoyado algún sector de los grandes negocios con presiones y financiación.

¿Quién ganaba con el mercantilismo del siglo XIX? ¿Quién resultaba beneficiado en el socialismo de guerra de Woodrow Wilson? ¿Quién fue el mayor poder detrás de la disciplina económica del New Deal? ¿Qué sectores de la vida estadounidense triunfaron como bandidos durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría y la regulación de la atención médica y los entornos de trabajo estadounidenses en las décadas de 1960 y 1970? Sin excepción, la élite corporativa estaba detrás de cada impulso para expandir el estado leviatán.

La historia del siglo XIX ha sido documentada cuidadosamente por Thomas DiLorenzo. Murray Rothbard ha revelado el papel de los negocios en la Primera Guerra Mundial. El periodo de posguerra a través del New Deal fue documentado por Butler Shaffer en su gran libro In Restraint of Trade. El tinglado del New Deal fue desenmascarado meticulosamente por John T. Flynn. La Guerra Fría y posterior se mostraron como radicalmente pro-negocios en Hacia una nueva libertad, así como en las excelentes obras de Robert Higgs. Y esto es solo en el caso de EEUU: ha sido cierto en todos los países en que la libre competencia se ha visto atacada por intervenciones del estado.

Hay muchas piezas en el rompecabezas que uno debe comprender para ver por qué es así. Las grandes empresas tienen un fuerte interés en aplastar a las estrellas nacientes de cualquier manera posible. En un mercado libre, lo hacen mediante mejores productos a mejores precios. Pero es una vida llena de adversidades. La lucha por mantenerse en lo alto de esta competencia consume todas las energías. Los beneficios se ven siempre amenazados de formas inesperadas. La parte de mercado nunca está realmente segura. El capitalista en este sistema se siente como un esclavo de los consumidores y siempre hay otro emprendedor por ahí con una mejor idea a vender. Ni siquiera la empresas gigantes pueden estar seguras de poder aguantar.

En una economía mixta, el propio gobierno se convierte en una ocasión para el pecado. Los capitalistas están encantadísimos de abandonar la competencia y alcanzar los resortes del poder. ¿Y para hacer qué? Para otorgar favores, privilegios, seguridad, protección frente al fracaso y, esencialmente, para atrofiar la competencia imponiendo costes empresariales que ellos ya hayan absorbido a sus competidores menos lucrativos.

Así es como se impusieron las obligaciones de salario mínimo y sanidad y todas las formas de regulación a todo el sector empresarial: es un movimiento táctico de los participantes dominantes. Pasa lo mismo con las agencias regulatorias, que raramente hacen un movimiento sin la presión y la consulta de los intereses de los negocios.

Antitrust es el caso clásico (protegiendo a las grandes empresas frente a la competencia) pero también es cierto en obligaciones laborales, sanitarias, medioambientales y todo los demás. Es cierto en patentes, grandes inflaciones, impuestos más altos, condiciones obligatorias del puesto de trabajo, regulaciones de productos de consumo y todo lo demás. Todos son mecanismos para cartelizar el mercado a favor de los grandes participantes, mientras que la retórica acerca del hombre pequeño es solo la excusa política.

Un libro que me dejó absolutamente anonadado fue escrito por Ludwig Erhard, el gran reformador, influido por Mises, de la economía alemana de posguerra, un apasionado opositor al estado intervencionista y un hombre que merece prácticamente todo el mérito del llamado milagro experimentado por Alemania tras la guerra. El libro es una argumentación paciente pero convincente a favor de la libre competencia y un ruego para abandonar la cartelización del tiempo de guerra, de la que el sector empresarial alemán se benefició poderosamente. El libro es estupendo por sí mismo, pero es mucho más interesante la audiencia buscada: no los consumidores, no los intelectuales, no los votantes, sino los mismos negocios, pues Erhard sabía lo que tantos otros parecían no saber, que el sector empresarial estaba entre los menos probables favorecedores del libre mercado. Era este sector más que ningún otro el que necesitaba escuchar el mensaje.

Y esto se hace transparentemente evidente en el caso de General Electric, que está tan entremezclada con el gobierno como lo estaba en su día la Compañía de las Indias Orientales. El propio Immelt es un buen ejemplo: no es un defensor de la libre empresa sino más bien un defensor entusiasta de la regulación, las subvenciones a las energías verdes, las altas barreras regulatorias en la energía, un comercio no libre sino dirigido a la exportación y un ruidoso defensor de la reglamentación en general en la medida en que las intervenciones acaban beneficiando a su empresa. Este tipo encuentre un hogar acogedor en los aledaños del poder, impulsando todo tipo de políticas que el estado amará.

Pero volvamos al nuevo “centrismo” de Obama. Lo que me confunde es que una triangulación de la izquierda de ese tipo pueda engañar a alguien. La izquierda idealista esta indudablemente preocupada por el nuevo giro de Obama, pero ¿es esa gante realmente tan ingenua como para creer que exista algo así como un gran gobierno que esté de alguna forma inmaculado por el respaldo de las grandes empresas? Respecto de los republicanos de las cámaras de comercio, ¿pueden realmente ser engañados a creer que esos movimientos generarán una nueva simpatía por parte de Obama con los intereses del sector privado?

Mises escribió en su inspirador libro Liberalismo (aún la biblia de la libertad después de todos estos años) que la libertad no es estar a favor del sector de los negocios: a menudo el sector de los negocios es el más fuerte y rico opositor a la libertad.

¿No aprendimos esto durante la sucesión de rescates de Bush/Obama, todos diseñados para privatizar las ganancias de las grandes empresas y socializar sus pérdidas? Estos rescates no tienen nada en absoluto que ver con la estabilización macroeconómica o con el interés general de la sociedad: se trataba de saquear a la sociedad para favorecer a los grandes bancos y empresas como General Motors y AIG, de proteger a los amigos del estado de las tretas de un cambio del mercado.

Mises continúa hablando de la tragedia del liberalismo. Como doctrina, no se ve favorecida por ningún interés especial y ciertamente ningún partido político. Sin embargo  interesa a toda la sociedad a largo plazo: se hecho es la fuente de la civilización. Es por esta razón por la que Mises creía que el liberalismo necesita defensores dedicados a todos los aspectos de la vida. De otra forma, acabaremos con ciclos eternos de falsos cambios como los que observamos mirando la historia de todos los presidentes después de las elecciones de mitad de legislatura.

 

 

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

Published Wed, Jan 26 2011 7:04 PM by euribe