En defensa de las transacciones relámpago

Por James E. Miller. (Publicado el 28 de octubre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5768.

 

Es fascinante ver escenas filmadas de un parqué en Wall Street. Aquí hombres y mujeres emplean horas con sus ojos pagador a los monitores de sus computadoras calculando furiosamente transacciones que a menudo solo rinden pequeños beneficios o pérdidas mínimas. En el caso del operador del banco suizo UBS, Kweku Adoboli, puede ocasionar una pérdida de 2.000 millones de dólares y un desafortunado encarcelamiento. El riesgo es alto, ya que comerciar requiere una cantidad considerable de destreza y concentración para tener éxito en una red de buscadores de beneficios con ideas similares. Aún así, hay una belleza subyacente en el proceso, al coordinar su conocimiento miles (tal vez millones) de individuos en la asignación de recursos limitados en todo el mundo.

El premio Nobel Friedrich Hayek dedicó mucha de la obra de su vida (brillantemente resumida en su ensayo clásico “The Use of Knowledge in Society”) demostrándonos cómo el conocimiento y la habilidad están ampliamente dispersos en toda la sociedad y nunca pueden residir en una sola mente. Es como decir que aunque los individuos pueden utilizar su propia habilidad y trabajo para crear, nunca tendrán una posesión completa de todo el conocimiento disponible para saber todas las minucias de las demandas del mercado y la sociedad. El mismo concepto es aplicable a un gobierno compuesto de hombres falibles (para desgracia de ideólogos estatistas como Elizabeth Warren).

El límite del conocimiento individual es lo que generó la necesidad inicial de cooperación social. El hombre primitivo se agrupaba en bandas con otros, no bajo los auspicios de crear un gran estado, sino como un deseo de utilizar más recursos y aumentar su propio nivel de vida. De esto nació la división del trabajo y el aumento en la compartición del conocimiento y la información. Como dijo Mises: “uno nunca debe olvidar que lo característico de la sociedad humana es la cooperación con un fin: la sociedad es un resultado de la acción humana”.

En lo que se refiere al desembolso de información, nada es más controvertido que las transacciones “relámpago”  (“flash training”) de alta velocidad. Un reciente artículo del New York Times explicaba la tendencia:

Los reguladores en Estados Unidos y el extranjero están tomando duras medidas respecto de las operaciones a alta velocidad que abundan hoy en las bolsas, preocupados porque su extensión por todo el mundo esté empeorando los vaivenes del mercado.

El coste de estas operaciones de alta frecuencia, dicen los críticos, es la confianza de los inversores ordinarios en los mercados y en definitiva su creencia en la justicia del sistema financiero.

“Hay algo infausto en ellas”, dijo Guy P. Wyser-Pratte, importante y veterano operador e inversor en Wall Street. “Es lo que causó esta tremenda volatilidad. Hicieron una fortuna mientras que la gente se vio confundida por este comercio”.

¿La gente se vio confundida por este comercio? Es divertido cómo los que están en Wall Street ya no se consideran como “gente” a los ojos del populismo.

A lo que se reduce esta demonización de las transacciones relámpago es a la incapacidad de los reguladores de monitorizar y controlar ese fenómeno. Ante lo que el estado no puede controlar, éste ejerce más poder y autoridad para domesticarlo. Como un vampiro con la sangre, el estado nunca ve saciada su supremacía.

La justificación para regular las transacciones relámpago proviene de una breve caída del mercado el 6 de mayo de 2010.  En el curso de solo 16 minutos, el Índice Dow Jones Industrial cayó 1.000 puntos, para rebotar luego a su nivel original. Fue la mayor caída intradía en la historia del Dow Jones. A pesar de la rápida corrección del mercado ante la caída, se creó un comité conjunto  encabezado por los presidentes de la Security and Exchange Commission y la Commodity Futures Trading Commission para investigar el caso. Su informe, que se hizo público en febrero, recomendaba que se adoptaran nuevas reglas y regulaciones que se ocuparan de las transacciones relámpago. Considerando el éxito que tuvieron la SEc y la CFTC en reconocer la burbuja inmobiliaria, sorprende que alguien siga tomando en serio sus recomendaciones.

Aunque las transacciones relámpago pueden llevar a caídas repentinas en el mercado, éste ha probado ser rápido en corregirse. La rápida entrega de información que implica el mercado bursátil se convierte en su propio mecanismo autocorrector.

A medida que progresan la sociedad y la tecnología, la compartición instantánea de conocimiento e información no se hace algo a temer, sino a celebrar. En un mundo en el que, usando una frase de John Tammy, “el capital se mueve a la velocidad de la luz”, las transacciones relámpago aseguran que los recursos continuarán encontrando las manos que más los merezcan y se pondrán a un uso más eficiente.

Atacar dicha práctica no solo limita el flujo de capital; limita el mecanismo del mercado por el que progresa. Igual que toda la regulación pública, podrá frenos a la productividad y a alcanzar un mayor nivel de vida. Tratar de nivelar el campo en nombre de la “justicia” no es sino una apropiación pública de poder destinada a traer consecuencias destructivas. Como apuntaba Hayek es su discurso de aceptación del Nobel, The Pretense of Knowledge:

En el estudio de fenómenos complejos como el mercado, que depende de las acciones de muchos individuos, todas las circunstancias que determinarán el resultado del proceso (…) difícilmente serán nunca completamente conocidas o medibles.

El conocimiento se utiliza mejor cuando llega a tanta gente como sea posible. La lección de Hayek no debe olvidarse y no solo demuestra la mentira de la planificación centralizada sino los increíbles beneficios derivados de la cooperación social mediante la comunicación instantánea. 

 

 

James E. Miller es licenciado en administración pública con especialización en negocios en la Universidad de Shippensburg, Pannsylvania. Fue columnista del Shippensburg Slate y contribuye actualmente en el periódico de su pueblo natal, el Middletown Press and Journal. Vea su blog.

Published Mon, Oct 31 2011 7:43 PM by euribe