Una cultura del miedo

Por Jonathan M. Finegold Catalan. (Publicado el 30 de agosto de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4644.

 

Tras el colapso de la Unión Soviética, el portavoz soviético de exteriores Gennadi Gerasimov advirtió a Estados Unidos: “Les hemos hecho la cosa más terrible que podíamos hacerles. Les hemos privado de un enemigo”.

Durante casi medio siglo, la esquiva amenaza que suponía la Unión Soviética conformó la base de la política exterior e interior estadounidense. Buena parte del desarrollo político y económico de Estados Unidos era de hecho un producto de la explotación de una supuesta amenaza soviética. Gerasimov entendía que la caída de la Rusia comunista denegaba al gobierno estadounidense la capacidad de explotar el miedo al marxismo en su propio beneficio. Era como si el gobierno estadounidense hubiera perdido su razón de ser.

Estados Unidos tiene una larga historia de explotar el miedo para legitimar su crecimiento. Las actuales generaciones de ciudadanos estadounidenses son testigos directos de más de ocho décadas de dicha explotación. En la Gran Depresión, el gobierno utilizó el miedo al capitalismo para legitimar un crecimiento nunca previsto del tamaño de la burocracia federal. Según pasaba la Depresión, la incapacidad del estado de volver a la prosperidad llevaba al escepticismo público. Así que el gobierno trasladó rápidamente su foco a la amenaza que suponían Japón, Alemania y sus aliados. Tal vez sea más relevante para los estadounidenses actuales el miedo al comunismo perpetuado a lo largo de la Guerra Fría. No menos de dos guerra se justificaron por este anticomunismo, así como la represión política y una expansión radical de la burocracia y el complejo industrial militar.

Como sugería Gerasimov, la caída de la Unión Soviética dejaba al gobierno de EEUU sin una justificación para su existencia. El estado ya no disfrutaba de una amenaza dominante con la que distraer a las masas mientras crecía en tamaño.

Por desgracia esta situación no duró mucho. De hecho, la pasada década fue testigo del desarrollo de un abrumador miedo estadounidense al terrorismo. Los estadounidenses han permitido apáticamente la represión de sus libertades en nombre de una causa mayor (una causa, paradójicamente, justificada como una misión para preservar las libertades estadounidenses).

Aunque el apoyo al imperialismo estadounidense, también llamado “contraterrorismo”, ha menguado recientemente, el gobierno está ahora reforzando su legitimidad interviniendo de nuevo en nombre del hombre común contra el sistema capitalista. Por este medio la burocracia de Estados Unidos continúa creciendo prácticamente sin obstáculos y la libertad individual necesariamente ha disminuido.

La autoridad de nuestro gobierno se basa en la idea de que solo el estado puede proteger al pueblo estadounidense de los vicios de la avaricia y las ideologías opuestas. El estado disfruta con la creación de una falsa dicotomía entre la ruina sin estado y la prosperidad inducida por el estado. La relación real está sin embargo bastante clara: el propio estado es realmente la mayor amenaza para el pueblo.

La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial

La Gran Depresión fue testigo de una de los más tempranos aumentos a gran escala del poder federal en el siglo XX en la historia estadounidense. El estado, tratando de encontrar una cabeza de turco para el desastre, fue rápido en demonizar el capitalismo y la avaricia irracional como los culpables tras la drástica depreciación del nivel de vida general. Las solución era la benigna intervención del gobierno, garantizando a trabajador un salario vital y prometiendo progreso y crecimiento a través de la gestión centralizada. El miedo al desmoronamiento económico, la pobreza y la miseria llevaron al pueblo estadounidense a ignorar en buena medida o incluso permitir y aceptar el crecimiento de la burocracia.

Poco interesado en tener cualquier oposición, el estado o bien compra a políticos disidentes o purga a quienes se interponen en el camino del sistema, en la mayoría de los casos a través del uso del recién creado servicio de Hacienda.[1] Al tiempo que apuntaba a los males causados por los empresarios libres y sin ataduras, Hoover se convirtió en el mayor gastador en tiempo de paz de la historia del país; Roosvelt avergonzó más tarde a Hoover con un gasto fiscal aún mayor. A pesar de los grandes programas de gasto y el rápido crecimiento burocrático, ninguno de ambos presidentes acabó con éxito con la depresión.

La fracasar en estimular a Estados Unidos para salir de la depresión, el gobierno estadounidense necesitaba desesperadamente un nuevo enemigo para distraer la atención del país. El auge de Adolf Hitler en Europa y la creciente amenaza del imperialismo japonés en el Pacífico ofrecían a Roosevelt el objetivo perfecto. La intervención en Europa estaba justificada no solo para ayudar a los británicos u oponerse al fascismo alemán. El gobierno creó entonces un cultura del miedo.

Se distribuyeron por todas las ciudades estadounidenses pósters de propaganda mostrando botas alemanas aplastando iglesias estadounidenses de pequeños pueblos o fuerzas invasión germánicas aproximándose a Nueva York. Otro póster retrataba a alemanes y japoneses amenazando ominosamente Estados Unidos, uno con una pistola y otro con un puñal ensangrentado, con la leyenda: “¡Nuestros hogares están ahora en peligro!” La administración Roosevelt dejaba claro que las intenciones de las potencias del Eje eran amenazar las libertades de los estadounidenses propiamente dichas.

Crear una amenaza era necesario si Roosevelt quería persuadir a las palomas no intervencionistas, muchas de las cuales seguían salpicando la burocracia. De hecho, tras la Primera Guerra Mundial solo una amenaza directa podía justificar la implicación estadounidense en una nueva guerra europea. Para esto, la administración Roosevelt se las arregló no solo para realizar una gran campaña de propaganda, sino también para persuadir a los japoneses con una clara provocación.

La campaña de escalada de la administración Roosevelt hacia la guerra culminó con el ataque japonés a Pearl Harbor y una serie de otros activos territoriales estadounidenses en el Océano Pacífico. Un ataque directo a Estados Unidos ofrecía toda la justificación necesaria para intervenir  tanto en el Pacífico como en Europa. El resultado fue una guerra en dos escenarios, costando a Estados Unidos cerca de 300.000 vidas (y muchos más heridos) y dejando a Europa y Japón casi completamente destrozados. Entretanto, el estado estadounidense continuaba creciendo en tamaño, poder y capacidad.

El anticomunismo y la Guerra Fría

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética reemplazó a las derrotadas potencias del Eje como la mayor amenaza a la libertad de Estados Unidos. La Rusia soviética era nada menos que el corazón y origen del comunismo global. Infectaba buena parte del Asia Oriental, incluyendo Corea del Norte, China y Vietnam. El Ejército Rojo suponía una amenaza directa a la libre y capitalista Europa Occidental y, en realidad, al mundo en general. La amenaza soviética percibida ofrecía la justificación para la Guerra Fría, que se produjo entre 1946 y 1991. En el periodo entre 1946 y 1991 los estadounidenses vieron muy posiblemente la mayor expansión de la burocracia en el gobierno de EEUU (paradójico para un país supuestamente centrado en luchar contra el comunismo).

El miedo al comunismo justificó la implicación estadounidense en dos grandes guerras: Corea y Vietnam. Justificadas o no, ambas guerras tuvieron grandes consecuencias respecto del crecimiento del estado.

La primera de estas dos grandes guerras se produjo en Corea entre 1950 y 1953. La Guerra de Corea marcó el final de movimiento anti-intervencionista en el gobierno de EEUU. La desmovilización tras la Guerra Mundial resultaba excesiva para un país que trataba de enfrentarse al marxismo global. La invasión de Cora del Sur por parte de Corea del Norte a mediados de 1950 pilló a Estados Unidos, en medio de dicha desmovilización, bastante poco preparado para una nueva guerra. El gobierno de EEUU estaba determinado a que no se le volviera a encontrar desprevenido y los años que siguieron al fin de la Guerra de Corea fueron testigos del desarrollo del complejo industrial militar estadounidense y el fundamento de un ejército permanentemente en pie de guerra.

La Guerra de Corea confirmó una nueva era de militarismo, en la que Estados Unidos estaba listo y dispuesto a intervenir en nombre del anticomunismo (o al menos bajo el velo del anticomunismo). Formando poderosos bloques de alianzas a lo largo del mundo, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se preparaban para la inevitable confrontación: la “Tercera Guerra Mundial”.

El miedo a la inevitable guerra y la consecuente explotación de dicho miedo por el estado, llevó a la creación un complejo industrial militar que se expandió rápidamente. Un creciente ejército requería armamentos, generando el agrandamiento de una industria permanente de material de guerra. Dada la naturaleza pública de este mercado concreto, no es sorprendente que pronto se delegara en un sistema en que las empresas cabildearían directamente al gobierno para firmar contratos y en el que la empresa con más amigos en el gobierno era la que normalmente ganaba. El establecimiento de una red de favoritismos llevó directamente a una situación en la que los políticos justificaban apropiadamente distintos programas militares solo para necesitar la continua producción de suministros bélicos. A medida que crecía en tamaño el complejo industrial militar, se hacía tan importante que los políticos solo necesitaban apuntar a la gran cantidad de trabajadores que empleaban para justificar su existencia. De hecho, es la forma en que subsiste el complejo industrial militar en este mismo momento. Es una reliquia de la Guerra Fría.

El gobierno explotaba sistemáticamente el miedo al comunismo para atender a las necesidades de los burócratas individuales. El más conocido es el caso del macarthismo. El Senador Joseph McCarthy utilizó ingeniosamente el miedo al comunismo para desacreditar a sus oponentes políticos y protegerse de las críticas. Como método de censura tenía en su lista negra a cientos de personas, la mayoría relacionadas con la industria del espectáculo. Aunque la purga del Senador McCarthy representó un caso extremo, que acabó a finales de la década de 1950, el ardiente anticomunismo patrocinado por el estado no disminuyó.

Los orígenes de la segunda gran guerra anticomunista de Estados Unidos, la Guerra de Vietnam, se planteó firmemente a mediados de la década de 1950, con la disolución de la Indochina francesa en dos Vietnam independientes. Mientras el Norte caía bajo un gobierno comunista, el Sur se consolidaba bajo el brutal liderazgo de Ngo Dinh Diem. El Sur, firmemente anticomunista, inmediatamente apuntalado por el apoyo fiscal y militar de la administración Eisenhower.

El brutal método de gobierno del régimen de Diem, incluyendo la esclavitud y las ejecuciones, desencadenó el inicio de la insurgencia del Viet Minh. Estados Unidos respondió declarando un apoyo inquebrantable al Sur (no fuera que Estados Unidos perdiera aún más prestigio dada la debacle de Bahía Cochinos y la erección del Muro de Berlín en Alemania). En 1963, se desplegaron 16.000 efectivos estadounidenses en Vietnam. Estos aumentaron hasta varios cientos de miles en los siguientes dos años.

Aunque la Guerra de Vietnam resultó ser un absoluto desastre, su legado más duradero no fue la revolución cultural contra el estado que desencadenó en Estados Unidos. Más bien, a pesar de la creciente oposición a la guerra, se las arregló para acabar solidificando la capacidad de la burocracia de hacer la guerra sin una declaración del Congreso (a pesar de la Resolución de Poderes de Guerra, que supuestamente significaba invertir los poderes extremos otorgados a la presidencia por la Resolución del Golfo de Tonkin). Esto hizo mucho más fáciles de organizar los futuros esfuerzos de guerra, llevando a una serie de operaciones militares durante la década de 1980, incluyendo Granada y Panamá.

Mirando atrás, especialmente para quienes no tengan recuerdos de la época, es bastante difícil comprender la cultura del miedo impuesta por el estado. A través de la explotación del miedo público al comunismo, Estados Unidos legitimó el complejo industrial militar, instigó cortas purgas anticomunistas, entró en dos guerras importantes (y muchas más pequeñas) y apoyó varias dictaduras brutales a lo largo del mundo. Al final, la Unión Soviética cayó sin disparar un solo tiro consecuencia del odio entre ella y Estados Unidos. No se produjo ninguna guerra mundial. El comunismo no cayó por la espada, sino por sus propias contradicciones internas.

Paradójicamente los perdedores de la Guerra Fría fueron los ciudadanos del “mundo libre”, quienes al estar ciegos ante el gran crecimiento del gobierno fueron esclavizados por sus propios “protectores”: El portavoz soviético de exteriores Gerasimov advertía al gobierno estadounidense del gran daño que los soviéticos habían infligido al derrumbarse. La esclavitud patrocinada por el gobierno perdió súbitamente su principal justificación.

Terror

Tras la caída de la Unión Soviética, pronto apareció la nueva pieza central de la creación de miedos del gobierno. Una serie de bombas menores en la década de 1990 y finalmente el horrible ataque al World Trade center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 confirmaron el reemplazo de la Unión Soviética: el terrorismo global.

La nación se vio barrida por un frenesí de terror. Como el comunismo antes, la esquiva amenaza del terrorismo justificó dos guerras y numerosas infracciones a los derechos individuales de los ciudadanos estadounidenses. La administración Bush realizó dos invasiones militares con dos años de diferencia entre ambas: Afganistán e Iraq. Ambas guerras se hacían supuestamente para proteger a los estadounidenses de la supuesta amenaza del terrorismo global.

Se argumentó, igual que hoy, que el terrorismo suponía una amenaza para las libertades individuales estadounidenses. Aún así, la mayor amenaza a la libertad estadounidense resultó ser, no los terroristas, sino el mismo gobierno que supuestamente protege a los estadounidenses. De hecho, en los años que siguieron a los ataques del 11 de septiembre, la administración Bush perpetró algunas de las infracciones más severas sobre los derechos individuales desde la administración Roosevelt. Entretanto, Al-Qaeda no ha amenazado hasta ahora seriamente a Estados Unidos.

Además, las invasiones de Iraq y Afganistán dejaron a Al-Qaeda virtualmente intocada. Aunque Afganistán supuestamente acogía al cabecilla de Al-Qaeda, Osama bin Laden, Al-Qaeda ya estaba ampliamente dispersa a lo largo de otros países. Y por supuesto Iraq no tenía ninguna relación significativa con Al-Qaeda.

Nuevas herramientas de represión

No es sorprendente que las dos guerras en Oriente Medio hayan afectado a la confianza de la gente en el estado. El apoyo al intervencionismo continuado en el exterior continúa desvaneciéndose, mientras queda claro que ninguna de las guerras tiene mucho que ver con el terrorismo global o la protección de las libertades estadounidenses. Sin embargo el estado de nuevo a cambiado la política para ocuparse del cambio en la opinión pública.

El miedo al terrorismo ha sido reemplazado en general por la supuesta amenaza del capitalismo y los espíritus animales. La amenaza vuelve a ser la avaricia y, como es habitual, solo hay una solución: abrazar el estado. Naturalmente, las masas han caído de nuevo en esta apelación al miedo. Sin intervención del gobierno, alega el régimen, el país caería en una espiral de pobreza y desgracia. La gente, que de otra forma sería libre, se encontraría como los esclavos oprimidos del libre mercado.

El gobierno prospera creando estas falsas dicotomías: guerra o invasión, anticomunismo militante o revolución comunista global, intervencionismo económico o miseria económica. Ofrece a las masas dos alternativas: utopia o infierno. Una, afirma, solo puede ofrecerla el estado, mientras que la otra es el producto de una sociedad desprotegida y anárquica. Estos miedos ilógicos han tendido a triunfar sobre la razón y el gobierno continúa creciendo sin control.

Un siglo de guerra, corrupción, intervencionismo e inflación no ha conseguido disuadir a la gente para que acepten apáticamente el crecimiento del gobierno. Este fenómeno tal vez pueda explicarse advirtiendo el rechazo colectivo de la razón y la lógica, extendido por el sistema por las files de intelectuales y académicos que aceptan voluntariamente esta transición al irracionalismo. Sea la razón que sea, la expansión burocrática ha quedado prácticamente sin oposición.

Por suerte, el reciente desmantelamiento, por medio de Internet, del monopolio del estado sobre la educación ha permitido la formación de bolsas de resistencia. Éstas representan el desarrollo de una contrarrevolución liberal a la actual cultura dominante de la estadolatría, una vuelta a la razón. Sin embargo antes de que pueda establecer un movimiento así, debe disiparse la cultura del miedo creada por el gobierno. El hombre no debe permitirse caer presa de la explotación de sus emociones por el estado. El hombre debe, de nuevo, reconocer la falibilidad del estado y la disponibilidad de otras opciones.

 

Jonathan Finegold Catalán vive en San Diego  y estudia economía y ciencias políticas. Escribe en el blog economicthought.net


[1] Burton Folsom Jr. (2008), New Deal or Raw Deal? How FDR's Economic Legacy Has Damaged America (Nueva York: Threshold Editions), pp. 146-167.

Published Thu, Feb 17 2011 7:17 PM by euribe