¿Qué no nos gusta de un giro regulatorio?

Por William L. Anderson. (Publicado el 1 de junio de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5335.

 

Ahora que ya llevamos más de una década en el siglo XXI, me gustaría que las clases políticas dejaran su incesante referencia a planes “del siglo XXI” y regulaciones “del siglo XXI”. Hablan como si vivir en el año 2011 diera al gobierno algún nuevo acceso especial a la verdad. Washington está lleno de sinsentidos y tal vez nadie esté tan lleno de ellos como Cass Sunstein, coautor de Nudge, el manifiesto del “paternalismo libertario”.

Para quienes no hayan oído hablar del antiguo profesor de derecho de la Universidad de Chicago que ahora ocupa el cargo de jefe de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios del Presidente Obama, digamos sencillamente que Sunstein representa una clase de gente que cree que el estado es el Proveedor de Toda Sabiduría y que lo único que se interpone en el camino de que el estado provea el paraíso es la recalcitrante gente normal que no tiene el buen sentido de seguir completamente las directrices del estado.

Pero incluso Sunstein se ha superado esta vez. En un reciente artículo de opinión en el Wall Street Journal, Sunstein afirma nada menos que que la administración Obama está reinventando la regulación. No es tan atractivo como las afirmación de Al Gore hace una década de que había “reinventado el gobierno”, pero en este momento de expectativas disminuidas, tendrá que ser suficiente. No, Sunstein no ha “reinventado el gobierno”, pero sin embargo ahora contempla un era de regulación “inteligente”.

Sunstein declara en primer lugar:

Un sistema regulatorio del siglo XXI debe promover el crecimiento económico, la innovación y la creación de empleo, al tiempo que protege la salud y el bienestar público. Este mismo año, el Presidente Obama trazó su plan para crear un sistema así adoptando una aproximación a la regulación más simple, inteligente y eficaz en coste. Como parte clave de ese plan, reclamó una revisión sin precedentes en todo el gobierno de regulaciones ya en los libros de forma que podamos mejorar o eliminar las desfasadas, innecesarias, excesivamente gravosas o en conflicto con otras reglas.

Continúa describiendo cómo el gobierno está cambiando su política regulatoria respecto de la leche (que ya no se clasificará como “aceite”) y cómo el gobierno asentirá a regañadientes al hecho de que los cambios en la tecnología podrían realmente hacer obsoletos algunos requisitos regulatorios. Al final, expone el tipo de autofelicitación que estamos acostumbrados a leer de los cargos del gobierno:

Esta insistencia en normas pragmáticas, basadas en evidencias y eficaces en coste es lo que ha informado nuestra postura regulatoria en los últimos dos años y medio. Hemos ayudado a rebajar las muertes en carretera a su nivel mínimo en 60 años, promovido la seguridad aérea al tiempo que protegemos a los pasajeros de retrasos, overbookings y tarifas ocultas, reducido drásticamente el riesgo de salmonella en los huevos, aumentado sustancialmente la economización de combustible en camiones, promoviendo la independencia energética y ahorrando dinero a los consumidores y disminuido la contaminación del aire que mata a miles de personas cada año. Al mismo tiempo, estamos eliminando cargas regulatorias innecesarias y decenas de millones de horas anuales de papeleo.

Supongo que Sunstein quiere que aceptemos sus palabras literalmente, pero escondido dentro de este párrafo de autofelicitación está la verdadera y dura realidad de los costes de oportunidad: cuando comparamos la retórica de Sunstein con los duros hechos de la economía, su palabras resultan no tener sentido. Por ejemplo, las muertes del tráfico cayeron sustancialmente hacia la recesión de 1982, no a causa de ninguna iniciativa regulatoria “inteligente” del Presidente Ronald Reagan, sino por el hecho de que la gente no conducía tanto durante la crisis económica.

Igualmente, esta crisis es peor porque no hay esperanzas de una recuperación económica en el futuro cercano, dada la hostilidad de esta administración a las empresas no subvencionadas y la “incertidumbre de régimen” que acompaña sus (como mínimo) mal dirigidas políticas. Pero Sunstein no se conforma con proclamar victoria en las carreteras nacionales. No, uno pensaría que él y sus subordinados han creado realmente un paraíso.

Quien haya tenido que soportar la tensión de volar sabe que la mayor tensión no se produce al despegar y aterrizar, sino más bien al cruzar la línea de la TSA sin irritar a los revisores públicos. Los expertos de la vida real ya han dicho que la muestra de fuerza contra viajeros cumplidores de la ley no contribuye a la seguridad, pero dudo que alguien como Sunstein esté interesado en la seguridad tanto como en la producción de un “teatro de la seguridad” para la fortuna política del presidente.

Además, la idea de que la regulación reduce costes es como decir que los reguladores pueden hacer que el agua fluya hacia arriba. Los reguladores pueden ordenar a las aerolíneas que cambien sus planes de precios o incluso rebajen los precios que pueden cobrar, pero no pueden reducir los costes. En su lugar, trasladan los costes a otro lugar y al final los pasajeros siguen teniendo que afrontarlos de una u otra forma. Ésa es la realidad e la economía y el coste de oportunidad, y Sunstein no puede cambiar las leyes inmutables de la economía por decreto.

¿Ha aumentado el gobierno “sustancialmente” la eficiencia del combustible en los automóviles? Aunque es cierto que el gobierno está ordenando a los fabricantes que tengan mejores medias de eficiencia de los combustibles de sus flotas para una fecha futura, eso no significa necesariamente que los consumidores de automóviles vayan a estar mejor. Después de todo, el gobierno podría ordenarnos montar en bicicleta o moto, ahorrando así aún más gasolina, pero el resultado sería desastroso.

La afirmación de Sustein de estar promoviendo la “independencia energética” es una auténtica barbaridad. Si se refiere a los subsidios públicos al etanol basado en el maíz y al hecho de que se obliga a los consumidores a poner eso en sus coches (lo que daña el motor y reduce la eficiencia del combustible), entonces Sunstein está o bien mintiendo impasiblemente o dedicándose al peor tipo de humos negro. (Este reciente discurso del economista Robert Higgs sobre el desastre fiscal que es el etanol acaba con todas las falsedades de Sunstein).

Si Sunstein se refiere a las numerosas granjas eólicas (o lo que yo llamo “granjas de subsidios”) que producen electricidad con costes reales mucho mayores que la plantas eléctricas tradicionales (de las que dudo seriamente que estén matando “a miles de personas” cada año) entonces demuestra de nuevo que sus opiniones económicas son las que promueven en todas partes la “falacia del cristal roto”. Uno no olvida que la dura aproximación de la administración Obama a las perforaciones en el Golfo de México tras el vertido de petróleo del año pasado cuando se habla del tema de la “independencia energética” (como si una “independencia energética” creada por el gobierno fuera siquiera deseable).

Pero dado que ninguno de los estados productores de petróleo del Golfo apoyó a Obama en las elecciones de 2008, sospecho que el orden regulatorio del presidente, que puso a miles de trabajadores del sector petrolífero en la cola del paro, tuvo más que ver con castigar a los votantes que con “salvar el medioambiente”.

Podría continuar, pero déjenme decir solo que Sunstein está repitiendo el mito de la era progresista que afirmaba que el gobierno ofrecería algo similar a reyes filósofos para regular sabia y constantemente la economía, eliminando para la sociedad esas molestas externalidades y ofreciendo un camino para un crecimiento sin riesgos y socialmente puro. Esas declaraciones han sido siempre insensatas, como ha demostrado la historia del progresismo durante más de un siglo.

Me encanta que incluso un burócrata como Sunstein se dé cuenta de que algunas regulaciones son tan contraproducentes que deberían ser descartadas. Pero difícilmente me he convertido a la fe de Sunstein de que los que viven en 2011 son “más inteligente” en sus aproximaciones legislativas de lo que fueron los desastrosos burócratas del siglo XX.

 

 

William Anderson es investigador adjunto del Instituto Mises y enseña economía en la Universidad de Frostburg State.

Published Thu, Jun 2 2011 8:44 PM by euribe