La reforma de Fannie y Freddie: Demasiado poco y demasiado tarde

Por David S. D’Amato. (Publicado el 3 de marzo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5060.

 

Al inicio de febrero, en medio del clamor contra el presupuesto de Beltway y antes de la declaración de ayer de Bernanke, el Tesoro envió un informe al Congreso anunciando esfuerzos para “rebajar” Fannie Mae y Freddie Mac. El informe, aunque notablemente falto de detalles, adelanta tres alternativas para reducir el papel de las dos compañías respaldadas por el gobierno, ninguna de las cuales ha recortado en la práctica el papel del estado en el mercado inmobiliario. Sea cual sea el camino que decida tomar el Congreso, se dejan sin modificar los problemas fundamentales que aquejan al marco actual y causaron la burbuja inmobiliaria (y la calamidad financiera resultante).

A pesar de todos los panegíricos familiares y solemnes sobre la “privatización” y una presencia reducida del estado, los atributos culpables de nuestro colusivo sistema de estado corporativo no van a ninguna parte.

Fannie y Freddie, claramente las partes predominantes en el mercado inmobiliario de EEUU, son solo elementos en el esquema estatista que creó el colapso. Son parte de un complejo de intervenciones en el ingrediente más importante es el Sistema de la Reserva Federal.

El desastre originado por las manipulaciones del mercado inmobiliario por parte del estado (uno que genera cambiar enormes franjas de terreno de gente normal a bancos conectados políticamente) era a la vez previsible y explicable por la teoría económica austriaca del ciclo económico. Aunque las explicaciones confusas predominantes de lo “público” y lo “privado” han servido para consolidar una fe errónea en el estado, las enseñanzas de Mises y Rothbard exponen las realidades políticas tras estos acontecimientos.

Eliminando del mercado la enrome voracidad de Fannie y Freddie, aunque sea un paso en la dirección correcta, difícilmente será una panacea para las dificultades económicas actuales. Como las raíces del problema son sistémicas, afectando a todos los aspectos del orden económico estadounidense, las soluciones también tendrán que ser integrales.

Toda la estructura del sistema bancario estadounidense, incluyendo el mercado de préstamos hipotecarios a viviendas, depende de las intervenciones de la Reserva Federal. Aunque tienen lugar en buena parte fuera de la vista, son intrusiones importantes. El que la Fed esté tan ajena a la evaluación o el debate, el que sea casi universalmente alabada como institución vital, sugiere lo que Adolf Hitler llamaba “la gran mentira”. “En la gran mentira”, decía, “hay siempre cierta fuerza de credibilidad, porque las amplias masas de una nación son siempre más fácilmente corrompidas en los niveles más profundos de su naturaleza emocional que consciente o voluntariamente”. Así que cuando Ron Paul pide el fin de la Fed o los economistas de la Escuela Austriaca demuestran los defectos congénitos de la banca de reserva fraccionaria, sus declaraciones se consideran como la peor de las apostasías.

Fannie y Freddie, lejos de ser los únicos malhechores de la crisis, operan con los mismos lamentables principios económicos con los que funciona y opera la Fed. Al desarrollar “el modelo básico del ciclo económico” en The Mystery of Banking, Rothbard explicaba que el primer paso ocurría cuando “la expansión del crédito bancario aumenta los precios y causa una aparente situación de auge”. Fannie y Freddie, aunque nominalmente “privadas”, gestionaban públicamente empresas en el momento de la crisis y se les animaba con su aislamiento del riesgo real a invertir en viviendas a un nivel que un mercado libre nunca hubiera aguantado.

En el consumado ejemplo de “préstamos predatorios” que la izquierda siempre censura, Fannie y Freddie financiaron compras de viviendas a niveles exagerados. Los grandes bancos y empresas hipotecarias, felices de aprovecharse del mercado engordado del crédito, aparentemente nunca observaron la precariedad del auge: en su lugar, mandaron nuevas hipotecas a Fannie y Freddie, obteniendo un flujo de dinero para repetirlo y dar nuevos préstamos. No importaba mucho a los bancos si Fannie y Freddie podían permitirse comprar las nuevas hipotecas, ni si todas estas compras de casas incluían “buenos riesgos”.

En un mercado libre genuino, los inversores habrías reconocido las hipotecas devoradas por Fannie y Freddie como lo que eran y sus precios habrían reflejado esos juicios. La suposición que justificaba la implicación de Fannie y Freddie en el mercado inmobiliario era que, aunque los beneficios de ambos estaban “privatizados”, el estado era en definitiva el garante frente a pérdidas: las pérdidas podían descargarse en el público. Y ha había muchísimas pérdidas para los grandes bancos y Fannie y Freddie, todas las cuales (como se prometió) fueron impuestas a los contribuyentes ordinarios a través de los rescates.

La burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, en lugar de expresiones de un mercado libre, fueron el resultado de una loca intervención del estado que llevó a algunas de las más descaradas ayudas a empresas en la historia de EEUU. Entretanto, el gobierno federal anunciaba su imprudente aval a Fannie y Freddie con un lenguaje que recurdaba a la “sociedad de interesados”, prometiendo a todos el cumplimiento de sus propios sueños sin salida.

Pero cumplir los sueños del ciudadano medio está lejos de ser el objetivo principal del estado. Este hecho queda claro cuando prestamos un poco de atención a los ganadores y perdedores del vertiginoso juego de la ruleta inmobiliaria y examinamos los frutos de la intromisión del estado en el mercado inmobiliario, desde el rescate de los participantes del establishment “demasiado grandes para caer” a la preponderancia de los carteles de ejecución hipotecarias.

Al ocupar ese espacio ambiguo e indeterminado de la empresa cuasipública patrocinada por el gobierno, podría pensarse que Fannie y Freddie transgreden la supuesta gran división dentro de la vida económica estadounidense: el golfo que separa los sectores “público” y “privado”. Sin embargo esa frontera está mucho menos definida de lo que el discurso ortodoxo no hace creer. En áreas concretas y altamente cartelizadas de la economía, apuntaba Robert Higgs en Against Leviathan, “las líneas que separan el sector público del sector privado se han borrado casi completamente e incluso donde parecen permanecer (…) la apariencia tiene poca solidez”.

Los críticos de os planes para eliminar gradualmente a Fannie y Freddie han argumentado que dejar la financiación de las hipotecas al sector privado augura aún más fallos del “mercado”. Pero el sector nominalmente privado de la economía del estado es decididamente distinto del verdadero mercado libre que defiende la Escuela Austriaca.

La banca central, esa fuerza desastrosa que hizo posibles Fannie y Freddie e infló la burbuja, es la estrella polar alrededor de la que orbita todo el universo financiero. La alusión de Geithner a la “reforma”, por tanto, sea lo que sea que signifique para Fannie y Freddie, no anuncia el tipo de cambio radical que imaginan no sus críticos ni sus defensores. Incluso si Fannie y Freddie se reforman o eliminan por completo, la Fed con sus garras en la oferta monetaria y su control de los tipos de interés, producirá males financieros como en la crisis más reciente.

Rothbard calificó al aumento de la oferta monetaria de la Fed como “un impuesto oculto fraudulento”. Reconocía (como pocos) que la Fed “explotaba a algunos en beneficio de otros”. Estaba meridianamente claro para él que los “algunos” explotados eran la inmensa mayoría de consumidores de servicios financieros y que los “otros” que se beneficiaban eran “los grandes bancos de Wall Street”. En un verdadero mercado libre, sin monopolio coactivo del estado sobre lo que puede usarse como moneda, la diseminación ilimitada por parte de la Fed de nuevos recibos de depósito se consideraría la estafa que es.

Como han explicado Rothbard y Higgs, como la dicotomía público/privado del estado está casi completamente borrada, podríamos ver la profusión de propiedades en manos hoy de los bancos como el tipo de “monopolio de los terrenos” contra el que advertía Rothbard en The Ethics of Liberty. Viendo cómo los bancos que aceptan hipotecas en nuestro modelo económico actual son el resultado protegido y favorecido por la atmósfera cartelizada de la Fed, será difícil que ningún defensor del mercado libre considerar los activos de los bancos como propiedad legítima. Rothbard se burlaba constantemente de las ideas de quienes “suponen alegremente que todos los títulos sobre terrenos deben protegerse simplemente porque un gobierno los ha declarado ‘propiedad privada’”.

En su lugar, el libre mercado prefiere a los “verdaderos dueños”, a los que Rothbard describía como poseedores “labrando la tierra” (o su equivalente moderno), frente a las “reclamaciones arbitrarias” de los “terratenientes del monopolio” del estado. No está claro, al menos desde una perspectiva de libre mercado, por qué los bancos (oligopolios que han sido rescatados, que se han beneficiado en toda coyuntura de las intervenciones restriccionistas del estado) tendrían que considerarse como poseedores legítimos de títulos sobre estas viviendas.

Rothbard se ocupaba del “problema de la tierra” dentro del contexto de los países subdesarrollados, herederos de sistemas feudales, pero en la medida en que nuestro mercado inmobiliario esta obstaculizado por controles estatistas, la aplicación de su análisis a las condiciones presentes es ajustada.  La conclusión es que no tenemos que tener ninguna deferencia especial, en sentido ético, hacia las instituciones neomercantilistas que hoy prevalecen, que son ellas mismas (de una forma muy real) empresas patrocinadas por el gobierno.

Como argumentaba Mises en El socialismo, es el entorno legal y regulatorio, frente a las operaciones del libre mercado, el que “mantienen la propiedad de tierras a gran escala, porque no podrían mantenerse juntas de otra manera”. El liberalismo de la Escuela Austriaca reconoce que solo la ingenuidad puede considerar a estado como protector y defensor del campesino o el trabajador. La legislación se ajusta a los intereses y deseos de los poderosos. Por tanto, escribía Mises, “Si las circunstancias económicas hubieran tendido hacia la continua concentración de propiedad de terrenos, dichas leyes habrían sido superfluas”.

Ningún hecho material distingue a nuestra economía estatista de aquéllas a las que Mises y Rothbard aplicaron sus análisis y los liberales no deberían sentir ninguna obligación de defender a aquellas empresas “demasiado grandes para caer” en nombre del libre mercado. Cada nuevo rescate y ronda de “flexibilización cuantitativa” tendría que sacarnos permanentemente del error de que los gigantes financieros de hoy tengan que jugar con las reglas que corresponden a la familia ordinaria.

 

 

David D’Amato es analista de noticias para el Center for a Stateless Society. Es abogado y trabaja actualmente en un máster legal sobre derecho mercantil internacional.

Published Mon, Mar 7 2011 7:28 PM by euribe

Comments

# re: La reforma de Fannie y Freddie: Demasiado poco y demasiado tarde

Monday, March 7, 2011 9:15 PM by jorge antonio soler sanz

Bueno, yo lo he traducido un poco diferente, pero creo que tu traducción también se entiende bien.