El auge de occidente

Por Robert Higgs (Publicado el 23 de marzo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5078.

[Este artículo apareció originalmente en The Freeman en julio de 2002]

 

A lo largo de prácticamente todo el periodo de la historia humana, la privación material y la inseguridad crónica fueron la norma. Ni siquiera los que estaban en lo alto del estatus social y el poder político podían disfrutar las comodidades y delicias del consumo que la gente “pobre” de occidente da por sentadas hoy en día. A veces ciertas poblaciones estaban algo mejor (tal vez en las antiguas Grecia y Roma y en China durante la Dinastía Song -960-1279-) pero esos casos fueron excepcionales.

Todavía en el siglo XIV probablemente los chinos probablemente disfrutaban del mayor nivel de vida de cualquier gran población. Recordemos el asombro con el que los europeos acogieron el relato de Marco Polo sobre China al finales del siglo XIII, a pesar de que, como dijo Polo en su lecho de muerte, no había descrito ni la mitad de las cosas que había visto.[1]

A medida que se desvanecía la Edad Media, los europeos empezaron a conseguir un progreso económico más rápido, mientras que los chinos caían en el estancamiento económico. Lo que es aún más notable es que la energía económica de Europa empezó a trasladarse de los grandes centros comerciales del norte de Italia hacia la periferia de la civilización en el noroeste de Europa. Los bárbaros, según parece, se habían tropezado de alguna manera con el secreto del progreso económico. A partir de entonces, a pesar de algunos pasos atrás, loe europeos occidentales (y más tarde también sus primeros coloniales en Norteamérica)se fueron distanciando gradualmente del pelotón humano. Para el siglo XVIII habían sobrepasado con mucho a China, por no hablar de otros pueblos de mundo menos desarrollados y hasta el siglo XX la diferencia continuaba aumentando.

¿Cómo se las arregló occidente para generar un progreso económico sostenido? Historiadores y sociólogos han ofrecido distintas hipótesis y hasta ahora ninguna explicación ha obtenido una aceptación general. Sin embargo, ciertos elementos de una respuesta han obtenido una amplia aceptación. El creciente individualismo de la cultura occidental, enraizado en la doctrina cristiana, parece haber contribuido de forma significativa.[2] Además, la fragmentación política de los pueblos europeos en la Alta Edad Media y principios del periodo moderno (un pluralismo político con cientos de jurisdicciones independientes) fomentó la experimentación institucional y tecnológica por la que los empresarios podían descubrir cómo hacer más productivos trabajo y capital.

Fundamental para ese dinamismo sostenido fue el estatus gradualmente mejorado de los derechos de propiedad privada. Mientras la gente no puede contar con una perspectiva razonable de apropiarse de los frutos de sus trabajos e inversiones, tienen poco o ningún incentivo para trabajar duro u acumular capital físico, humano e intelectual. Y con esa acumulación no es posible ningún progreso económico en marcha. Sin embargo unos derechos de propiedad más fiables no caen del cielo. En su mayor parte, los mercaderes obtuvieron la protección de dichos derechos pagando a los señores feudales y aspirantes a reyes que constituían el fragmentado estrato gobernante de Europa occidental.

Al final, los mercaderes establecieron la independencia política en ciudades estado en las que podían ejercer el control total de las instituciones legales que aseguraban sus actividades económicas. “El hecho de que la civilización europea haya pasado por una fase de ciudades-estado es”, de acuerdo con Sir John Hicks, “la clave principal de la divergencia entre la historia de Europa y la historia de Asia”.[3] En la Baja Edad Media, Venecia, Génova, Pisa y Florencia estaban al frente. Más tarde tomaron la delantera Brujas, Amberes, Ámsterdam y Londres. Una milicia popular propia estaba lista para defender el pueblo contra amenazas a su autonomía político-económica.

Para facilitar sus negocios, los mercaderes desarrollaron su propio sistema legal. Tratando de proveer una resolución rápida, barata y justa de las dispuestas comerciales, esta lex mercatoria establecía instituciones y precedentes que han sobrevivido hasta el presente y ahora encuentran expresión en un vasto sistema de resolución alternativa (no estatal) de conflictos en casos de arbitraje.[4] En algunos países, los mercaderes y fabricantes usaron en definitiva su influencia política para incrustar sus instituciones legales consuetudinarias en la ley aplicada por el estado. A causa de la fragmentación política de Europa, los gobiernos que hacían la vida difícil a los comerciantes tendían a perder mercaderes y sus negocios (y por tanto una base fiscal) ante jurisdicciones en competencia y la perspectiva de dichas pérdidas animaba a los gobernantes a disminuir su depredación y permitir a los negocios tener espacio para maniobrar.[5]

Frente a los mercaderes de Europa (y más tarde de Estados Unidos), que podían poner a un gobierno frente a otro en su búsqueda de garantizar sus derechos de propiedad privada, los empresarios de China sufrían una represión inevitable por parte de su omnipresente gobierno imperial. “En 1500 lo Gobierno había hecho un delito capital construir un barco con más de dos mástiles y en 1525 ordenó la destrucción de todos los barcos de navegación oceánica”. Así China, cuyo comercio había sido grande y de largo alcance durante siglos, “se fijó un rumbo que le llevaría a la pobreza, la derrota y la decadencia”.[6] Entre otras acciones adversas, el gobierno dominado por los mandarines “detuvo el desarrollo de relojes y la maquinaria industrial movida por agua en toda China”.[7]

También en el mundo islámico un gobierno imperial sofocaba el progreso económico al no proteger los derechos de propiedad privada e imponer reglas e impuestos arbitrarios.[8]

En el siglo XX, el Imperio Soviético también abrazó la política de imponer una gran mala idea (planificación económica centralizada) que suprime completamente la libertad económica necesaria para un progreso económico sostenido. Por desgracia, los comunistas chinos, europeos del este y muchos de los gobiernos postcoloniales del Tercer Mundo siguieron a la URSS por ese camino a la ruina económica.

Hoy en día parece que por fin casi todos han llegado a entender el nexo entre libertad económica y crecimiento económico y a apreciar la importancia vital de los derechos de propiedad privada. Aún así, en todas partes los gobiernos continúan otorgando a los buscadores de privilegios incontables grilletes para la economía. Como confirma la historia, los derechos de propiedad privada requieren una defensa constante, para que las condiciones necesarias para todo progreso económico no se socaven y destruyan

 

 

Robert Higgs socio distinguido en economía política en el Independent Institute y editor de The Independent Review. En 2007 recibió el premio Gary G. Schlarbaum por una vida dedicada a la causa de la libertad.

Este artículo apareció originalmente en The Freeman en julio de 2002



[1] John Hubbard, “Marco Polo's Asia”.

[2] Deepak Lal, Unintended Consequences: The Impact of Factor Endowments, Culture, and Politics on Long-Run Economic Performance (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1998), pp. 75-97; Michael Novak, “How Christianity Created Capitalism”, Wall Street Journal, 23 de diciembre de 1999.

[3] John Hicks, A Theory of Economic History (Londres: Oxford University Press, 1969), p. 38. [Publicada en España como Una teoría de la historia económica (Barcelona: Orbis, 1988)].

[4] Ver, por ejemplo, Cámara Internacional de Comercio, “International Court of Arbitration: International Dispute Resolution Services”.

[5] Nathan Rosenberg y L. E. Birdzell, Jr., How the West Grew Rich: The Economic Transformation of the Industrial World (Nueva York: Basic Books, 1986), pp. 114-115, 121-123, 136-139.

[6] Nicholas D. Kristof, “1492: The Prequel”, New York Times Magazine, 6 de junio de 1999, p. 85.

[7] Jared Diamond, “The Ideal Form of Organization”, Wall Street Journal, 12 de diciembre de 2000.

[8] Lal, pp. 49-67.

Published Wed, Mar 23 2011 10:07 PM by euribe