La depresión, cada vez más profunda

Por William L. Anderson. (Publicado el 29 de julio de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5489.

 

Aunque austriacos y keynesianos no están de acuerdo en un montón de cosas, hay una cosa en la que ambos parecen estar de acuerdo: la economía de EEUU se está hundiendo en el fango de la depresión. Sin embargo, a partir de aquí se acaba el acuerdo, ya que las dos escuelas tienen explicaciones muy distintas de por qué está pasando esto.

Los keynesianos, a través de Paul Krugman y su megáfono del New York Times, han venido afirmando que el “estímulo” original de Obama fue demasiado pequeño y el actual énfasis en recortar el presupuesto en todos los niveles del gobierno es precisamente la estrategia errónea. Los austriacos, creen que esta explicación no tiene sentido, lo que no nos sorprende.

En un artículo reciente, Krugman expone su tesis y es útil, pues expone verdaderamente la mente keynesiana en funcionamiento y una mente keynesiana que no permite ninguna otra explicación a lo que está pasando. El problema es (y siempre será) una falta de “demanda agregada” y la única solución es que los gobiernos gasten como si les hubiera tocado el gordo.

Escribe:

La gran burbuja inmobiliaria de la última década, que fue tanto un fenómeno estadounidense como europeo, vino acompañada por un enorme aumento en la deuda familiar. Cuando estalló la burbuja, la construcción de viviendas cayó en picado y lo mismo hizo el gasto del consumidor al economizar las familias cargadas de deudas.

Todo podría haber seguido bien si otros participantes en la economía hubieran aumentado su gasto, rellenando el hueco que dejó la caída de la vivienda y el retraimiento del consumidor. Pero nadie lo hizo. En particular, las empresas ricas en efectivo no ven ninguna razón para invertir ese efectivo a la vista de la débil demanda del consumidor.

Tampoco los gobiernos ayudaron mucho. Algunos gobiernos (los de las naciones más débiles de Europa y los estatales y locales aquí) se vieron realmente forzados a recortar el gasto a la vista de las caídas en ingresos. Y los modestos esfuerzos de los gobiernos más fuertes (incluyendo, sí, el plan de estímulo de Obama) fueron, en el mejor de los casos, apenas suficientes como para compensar esta austeridad forzada.

Así que tenemos economías deprimidas. ¿Qué proponen hacer los políticos? Menos que nada.

Si hay algo que describa la mente keynesiana es esto: gasto, gasto, gasto. Es una tesis sencilla, una que indudablemente atrae a los políticos e incluso a mucha de la opinión pública en general y ha dominado el pensamiento económico profesional en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Como declara más arriba Krugman las familias no pueden gastar lo que no tienen y las empresas, como no ven demanda futura no van a invertir (léase: gastar a través de inversión de capital – que siempre es definido por los keynesianos como valioso a causa del gasto, no a causa de ningún aspecto de la productividad del capital).

Así que estamos atrapados en lo que Krugman y los keynesianos llaman una “trampa de liquidez”, lo que Krugman parece creer que acaba con cualquier otra discusión. La idea es que la ley de los costes de oportunidad se suspende durante una trampa de liquidez porque los tipos de interés son bajos, los recursos están “ociosos” y el gobierno puede prestar a casi un 0% y gastar sin consumir recursos. Como decía Krugman en su libro El retorno de la economía de la depresión, la gasto público en esta situación puede crear un “almuerzo gratis”. (Sí, usaba realmente este término).

Mientras que la mayoría de los economistas de la corriente principal no están dispuestos a enfrentarse a los keynesianos en la idea de la “trampa de liquidez”, Murray Rothbard no se arredró. En su libro, America's Great Depression, se ocupa de cabeza de la “trampa de liquidez”, escribiendo:

El arma definitiva en el arsenal keynesiano de explicaciones de las depresiones es la “trampa de liquidez”. No es precisamente una crítica a la teoría de Mises, pero es la última línea de defensa keynesiana de sus propias “curas” inflacionistas de la depresión. Los keynesianos afirman que las “preferencia de liquidez” (demanda de dinero) puede ser tan persistentemente alta que el tipo de interés no pueda caer lo suficientemente bajo como para estimular la inversión suficientemente como para sacar a la economía de la depresión.

Rothbard apunta un serio problema con ese análisis, advirtiendo que Keynes nunca tuvo una teoría correcta del interés, afirmando que el interés se basa en “la ‘preferencia de liquidez’ en lugar de la preferencia temporal”, lo que lleva luego a conclusiones más incorrectas acerca del estado de la economía. Otros austriacos han criticado asimismo la teoría, incluyendo a William Hutt y Henry Hazlitt.

Ambos, Hutt y Hazlitt, se ocuparon de la idea de los “recursos ociosos”, que está detrás de la noción de que el coste de oportunidad puede suspenderse durante una depresión. La idea de los recursos ociosos se basa en una nación de que los factores de producción no se emplean a causa de una falta de gasto y que una expansión del gasto público (casi a cero, lo que significa casi sin coste de oportunidad) se extenderá a los activos no empleados y los volverá a poner en marcha.

Como apunté antes, la teoría keynesiana es tan simple que desarma. Los recursos no se están usando, así que el gobierno “estimula” la economía a través de más gasto, los recursos se ponen a trabajar y de alguna manera la economía mágicamente se sostiene a sí misma. La otra cara es que los keynesianos sostienen que si no se produce nuevo gasto, entonces se producirá deflación, haciendo que dejen de usarse más recursos hasta que la economía esté en un equilibrio perverso en el que una enorme cantidad de gente está sin trabajar ni perspectivas de mejora económica.

Krugman es categórico en este punto y está tan convenció de tener razón que cualquiera que se atreva a discrepar lo hace solo porque esa persona quiere que la gente sufra o porque la persona está tan aferrada a las “desacreditadas” teorías austriacas que es incapaz de añadir nada al debate público. (De hecho, Krugman cree que no hay debate en absoluto. Su postura es correcta, está probada empíricamente y no puede refutarse, ni siquiera cuando se refuta).

Así que aunque hayamos visto una explosión de gasto público en los últimos años, de acuerdo con Krugman estamos realmente en un plan de “austeridad”. ¿Por qué? Porque si el gobierno hubiera aumentado realmente el gasto a una escala masiva, habríamos salido de la depresión. En otras palabras, porque solo hay una salida a este fango y como no estamos fiera de ese fango, no ha habido suficiente gasto público.

¿Qué hay de la tesis de Robert Higgs de la “incertidumbre de régimen”? Krugman también la rechaza, llamándola burlonamente el “hada de la confianza”. Las empresas, argumenta, están almacenando efectivo porque ven una falta de demanda del consumidor. Si los gobiernos gastan y gastan y gastan, entonces las empresas invertirán, punto.

(Respecto de la retórica contra la empresa que sale de la casa Blanca, el aumento en la regulación y la demonización de las industrias del petróleo y el carbón – industrias que son esenciales si esta economía tiene que recuperarse – todo eso, según Krugman, o no existe o es ruido de fondo e indudablemente no tiene relevancia en nuestra situación actual. ¿Por qué? Porque lo dice Krugman).

La respuesta definitiva, de acuerdo con Krugman y los keynesianos, es encontrar otro auge, otra posible burbuja de activos que pueda hacer su “magia” al menos un tiempo antes de que también estalle. (Perversamente, en un post apoyado por Krugman, Karl Smith espera que sea otro auge inmobiliario).

Al leer a Krugman y a los keynesianos, siempre me sorprende su análisis de que los activos, hablando en términos económicos, son realmente homogéneos. No importa a dónde se dirija el nuevo gasto, siempre que haya gasto. Gasta y todo se pone en su sitio.

Segundo, el punto de vista de Krugman y los keynesianos se basa en una interpretación extremadamente mecanicista de la acción humana. La gente dentro de su imagen del mercado no compra bienes que crea que atenderán sus necesidades individuales; no, ellos gastan, como si el propio gasto fuera el objetivo final de una economía.

Es un punto de vista de que separa la producción del consumo, haciéndolos independientes, sin que pueda encontrarse ninguna acción verdaderamente humana y con un propósito. No hay ninguna relación con sentido entre los deseos de los consumidores y la valoración de factores de producción o la dirección en que van esos factores en las distintas líneas de producción. Es algo tan sencillo que puede sencillamente describirse como PIB = C+ I + G sin necesidad de pensar más allá de esa tautología.

Como he dicho al principio, tanto austriacos como keynesianos creen que nos dirigimos a una caída económica más acusada. Sin embargo, Krugman y los keynesianos creen que la única salvación es el gasto masivo y la intervención del gobierno. Los austriacos creen que son el gasto masivo y la intervención del gobierno los que empeoran las cosas. Y aunque Krugman & Co. Nunca lo admitirán, es en definitiva el paradigma austriaco el que explica estos asuntos y los explica adecuadamente.

 

 

William Anderson es investigador adjunto del Instituto Mises y enseña economía en la Universidad de Frostburg State.

Published Fri, Jul 29 2011 7:20 PM by euribe