El pueblo libio contra Muammar Gaddafi

Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 21 de febrero de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5063.

 

Vivimos en una nivela de Orwell, así que no se espera que nadie recuerde la guerra del Presidente Ronald Reagan contra Libia en 1986. Tanto Reagan como su vicepresidente, Bush, estuvieron en televisión diariamente para condenar a Libia como estado terrorista gobernado por un infame dictador, el coronel Muammar Gaddafi. La campaña de bombardeos de EEUU era supuestamente una represalia por la supuesta implicación libia en un ataque a una discoteca alemana el año anterior.

Indudablemente, Gaddafi era el Hitler del momento. Hannah, la hija adoptiva de 15 años de Gaddafi, murió y sus dos hijos fueron heridos. ¿A quién le importó? A casi nadie, porque la demonización era intensa e implacable. Camisetas en todo el país rezaban “Jo… Gaddafi” y escuchamos de todo acerca de su locura personal y el infame despotismo que ejercitaba sobre su propio pueblo.

Luego, con el tiempo y como siempre, la campaña se acabó y todos acabaron olvidando al nuevo Hitler y su país, igual que los estadounidenses olvidan a cualquier país con el que no estén en guerra.

Pasaron las décadas. La siguiente vez que oímos de Gaddafi fue en 2003. El presidente Bush se unió a Tony Blair para alabar a Libia por desmantelar un programa de armamento. Parecía que Gaddafi había pasado de ser Hitler a ser un gallardo defensor de la guerra contra el terrorismo. Y así ha quedado. El coronel estaba confortablemente al mando y disfrutaba de una cálida relación con sus nuevos amigos en Washington y Londres.

Así que fue una especie de sorpresa descubrir el hecho de que en realidad Libia estaba gobernada por un dictador vitalicio que, como Mubarak y todos sus colegas dictadores apoyados por EEUU del norte de África y los estados del Golfo, estaba dispuesto a  matar a cientos y miles con el fin de mantener su gobierno.

La violencia contra los manifestantes contra el gobierno ha sido terrible. Los militares libios han matado a cientos de personas, disparando no solo contra manifestantes pacíficos sino asimismo contra gente que atendía procesiones funerales en honor de los muertos. Se ha herido al menos a 800 personas y la sangre sigue corriendo. Más tarde el coronel echó mano de las grandes armas, derribando el mundo moderno al bloquear Internet y todas las comunicaciones dentro y fuera del país, como si fuera un interruptor de emergencia. Los manifestantes afirman que no hay vuelta atrás, que este hombre que ha gobernado el país desde 1969 debe irse. Y sin duda debe hacerlo y lo hará.

Si volvemos a Reagan en 1986, podemos ver que se estableció algo parecido a un precedente para la política exterior de los Estados Unidos tras la Guerra Fría. No fue una guerra como tal. Era un bombardeo ordenado solo por el presidente de EEUU. Estaba usando la violencia militar e internacional al servicio de una prioridad política determinada por el poder ejecutivo.

Tampoco era necesariamente ideológica. Se utilizaba con la supuesta intención de aplicar de alguna forma justicia contra crímenes cometidos y prevenir crímenes futuros por parte del mismo estado. Era la misma idea que se iba a usar solo unos pocos años más tarde contra Iraq y que ahora constituye toda la teoría de política exterior de la guerra contra el terrorismo. Mirando atrás, ahora parece evidente que no funcionó contra Libia, pues el monstruo que estaba a cargo entonces lo está ahora, utilizando el terror contra su propia gente y en apoyo de su propio gobierno de puño de hierro.

De hecho el resultado es a menudo el contrario. Un bombardeo u otro ataque de EEUU sobre un país puede poner al pueblo tras el líder, como lo ha hecho durante décadas en Cuba. Lo mismo ocurrió en Iraq en la década de 1990, cuando las sanciones respaldadas por EEUU acabaron envalentonando al gobierno y unificando el país.

Las manifestaciones que azotan el mundo árabe muestran otra cosa. Los ciudadanos de estos países están tomando en sus manos su destino, como debería ser, y no esperando a que otros los liberen. Es muy posible que los ciudadanos libios acaben derrocando al dictador que Reagan no derrocó (y a quien sus sucesores acabaron apoyando).

Una de las grandes sorpresas que han recibido los estadounidenses este año ha sido descubrir, tal vez por primera vez, que Estados Unidos desde hace tiempo viene manteniendo su propio bloque de dictaduras satélite en muchas partes del mundo. Igual que la Unión Soviética tenía sus “naciones cautivas”, también Estados Unidos tiene su propia colección de valientes aliados que son tan malvados y opresivos con sus propios pueblos como las dictaduras comunistas del pasado.

Los estadounidenses descubrieron esto solo recientemente debido a la ola masiva de manifestaciones en todo el mundo árabe. Libia es un ejemplo. Pero también están Egipto y Túnez, Yemen, Jordania y Marruecos, Djibuti y otros estados (tal vez también Arabia Saudita y los EAU también). En cada caso, un gobierno pagado y controlado por Estados Unidos se enfrenta a una población harta de violaciones de derechos humanos, opresión, retraso económico, injusticia y ataques a la libre expresión y la libertad de movimientos.

Hay una tendencia en Estados Unidos a atribuir toda la revolución a una especie de antiamericanismo o fundamentalismo musulmán, aunque hay pocas evidencias de todo eso. Si escuchamos los discursos y las voces de los jóvenes, lo que oímos son las ideas de 1776. Es el lenguaje de los derechos humanos universales, el propio credo estadounidense.

Lo amargo del caso para la mayoría de los estadounidenses es el mismo descubrimiento de que nuestro gobierno se ha impuesto desde hace mucho sobre un grupo de estado clientes tan crueles y cerrados que el pueblo no tiene otra alternativa que salir a la calle en masa, arriesgando la vida y la integridad física para deshacerse del faraón.

Es un hecho: esta gente odia a los tiranos. También es un hecho que son “nuestros” tiranos. Su misma existencia muestra la enorme hipocresía de la política exterior de EEUU.

Dios bendiga a estos manifestantes. Están perdiendo sus cadenas. Están cambiando el mundo árabe (y todo el mundo) desestabilizando y echando a los dictadores. No solo lo están haciendo sin ayuda de EEUU. Lo están haciendo a pesar del apoyo de EEUU a los dictadores a los que se oponen.

Estas revoluciones pueden significar más que la eliminación de los déspotas: pueden acabar eliminando la política y el imperio despóticos con cuartel general en Washington DC. ¿Quieren unirse a mí en la calle?

 

 

Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State

Published Mon, Mar 7 2011 7:30 PM by euribe